18 de septiembre 2008 - 00:00

Toleraron Hiroshima, abortaron Nagasaki

Permitir el vuelco de Lehman Brothers fue dejar caer una bomba. Tomar el control del gigante de los seguros, AIG, es, después de tolerar Hiroshima, abortar la operación Nagasaki. El nivel de las radiaciones se rebajó a la mitad, pero aun así califica como mortífero. Tampoco cabe olvidar que el «rescate» de AIG consagra la volatilización de su capital. Esto es una pérdida de 180 mil millones de dólares, si se retrocede apenas un año, con remotísimas chances de revancha. La onda expansiva, por su parte, no se detiene. Comprobación empírica de que los salvatajes no rinden ya siquiera un efímero estímulo de riesgo moral («moral hazard»). Hasta el taxista más distraído de Manhattan conoce la última verdad revelada: el destino de extinción de la banca de inversión independiente. Como tantas otras teorías ad hoc, cocinadas sobre la marcha, su validez es aluvional, puro momentum. Las pruebas yacen sobre la mesa. Bear Stearns y Lehman sucumbieron. Merrill Lynch prefirió no oponer resistencia y se entregó presuroso, el fin de semana, a los brazos de Bank of America. De los cinco grandes «broker/ dealers», sólo quedan en pie Morgan Stanley y Goldman Sachs ( irónicamente una «prima donna» cuando la crisis financiera daba sus primeros tímidos pasos). Con la acción de AIG reducida a cenizas, y deseosos de procurarse una nueva presa, los vendedores en descubierto -cebados (y enriquecidos de súbito) por su impresionante seguidilla de éxitossaltaron a la yugular de ambos. A Morgan Stanley (-24%) no le sirvió de nada presentar un balance encomiable. Y, resignado, ya comunicó sus conversaciones preliminares con Wachovia y otros interesados. ¿El premio que persigue?: abandonar la cubierta de los bancos de inversión -donde el agua le llega al cuello- y trepar a una modesta cabina compartida, junto con un banco comercial, un nivel más arriba. Tomada de la experiencia del Titanic, replica la estrategia de Merrill Lynch. No revela, a esta altura, ciega confianza en la flotabilidad de la nave en la que viajan todos. Pero, si se hunde, son mayores las chances de acceder a los botes salvavidas.

En condiciones más reposadas, donde el miedo existe pero no nubla la razón, que la mala fortuna desactive a cuatro jugadores de un mercado dominado por cinco no debería certificar la defunción del restante. Un ágil Goldman Sachs (-14%) podría reinar a sus anchas donde antes debía competir ferozmente por cada bocado. ¿Estará dispuesto a jugar esa carta? Lo sabremos antes de que comience octubre.

La línea de los bancos de inversión es una falla tectónica que se abrió a partir de dos fisuras -su apalancamiento tres veces más elevado que el de la banca comercial y la inestabilidad de su fondeo- y que la crisis agrietó con sus repetidos sacudones. Pero no es la única rajadura. Washington Mutual, la mayor compañía de ahorro y préstamos para la vivienda, flamea a los cuatro vientos y si no ajusta pronto un buen anclaje se irá con la tormenta. Habrá que monitorear también, este viernes, el conteo de víctimas entre los bancos regionales.

  • Conexión

  • Cruzando el Atlántico, el Banco Lloyds debió atajar a un tambaleante HBOS -una entidad surgida de la fusión de Halifax con el Bank of Scotland- en Gran Bretaña. El propio primer ministro, Gordon Brown, se ocupó de montar las negociaciones de emergencia que, se espera, concluyan con la fusión por absorción de HBOS. Hay, pues, una conexión internacional -basta consignar la suspensión de operaciones de la Bolsa rusa por doble jornada consecutiva- que amplifica las turbulencias.

    La propia modalidad de las operaciones de salvamento cavó otra zanja peligrosa. Si el rescate de Bear Stearns supuso el calvario del accionista ordinario, pero preservó la salud de las acciones preferidas sin el más leve rasguño, la intervención a Fannie Mae y Freddie Mac dejó el bisturí de lado. De un hachazopodó sin contemplaciones a ambos tipos de accionistas. La negativa a conceder auxilio a Lehman Brothers, una semana más tarde, amplió la zona de afectación. Tras la bancarrota, las acciones ordinarias, las preferidas y la deuda no colateralizada -incluyendo a los pagarés de cortísimo plazo- deberán afrontar la cuenta de la vajilla dañada. Así, las esquirlas se multiplican por doquier. No hay rincón libre de recibir un impacto. La migración en masa desde los fondos de money market hacia las Letras del Tesoro (que ayer motivó una increíble dificultad para conseguirlas aún a tasas rayanas en cero) es un botón de muestra de la desesperación por guarecerse de esta densa lluvia ácida.

    En la medida en que la crisis avanzó carcomiendo todo el espectro de capital, las posibilidades de reponerlo para enjugar las pérdidas se angostaron. Hasta desaparecer por completo. El arreglo de Bear Stearns abrió la canilla a generosas infusiones de valiosos recursos, cortesía de su componente visible de riesgo moral. Pero desde que talló la intervención a las dos grandes agencias hipotecarias nadie arrima, ni lo hará en su sano juicio, una moneda a las arcas de quienes la necesitan. Y de nada sirven los blasones por más que sean centenarios. No hay nombre ni franquicia -por caso, AIG- que no pueda pulverizar los ahorros de sus accionistas. Esto marca un punto de inflexión. Con una tormenta en los mercados más severa que la propia crisis inmobiliaria y con las fuentes de capital clausuradas con candado, ¿cómo podrá el sistema financiero escapar de la cacería que lo tiene por objeto? Nadie debe engañarse. En las actuales condiciones, lo que comienza como un barrido de los bancos de inversión migrará luego hacia los bancos comerciales y los irá hilvanando, uno por uno, en siniestra colección.

    No basta con que la Fed multiplique sus ventanillas de financiamiento. Lehman acumuló un colchón de liquidez y atendió a sus clientes aun después de que su compañía holding se acogiera al fatídico Capítulo 11. Morgan Stanley, por caso, comanda una posición aún más formidable y, sin embargo, debe replegarse. Es necesario que los bancos puedan estabilizar, al menos, su base de capital. No es casual, entonces, que la mención de la Resolution Trust Corporation (RTC) vuelva a cobrar insistencia. Un símil de la agencia que se montó para verter los malos activos de la crisis de las compañías de ahorro y préstamo a principios de los 90 resulta, cada vez, más pertinente.

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