11 de diciembre 2007 - 00:00

Desafíos de un distrito sin calma

En los últimos 20 días, Daniel Scioli hizo un veloz curso de bonaerense típico. Fue un aprendizaje borrascoso: fastidió a la Casa Rosada y a su antecesor, Felipe Solá, se toreó con la corporación legislativa y gambeteó la sed de los barones del conurbano de tomar el Ministerio de Obras Públicas.

Durante esa instrucción abrupta abandonó el navegar jovial, a veces cándido, descafeinado, de la campaña y se aproximó, por primera vez, al rigor brutal de una provincia que, desde anoche, lo tiene como gobernador. Sin embargo, fueron chispazos de lo que lo espera a la vuelta de la esquina.

Con una disimulada pizca de confianza, Scioli suele advertir que los pronósticos -que le «armarían» el gabinete, que no podría opinar sobre su vice, que no tendría lugares en las listas del FpV-fueron fallidos. Frente a eso, reclama siquiera el beneficio de la duda cuando escucha profecías sobre épocas de revueltas.

  • Póquer crítico

  • Así y todo, aguarda a Scioli un parte con cinco asuntos engorrosos. Ese póquer crítico es el que marcará el pulso de su gestión. A saber:

    1- Trato con los Kirchner. Sólo la eficacia electoral de Scioli -a veces necesaria; a veces odiosa para el matrimoniole allanó la supervivencia en el universo K. Es tan cierto como que entre los Kirchner y el gobernador hay una ancha distancia ideológica y de percepciones. Esa incompatibilidad es factor de especulaciones respecto a cuándo se acabará la tregua y se desatará, irreversible, la guerra entre Nación y Provincia, un clásico histórico que tuvo como exponentes máximos a Carlos Menem y Eduardo Duhalde. Sin embargo, puede actuar también como elemento de equilibrio: no hay calma en el país con la provincia escaldada. Aquí el caso a mirar es el de Carlos Ruckauf: dinamitó el territorio para desbarrancar a Fernando de la Rúa pero la crisis lo arrastró.

    En el pasado, Cristina de Kirchner ha sido en público más ponzoñosa contra Scioli que su marido. El gobernador, a su vez, se doctoró en la práctica zen pero, en paralelo, jugó: ¿su premura por armar el gabinete no fue, acaso, una táctica para evitar intromisiones o sospechas de intromisiones desde Olivos? Aquel episodio revela que así como prioriza la conciliación con los Kirchner, Scioli valora su autonomía. Para los Kirchner, esas dos categorías son antagónicas.

    2- Déficit. La forzada necesidad de un vínculo aceitado y «de iguales» con la Casa Rosada no sería tan imperiosa si Scioli no arrastrara, apenas asumido, una debilidad congénita: un rojo financiero inmanejable sin auxilio nacional. Son más de 3.200 millones a los que, además, hay que sumarles la renegociación de la deuda bonaerense. No hay malabares recaudatorios ni retoques de gasto que morigeren la vulnerabilidad fiscal de la provincia. Tampoco, en el escenario mediato, asoma la hipótesis de un cambio estructural que mejore la participación bonaerense en el reparto de los recursos federales. Scioli está preparado, o resignado, a aprender a caminar con esa fragilidad que, sin embargo, le insumirá desgastes. Deberá, por caso, lidiar en el día a día con Martín Lousteau, con quien empezó de la peor manera posible: le bajó agriamente el pulgar para continuar como presidente del BAPRO o, al menos, ligado al gobierno provincial. Una gambeta del destino lo colocó, más tarde, del otro lado del mostrador.

    3- Experiencias. Salvo casos puntuales -Mario Oporto; Débora Giorgi; Alfredo Atanasof; entre los pocos-, el gabinete de Scioli es un equipo con reducidas, o nulas, experiencia de gestión ejecutiva. Es naif suponer que con buena voluntad alcanza. Kirchner suele decir que «hacer un ministro» demanda dos años. ¿De cuánto tiempo dispone, sin tropezar ante una crisis aguda, Carlos Stornelli para entender que la Bonaerense no es la Justicia Federal? ¿De cuánto Rafael Perelmiter, para dimensionar que la administración de un elefantiásico presupuesto de casi 30 mil millones no es la contabilidad personal de su amigo Daniel? Además, en determinados asuntos -seguridad, basura-está agotado el argumento de la herencia recibida.

    4- Peronismos. Así como dependerá de Nación para que, cada mes, le cierren los números, Scioli será portador de otra flaqueza: como Kirchner en su momento, el gobernador aterrizó en la provincia con un puñado acotado de fieles. Hace unos meses, una cumbre del sciolismo auténtico podía congregarse en una cabina telefónica. ¿Scioli construirá poder propio como trató, con relativo éxito, Felipe Solá? ¿O resignará el armado político como, en su momento, hizo Ruckauf? Sin descanso, Kirchner planea una mudanza de poder territorial a la imprescindible Buenos Aires -desde donde iniciará la reorganización del PJ-por lo que entre el patagónico y el bonaerense habrá sometimiento o colisión. El ex presidente avisó que continuará siendo el enlace con los caciques del conurbano, los mismos que quisieron quedarse con el Ministerio de Obras Públicas -lo soñaron para Julio Pereyra-pero Scioli optó por Cristina Alvarez Rodríguez. En 2008 vendrá, además, la disputa formal por el PJ bonaerense, que pretende presidir Alberto Balestrini: puede, para algunos, ser un dato anecdótico pero la intervención o no de Scioli y, en caso que lo haga, su éxito o fracaso, delineará sus próximas aventuras políticas.

    5- Gremios. Sólo por debajo de la inseguridad, la seguidilla de paros -sobre todo en escuelas y hospitales-trasmiten el clima de despoder y deterioran la imagen de un gobierno. No en vano Kirchner «pagó» en oro la calma que le garantiza Hugo Moyano. Buen discípulo, Scioli pactó una tregua -que ninguna de las partes admitirá- con los sindicatos más inquietos de la provincia que le permitirá un tránsito tranquilo por unos meses. Pero la negociación salarial es inevitable y, más que nada, inmanejable: el gobernador no podrá acordar nada con los gremios estatales sin antes tener el visto bueno de la Casa Rosada, porque cada peso otorgado será un peso que deberá girar como extra el gobierno nacional. Un círculo vicioso, demasiado parecido a una emboscada.

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