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Hubo, sin embargo, un incidente posterior pero fue rápidamente amortiguado: Solá seleccionó un gabinete plagado de leales que desagradó a los comandantes del conurbano, quienes mayoritariamente peregrinan a la casa de los Duhalde en Lomas de Zamora.
Luego, una serie de llamados telefónicos, fotos y halagos públicos barrieron bajo la alfombra aquellas rispideces. La ironía es que un hecho debería haber facilitado la gestión de Solá, terminó complicándola: desde ayer, el Senado tiene 35 de los 46 senadores bonaerenses. Más que mayoría, es un abuso. En diputados es menos abrumador: de las 92 bancas a repartir, el peronismo se quedó con 55.
Eso, de todos modos, no implica armonía interna. No fue fácil destrabar el conflicto por las jefaturas legislativas: al final, el platense Juan Amondarain quedó como mandamás del bloque de senadores: mientras Juan Garivoto celebra otra reelección como jefe de los diputados.
En esa pista resbaladiza deberá moverse Solá a partir de hoy, cuando asuma como gobernador con «mandato propio», tras los casi dos años (asumió el 3 de enero de 2002) de poder heredadodel huidizo Carlos Ruckauf. «Comenzaremos un período signado por una esperanza distinta en la patria, la tarea de recuperar la estabilidad mínima necesaria en las instituciones políticas», dijo Solá ayer, como anticipo del tono que marcará su discurso de jura, donde insistirá en pedir respaldo a los «legisladores».
Es un reclamo entendible: se acostumbró Solá a lidiar con las manías legislativas, con los tiempos -en general laxosdel almanaque parlamentario.
Ayer, como gesto, se rodeó de figuras paradigmáticas del duhaldismo: Mércuri, Giannettasio -a quien Solá llamó Gabriela en vez de Graciela-y Mabel Müller. Es más difícil acertar a quién representó, más allá de su condición de bonaerense, el ministro del Interior, Aníbal Fernández.
Por eso, para no sentirse tan solo, el gobernador apareció acompañado por varios de sus ministros.



