El culpable fue Jorge Obeid, gobernador de Santa Fe, quien el miércoles pasado dejó trascender en la prensa de su provincia que Horacio Rosatti, el ministro de Justicia, sería el mejor candidato que puede presentar el peronismo para encabezar la lista de diputados del distrito en las elecciones de este año. A partir de ese dato, el Ministerio comenzó a ser objeto de codicia y hasta se libran batallas sordas por su captura. Aun cuando Rosatti afirma lo que se le escucha a Rafael Bielsa cada vez que se habla de su candidatura a diputado nacional por Capital: «El Presidente jamás me habló del tema y sólo con él lo hablaría». Calla, en cambio, el ministro cuando se le comenta que en la Casa Rosada piensan en él como candidato a gobernador de 2007 en Santa Fe.
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El primero en aspirar al sillón de Rosatti es Juan José Alvarez. El flamante secretario de Seguridad de Aníbal Ibarra llegó a ese cargo después de pedir 120 días de licencia en la Cámara de Diputados, donde ocupa una banca por la provincia de Buenos Aires. El «plazo fijo» no tiene tanto que ver con la vocación parlamentaria de Alvarez, sino con la media palabra que le ofreció Alberto Fernández, en la primera semana de diciembre, cuando le dijo: «Pedí lo que quieras que el Presidente te lo dará con tal de que dejes a (Mauricio) Macri en la provincia». En aquel entonces, Alvarez reclamó el Ministerio de Justicia, que ya ocupó con Eduardo Duhalde.
Sin embargo, las primeras acciones de Alvarez pusieron en riesgo su vínculo con el jefe de Gabinete de Néstor Kirchner. Sobre todo la manera en que pulverizó la Secretaría de Seguridad de la comuna, que estaba en la órbita política de Vilma Ibarra. Es cierto que fue el propio Aníbal Ibarra quien les aceptó la renuncia a Juan Carlos López y a Gabriela Fiszbin, íntimos amigos de su hermana. Pero el discurso de Alvarez al asumir el nuevo cargo irritó a la senadora y también a Ibarra: «La corrupción también mata», dijo el nuevo secretario en esa alocución.
Es tal vez por este gesto agresivo hacia la conducción del municipio que las chances de Alvarez para acceder a Justicia comenzaron a volverse problemáticas para el jefe de Gabinete Fernández. De hecho, él está pensando en estos días en la promoción de su amigo Alberto Iribarne, el secretario de Seguridad del Ministerio del Interior. Iribarne es un hombre de máxima confianza para Alberto Fernández y, desde que su área fue puesta bajo el mando de Aníbal Fernández no se siente del todo cómodo donde está.
El ministro del Interior lleva adelante una gestión muy personal-que en la práctica ignoraa quienes revistan en escalones inferiores. Aníbal Fernández sigue abocado a programar la licitación de los nuevos DNI, después de un par de notas preparatorias en los diarios que justifiquen lo que, tal vez, termine sucediendo: que el Estado pague por segunda oportunidad un sistemacomo el que ya le pagó a la empresa Siemmens y que se discute en el CIADI; ahora los beneficiarios serían Motorola y NEC, como se adelantó en las «Charlas de Quincho» de este diario hace semanas.
Ahora, este Fernández deberá velar por la integridad de la Federal, cuya superintendencia metropolitana Alvarez quiere para sí (cuando fue ministro de Justicia de Duhalde, también pidió la Policía antes que nada y con éxito).
Ajeno a estas negociaciones y también a los acuerdos que el ministro alcanzó con la Policía Federal después de la ola de secuestros, Iribarne sería -en el plan del jefe de Gabinete- el encargado de Justicia para un gobierno que no tiene casi interlocución con el Poder Judicial.
Competiría por segunda vez con «Juanjo» Alvarez: cuando se discutía quién se haría cargo de Seguridad en la comuna, Alberto Fernández también pensó en Iribarne.
Las internas que cabalgan sobre la crisis abierta por el desastre de Cromagnon no terminan en esta disputa por el Ministerio de Justicia. En el gabinete nacional hay «intuitivos» que también quieren aprovechar el resbalón del dúo Fernández-Ibarra. ¿Es el caso de Julio De Vido? Dicen que fue él quien ordenó pintar la Ciudad, a través de una agrupación de jóvenes peronistas que le responden, con la leyenda «Maldito Ibarra».
En el nivel municipal también siguen las batallas. Los seguidores de Vilma Ibarra creen que tras la defenestración de López y Fiszbin se puede identificar la mano de su adversario Raúl Fernández. Jefe de Gabinete de la comuna, este otro Fernández está expuesto a que por vía de alzada le imputen también las negligencias que se le reprochan al dúo expulsado. ¿Tendrán que ver también con esta guerra las denuncias que se desataron contra Martha Albamonte, la secretaria de Hacienda del Gobierno porteño? Albamonte es la esposa de Raúl Fernández, y ayer su nombre circuló en una causa judicial abierta por presuntas incorrecciones en una licitación para el servicio de comidas en los hospitales de la Ciudad. Inquietante fenómeno: con un secretario de Seguridad importado desde el duhaldismo bonaerense que inició su gestión diciendo que «la corrupción también mata», son legiones las de los que se le animan ahora a Ibarra con denuncias de irregularidades y desaciertos.
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