Detener el alud de la crisis antes que colapse el sistema financiero internacional bajo su peso es la obligación que desvela al mundo y, pese a todo el empeño, una tarea decepcionante en resultados. En el balance, no caben dudas, la bola de nieve avanza y crece en tamaño. A su paso, la volatilidad de los precios de los activos financieros se exacerba, manteniendo a raya los intentos privados de especulación estabilizadora.
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Es una ironía que las mejores noticias recientes provengan del frente inmobiliario. Las ventas de casas subieron en setiembre en los EE.UU. Con una mayor contribución de remates y ejecuciones (y precios en baja profunda), treparon 5,5%, las transferencias de inmuebles de segunda mano y 2,7%, las de nuevas residencias. Los inventarios a la venta se redujeron. Desde febrero la oferta de casas usadas no caía por debajo del equivalente a 10 meses de ventas. Lamentablemente, el mundo cambió después de la debacle de Lehman Brothers. No sólo la situación específica tiene que haber empeorado sino que la crisis se tornó menos dependiente de los avatares inmobiliarios estrictos. En su dominó arrollador, tomó distancia y arrasa otros terrenos de valía.
Dos nuevas facetas preocupantes despuntaron la última semana -un estrangulamiento cambiario y otro en las economías emergentes- a pesar de que la capitalización de los bancos del G-7 logró descomprimir la tensión en el neurálgico mercado monetario. Capear la tormenta que se cernía sobre la banca no ofrecía alternativa: había que conseguirlo sí o sí. Está claro que el paraguas oficial calmó los ánimos pero, aun así no obrará el milagro de la restitución del crédito al sector privado. Los bancos, con la espada de Damocles de una recesión sobre sus cabezas, medirán sus pasos con celo extremo. No arriesgarán, de buenas a primeras, su flamante capital. Ocurre que la propia vorágine de los acontecimientos acrecienta con rapidez las pérdidas en las viejas posiciones. Y no trepida en pasar a degüello posturas que, hasta poco tiempo atrás, militaban entre las ganadoras. De esta manera, el viernes, la oleada de turbulencias tocó el timbre de las dos instituciones británicas más sólidas -HSBC y Standard Chartered-por su exposición en Asia y zarandeó la modorra de los países del Golfo Pérsico acostumbrados a mirar desde el palco.
Obligó ayer a rescatar al Gulf Bank de Kuwait (por una mala apuesta a favor del euro) y avisó que el boom inmobiliario de Dubai -el último de los mohicanos en pietiene los días contados. No quedan rincones donde guarecerse. Asia está en llamas y el crudo, en caída libre. Ni la huella fresca de los petrodólares es pasaporte que garantice absolución.
Un reciente papel de trabajo de la Fed de Minneapolis (escrito por Chari, Christiano y Kehoe) argumenta que la contracción de crédito es un «mito» ya que las estadísticas de los bancos registran un fuerte incremento de su cartera activa. Nadie debe llamarse a engaño: ese tirón que se acentuó en setiembre -pos Lehman- refleja compromisos de asistencia asumidos de antemano. Son autorizaciones de giro, avales y garantías que las empresas ejecutan como Plan B cuando se cierran los mercados de capitales o el acceso, en condiciones corrientes, al financiamiento bancario. No son muy diferentes en su diseño a la red de seguridad que el Banco Central de la Argentina montó en tiempos de Pedro Pou. Y que pudo utilizar en 2001 como componente del blindaje -cuando ya se había corrido el telón del crédito voluntario- sin lograr torcer el rumbo de la historia.
Experiencia
La Fed operativa -no la que escribe documentos de investigación- conoce los bueyes con que ara. Por eso, ayer, estrenó otra de sus ventanillas de asistencia ad hoc. Fue el turno de la Commercial Paper Funding Facility (CPFF) que se ocupará de financiar a empresas a través de la compra de pagarés de corto plazo (con o sin garantías). Se complementará con la Money Market Investor Funding Facility (MMIFF) que adquirirá certificados de depósitos y pagarés bancariosen la faena de lubricar las transacciones del mercado monetario.
Con los parches bancarios en su lugar, el tema número uno de la agenda de urgencias pasó a ser el mercado de cambios. Por eso, ayer, los ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales del G-7 emitieron un documento de emergencia. En concisos cuatro renglones, y aquí la brevedad equivale al énfasis, expresaron su preocupación por la «excesiva» volatilidad del yen japonés y «sus posibles implicancias adversas para la estabilidad económica y financiera». Prometieron un monitoreo estrecho y cooperación ( léase, intervención conjunta) si se estimase apropiado.
Bajo cualquier parámetro histórico, esta declaración es una bomba. Sin la habitual carcaza de palabras que la oculte. Sus efectos, ayer, fueron lo mismo que nada. Una señal del profundo descreimiento que acompaña a las autoridades financieras del G-7 tras el escaso éxito que jalona sus esfuerzos. Pero, el muerto no debería reírse del degollado. En los tiempos que corren, las equivocaciones de los mercados son aún más memorables que las oficiales. El euro a 1,60 dólares -que los mercados empujaron con un entusiasmo del que no quedan vestigios- fue domesticado por la palabra del G-7. Extraviada la brújula, ahora es el turno de moderar la estampida hacia el extremo opuesto. El escepticismo de entonces es similar al actual. Es verdad que Christine Lagarde, la ministra francesa de finanzas -que, en abril recomendó leer dos veces el comunicadoayer descartó la intervención coordinada del G-7. En principio, sería el Banco de Japón el que tomaría la iniciativa de moderar el avance del yen. A su exclusiva cuenta. Pero es obvio que la tremenda apreciación del yen y del dólar es una trituradora que se debe (y puede) desalentar. No son los flujos de largo plazo los que mandan -nadie vaticina la supremacía de Tokio y el Nikkei cotiza a sus mínimos nominales desde 1982- sino la necesidad puntual de desarmar arbitrajes. Y a diferencia de la Fed -que aumenta la disponibilidad de dólares vía swaps cambiarios- el Banco de Japón no montó un andamiaje ad hoc que expanda su oferta.
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