6 de abril 2004 - 00:00

CGT: imposible unidad por denuncia de Moyano

La unidad sindical se convirtió otra vez en una quimera: la CGT de Rodolfo Daer renovará su conducción pero no se someterá a un congreso conjunto con la dirigencia del Movimiento de los Trabajadores Argentinos que conduce el camionero Hugo Moyano. «Daer se va, es cierto, pero el cargo quedará para los 'gordos'», informó un gremialista que lleva adelante las negociaciones.

La condición de no dar protagonismo a Moyano y los suyos tiene varias razones. En primer lugar, los sindicalistas negociadores dominan la principal cantidad de delegados del congreso de la CGT. Es cierto que para eso deben apelar al apoyo de dos sectores aliados pero no propios: los «solidarios» de Alfredo Atanasof (duhaldistas) y el Movimiento Obrero con Propuestas (MOP), que encabezan Antonio Cassia, Oscar «Barthes» Mangone y Vicente Mastroccola. El apoyo de estas dos agrupaciones es crucial para Carlos West Ocampo, Armando Cavalieri y Oscar Lescano si quieren garantizarse la mayoría holgada de esa asamblea. Por eso no habría que descartar que el próximo secretario de la CGT provenga de una de estas corrientes, sobre todo del MOP. Un mal mensaje para el gobierno: tendría delante de sí a un menemista y, casi seguro, perteneciente al sector de las empresas privatizadas.

•Padrones inflados

Hubo un motivo menos evidente para que quienes hoy sostienen a Daer cerraran el círculo y suspendieran cualquier negociación con el «moyanismo». Esa causa fue una manifestación de Juan Manuel Palacios, el titular de la UTA y cerebro de Moyano: «Si los trabajadores son los que declara cada gremio en su padrón, en la Argentina no habría desocupados». Palacios puso el dedo en la llaga y alertó a los «gordos». El razonamiento de Palacios es una denuncia: los sindicatos inflan sus listados de afiliados sin declarar las bajas por desocupación y de ese modo mantienen un cupo de delegados más abultado en el congreso de la CGT. Las consecuencias, en este caso, tienen que ver con el juego interno de poder sindical.

Sin embargo, ese mismo procedimiento se proyecta sobre otro campo, el de las obras sociales. Al mantener, en los papeles, el nivel de afiliados de sus «cajas» como en tiempos del pleno empleo, los gremialistas gozan de subsidios mayores. En efecto, lo que cada obra social retira de la caja común «solidaria» tiene relación con los afiliados que declara. Si se hiciera caso a los corolarios de lo que denunció Palacios, habría un estallido por fraude en las cuentas de todo el sindicalismo.

Con este planteo, Palacios bloqueó cualquier posibilidad de integración. En verdad, tampoco a Moyano y sus amigos les interesa asociarse a los «gordos». El camionero sabe que está en un lugar del circuito económico desde el que puede ejercer una presión insoportable sobre el sistema. En una era de desmovilización popular, los camioneros son casi el único gremio con capacidad de provocar la huelga y obstruir el comportamiento de toda la economía. Con ese poder clave, Moyano habla con el teléfono celular de Néstor Kirchner, consigue que le designen allegados en la Secretaría de Transportes, que tiene totalmente colonizada, arranca subsidios para las empresas del ramo y regula el conflicto al servicio de intereses que siempre son vidriosos (todavía se investiga a quién sirvió con el conflicto desatado en Carrefour). ¿Por qué Moyano iba a compartir ese poder, nacido de su peculiar capacidad de presión, con los apoltronados «gordos »? Esta es la razón principal por la que Kirchner, para su felicidad, seguirá teniendo enfrente a dos centrales obreras. Claro, ambas serán más bochincheras que hasta ahora porque se calcula que con la renovación de autoridades se lanzarán las primeras presiones salariales importantes sobre el gobierno.

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