14 de febrero 2002 - 00:00

Ansioso, Ruckauf acepta pacto 2003 con Duhalde

Impaciente por su encierro en el «corralito» de los cacerolazos globales y parroquiales -sea Roma, Aerolíneas o el Oviedo-, Carlos Ruckauf se dejó traicionar por la ansiedad; a menos que busque deliberadamente un choque con su jefe político, Eduardo Duhalde: lanzó ante un grupo de propios y algunos ajenos un proyecto de candidatura presidencial que compromete la salida del presidente designado del cargo el 10 de diciembre de 2003. «Tengo un acuerdo con Duhalde. El va a ser presidente hasta 2003 y después me toca a mí -explicó en el comedor de la Cancillería, que está en el fatídico piso 13 de la esquina de Arenales y Suipacha-. O sea que hoy se presenta como «presidente externo» y para 2003 agregará lo de «presidente interno».

En ese nivel del edificio que inauguró el llorado Guido Di Tella está también el despacho del canciller (el número 13 es un mal augurio y ya hay diplomáticos que aconsejan eliminarlo, como ocurre en muchos países que no tienen piso 13 en los edificios), que él ha adornado con sus señas de identidad. Por ejemplo, un taburete bajo el sillón del escritorio que lo pone a una altura mayestática desde la cual puede contemplar, hacia abajo, al visitante empequeñecido en sillas mullidas que se hunden apenas uno se sienta. O los despachos que rodean al suyo, donde se sientan viejos amigos de la diplomacia a quienes trató cuando era embajador en Italia, como Nora Fiorini, el consejero Alejandro Bertolo o Carlos Ferreiro.

A ninguno de los presentes le pareció cómodo hablar de candidaturas, tema que no figuraba en el orden del día de una invitación justificada en un inocente repaso de la actualidad.

Menos agradó todavía al viceministro Martín Redrado, quien enmudeció por el resto del condumio cuando el canciller lo presentó como su jefe de campaña. «Cualquier trabajo que necesiten de economía -publicitó Ruckaufse lo pueden pedir a Martín, sabe un kilo y medio.»

En esa reunión hubo peronistas de diversas bandas, pero ninguno del duhaldismo puro: los jefes de bloque, Humberto Roggero y José Luis Gioja; el secretario Juan José Alvarez; los bonaerenses Alberto Balestrini (intendente de La Matanza), Julián Domínguez y Haroldo Lebed (aún ministros de Felipe Solá en Obras Públicas y Asuntos Agrarios), y el secretario castrense, Fernando Maurette. Casi un grupo de intelectuales para la candidatura soñada.

La audacia del dueño de casa de contar votos y lanzar candidaturas antes de tiempo los complotó igual al silencio. Por ejemplo, los ministros del gobernador Solá ocultaron su participación en el encuentro. Falta mucho para 2003. Sobre Solá, Ruckauf habló con amargura, como víctima de un romance ya trunco: «No me gusta la crueldad con que se refiere Felipe a mi gobernación cuando habla de la situación que heredó». Pero se consoló en público reseñando los problemas futuros de su sucesor en la gobernación de Buenos Aires. Por ejemplo con los piqueteros, que pocas horas después, casi cumpliendo la profecía del ex gobernador, aislaron la Capital Federal. Parecía saber lo que iba a ocurrir.

¿A qué viene la ansiedad de Ruckauf sobre la candidatura presidencial? También lo explicó: «Acá no hay futuro para nadie si al 'Negro' (Duhalde) le va mal en su gobierno».

¿En qué le va mal? El canciller apeló a lo que, dice, maneja mejor: prensa y propaganda. «Este gobierno comunica mal, no sabe lo que quiere decir». Explicó algunas artesanías del oficio comunicacional desplegadas desde la oficina de Esteban Caselli en la Gobernación de La Plata, un modelo de cadena de la felicidad que busca en estas horas fuentes de financiación. Quizá Ruckauf espera que el presidente designado le reponga fondos en los niveles que él tuvo hasta que Duhalde lo despidió de la gobernación.

«Acá hay que dar juego a quienes sabemos de comunicación y podemos mejorar todo lo malo que hace este gobierno, que sólo transmite pálidas. ¿Saben quién sabía comunicar?» Menem, responden todos. «Sí, Menem era el mejor.»

Deslizándose en las críticas al Presidente, Ruckauf avanzó un paso más: «¿Cómo puede ser que el Presidente salga a contradecirme con el voto a Cuba?». Relató que al llegar a Washington había lanzado la señal amistosa hacia el gobierno Bush promoviendo opiniones a favor de un voto contra el régimen castrista. «Llegué a Buenos Aires y me entero de que el Presidente anda diciendo que él todavía no votó, que estuvo en La Habana, y me deja pagando. ¿Cómo vamos a lograr amigos en los Estados Unidos con dudas de ese tipo?», se regocijó el canciller.

El resto de la mesa trató de eludir un regreso al tema de las candidaturas, pero algo tenían que decir cuando Ruckauf repasó la lista de sus posibles oponentes.

Uno fue Aníbal Ibarra, a quien atendió Balestrini: «A ése lo freno desde La Matanza. Se creen que nos van a mandar los villeros y la basura de la Capital a nosotros. En cualquier momento le mando un grupo de vecinos para que se asiente en una plaza de la Capital y pida que se la escrituren».

Otro oponente analizado fue José Manuel de la Sota, de quien se ocupó el cordobés Roggero, que además se mueve como hombre de la casa en la Cancillería porque sigue anotado para ser embajador en Madrid. «El 'Gallego' ya está tomando distancia de Duhalde. Le está haciendo lo mismo que le hacía a Rodríguez Saá: se acerca, después lo critica y termina tomando distancia como si no tuviera nada que ver con un gobierno peronista». Lo acusa de falta de identificación y lealtad, temas sobre los que él es un experto.

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