26 de agosto 2011 - 00:48

Cristina continental, el plan para exportar el “modelo K”

• El «vacío» regional como oportunidad.
• Secuencia.
• El caso Libia.
• Cancillereadas

Luiz Inácio Lula da Silva
Luiz Inácio Lula da Silva
Las victorias, más las estruendosas, son un insumo irresistible para la fantasía. En paralelo a la «burrada», Aníbal Fernández dixit, de una reforma constitucional eternista, en círculos políticos y diplomáticos K comenzó a gestarse otra quimera: la Cristina continental.

En los últimos 45 días, Buenos Aires cobijó cuatro cumbres: una de ministros de Defensa, otra de titulares de Economía y otra de cancilleres de la Unasur, y en estas horas un ensamble de la región con Asia del este. Una secuencia, y frecuencia, poco habitual.

Es un indicio, todavía sutil, sobre un plan para promover a Cristina de Kirchner como referente sudamericana ante lo que se percibe como un vacío de líderes en la región, sobre todo tras el repliegue de Lula da Silva, el candidato natural a esa butaca.

Así y todo, la Presidente -que se derrite por las tarimas internacionales y maldice su inhabilidad para el inglés- ahora está enfocada en la cuestión doméstica: debe confirmar el 23 de octubre el 50% de votos que logró en las primarias de agosto.

Pero la política exterior tiene otros tiempos. Nadie se impone a la fuerza como vocero ni se gana, en un pestañeo, el respeto de los pares. Por eso, incluso sin un guiño explícito de la Presidente, hay un engranaje en marcha para preparar un escenario propicio.

El diagnóstico, a grandes rasgos, es el siguiente: Lula rechazó ser entronizado en la Unasur a pesar que opera, en silencio, para pacificar vínculos. Es, quizá, uno de los dirigentes de la región que más diálogo mantiene con Hugo Chávez, salvo los hermanos Castro. Sin embargo, no quiere jugar ese partido: se cree predestinado a las ligas mayores.

Límite

A su vez, el siempre expansivo Chávez es su propio límite y arrastra a Evo Morales y al ecuatoriano Rafael Correa. El paraguayo Fernando Lugo también termina imantado por ese bloque. Y el uruguayo José Pepe Mujica no expresa deseos de traspasar las fronteras de Uruguay.

El chileno Sebastián Piñera, más allá de los sacudones en su país, es quien menos sintoniza con la melodía política de la región. Ollanta Humala, que visitaría la Argentina a mediados de septiembre, recién está desembarcado en la presidencia del Perú.

Otra figura con peso específico es Dilma Rousseff. Pero la brasileña está dedicada sólo a construir su liderazgo en Brasil. A pesar del ruido público, se advierte que no habrá ruptura con Lula sobre quien se prenuncia un regreso dentro de 4 años.

El último de la grilla es Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, país con más habitantes y una economía más potente que la Argentina. El colombiano, que sucedió a Alvaro Uribe, sorprendió a los demás presidentes con un giro progresivo que, se dice, le valió gestos de frialdad de Washington.

Santos fue, en la cumbre de urgencia de ministros de Economía en Lima, quien habló de un pacto para «blindar» la región ante la crisis en Europa y EE.UU. Su delegado, junto al de Bolivia y al de Uruguay, protagonizó una cancillereada al reprochar a los ministros de Economía las demoras para montar ese blindaje.

Esa foto de la región sugiere un «vacío» que invita a proyectar un protagonismo regional de Cristina.

Parte de ese dispositivo explica el esfuerzo de la diplomacia K por confeccionar posturas equilibradas e intermedias entre los extremos que conviven en el continente ante temas ardientes. En estas horas, ocurrió con el debate por la crisis en Libia.

El miércoles, entreverado en ese conflicto, Héctor Timerman encontró un atajo: planteó la necesidad de instaurar la democracia en ese país pero rechazó que se haga por la fuerza, en referencia a los bombardeos de la OTAN.

En una trinchera, comandada por Nicolás Maduro, se ubicaron Venezuela, Bolivia y Ecuador con la posición de repudiar el «imperialismo» que, sin explicitarlo, se leyó como una defensa del Gobierno de Muamar el Gadafi. Brasil, en tanto, invocó la vía institucional y propuso esperar la definición de la ONU.

De soslayo, Cristina observa -quizá lo interprete como una gentileza o como una obsecuencia- el despliegue de la diplomacia oficial que comanda Timerman y la informal que encarna Rafael Folonier para gestar su liderazgo regional. En cierto modo, implicaría completar el proceso que Néstor Kirchner no pudo coronar.

A la espera de que esa magia algún día dé resultado ensaya, en público, discursos para esa eventualidad: autorreferencial, habla del «modelo argentino» y lo invoca como un ejemplo en el mundo para enfrentar la crisis.

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