Cordobeses y radicales, una combinación que obliga a mirar más a losdetalles que al todo si uno quiere entender qué es lo que sucede. Esa era laclave de la asunción de Carlos Becerra, ayer, como secretario general de laPresidencia de la Nación. El Salón Blanco de la Casa Rosada se colmó dedirigentes del radicalismo, que aplaudieron a rabiar a Becerra en su ascenso aun cargo que ya desempeñó en los '80, secundando a Raúl Alfonsín. Quien fuehasta ahora viceministro del Interior se mostró de buen humor y parecía tentadode risa cuando el locutor, con reflejos condicionados por el anterior gobierno,lo anunció como Nicolás Becerra, el peronista procurador general de la Nación.
El elenco oficial que rodeaba al Presidente exhibió su nuevo «look», conMario Losada en la función de vice de facto, agregándole a De la Rúa ladesventaja de su altura, mayor que la del número uno. Del Frepaso, nadie.Claro, Graciela Fernández Meijide tuvo la excusa de estar en Mar del Plataasistiendo a la asamblea de la UIA, desde donde pidió también la renuncia de uncolega del gabinete, Fernando de Santibañes.
Ecumenismo
La concurrencia fue de lo más ecuménica si se toman en cuenta lasdificultades que tienen los radicales para olvidar alineamientos internos oguerras de facción. El panorama era tan multifacético que incluía a RamónMestre, (venido desde Corrientes), Edgardo Grosso (ex vicegobernador de EduardoAngeloz), Mario Negri, Diego Yofre, José María García Arecha, Gregorio Pomar,Rodolfo «Michingo» O'Reilly, Normando «Chiqui» Alvarez García y hasta aLeopoldo Moreau, quien no pisa habitualmente la Casa Rosada y ayer se presentóen una versión «Marciano 2000», rejuvenecido y más delgado. Enrique Nosiglia,antiguo amigo de Becerra, no apareció por el salón pero sí estuvieron suhermano y varios de sus amigos personales, como es el caso del arquitecto LuisCavillón. Empresarios como Gregorio Chodos, Aldo Roggio o Guillermo Stanleytambién se mostraron complacidos con el ascenso.
Sin embargo, los ojos se posaron sobre Raúl Alfonsín, quien llegóretrasado y se sentó en una silla que llevaba su nombre escrito en el respaldo.A diferencia de la jura de la semana pasada, esta vez «don Raúl» no fueinvitado a subir al estrado: una especie de penitencia por sus últimasdeclaraciones pidiendo la cabeza de funcionarios y diciendo que la aprobaciónde la Ley de Convertibilidad fue, con la revolución del '30, los peores hechosdel siglo
XX. A fuerza de declaraciones, acaso Alfonsín termine ocupando la últimafila del protocolo oficial. Por lo pronto, ayer el locutor no consignó
su asistencia en la CasaRosada.
Los dichos de Alfonsínprovocaron el malhumor de todo el gobierno, sobre todo de los funcionarios deEconomía, que protestaban a voz baja y celebraban que hubiera sido Chrystian Colombo, el jefe de Gabinete,quien se animara a contestarle (José Luis Machinea prefiere evitar las
La asunción de Becerra se postergó porque, en el salón contiguo, secelebraba una reunión de la Central Nacional de Inteligencia para examinar lacrisis de Medio Oriente en sus variados aspectos, incluidos los económicos.Allí se concentraron, antes y después de la ceremonia, Adalberto RodríguezGiavarini, Ricardo López Murphy, José Luis Machinea, Enrique Mathov y el propioDe Santibañes con una cantidad de uniformados y expertos en seguridad (no losjefes de Estado Mayor, que están fuera del país). Un gracioso comentó: «MedioOriente nos sacó del total desoriente de estos días y eso nos tiene animados».Una versión optimista de la hora.
Inteligencia
La incógnita sobre el destino de la SIDE siguió ayer recorriendo alelenco oficial. Algunos miraban a Horacio Jaunarena como un hombre en ascensopero esa posibilidad competía con otras dos versiones: que la resistencia de DeSantibañes sería exitosa y que, si se aleja del cargo, el organismo seráintervenido por el nuevo secretario general, Becerra.
El acto fue breve y, no bien terminó, De la Rúa se dirigió a su despachomientras sus ministros regresaban a la reunión de inteligencia rogando que aBill Clinton no se le ocurriera por un minuto intervenir y suspender la guerra.En el Salón Blanco quedaba una multitud con distintas versiones sobre la crisisactual. García Arecha, enfundado en un «bradburdiano» saco color helado decrema, decía que «no hay otra forma de fortalecer la Alianza que fortaleciendoel poder político del Presidente porque sólo si a él le va bien les irá bien atodos». María Cristina Guzmán, en cambio, pensaba en otros términos: «A De laRúa lo conozco hace muchos años y muy bien; yo no me entusiasmaría tanto conmortificarlo y desautorizarlo en público. Cuando reacciona es temible ymalísimo». Habrá que ver.




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