Eduardo Duhalde se despedirá de la presidencia con gestos de un antinorteamericanismo que hacía tiempo no se reconocían en un mandatario argentino. Antes del 18 de abril (ese día en que se votará en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sobre la situación de Cuba), anunciará que, en contra de lo que viene votando desde hace más de 10 años, la Argentina se abstendrá y no condenará al régimen de Fidel Castro. Y hoy a las 11, hora italiana, Duhalde intercambiará discursos escritos con Juan Pablo II, en el Vaticano, con un gesto especial: agregará un escrito condenando la guerra de los Estados Unidos y sus aliados contra Irak, alineándose de esa manera con la posición de la Santa Sede. El giro respecto de Cuba será explicado por Duhalde -por primera vez de manera oficial- en la mesa de Angelo Sodano, el secretario de Estado Vaticano. Ningún lugar resulta más adecuado que esa oficina para cuchichear contra «el imperio» norteamericano en estos días.
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Duhalde ingresará hoy en el patio de San Dámaso de la mano del secretario de Culto, Esteban Caselli, quien consiguió que Carlos Ruckauf no viaje a Roma y le ceda a él el sombrero de canciller por unos minutos. Irá todo de negro, igual que Chiche y Eva (una de las hijas del matrimonio, la que estuvo internada en un convento), según las prescripciones de Carlitos Mao, el valet del Presidente, que integra la comitiva (también están en Roma sus dos voceros, Carlos Ben y Luis Verdi, junto al jefe de la Casa Militar, Carlos Carbone).
Bajó la performance de Caselli en estos raídes condecorativos.
A Carlos Menem y sus comitivas les conseguía hasta títulos de la nobleza «nera» (simbólicos, son los grados que otorga el Papado, vestigios de la antigua monarquía vaticana). Eran otros tiempos. Duhalde no volverá duque. Apenas si se llevará del Palazzo Apostolico una medallita bendecida, que le dejarán en el casillero del hotel «Parco dei Principi». «Para qué vamos a exaltar a gente que él nos trae y después él mismo termina denunciando en la Justicia», dijo un sacristán amigo de «Cacho» en San Pedro.
• Agenda apretada
En la residencia del embajador ante la Santa Sede, Vicente Espeche Gil, habrá casi un homenaje para el Presidente y su esposa. Una vez terminada la ceremonia con el Papa y la entrevista con el secretario de Estado Sodano, Espeche servirá un almuerzo con cardenales de «alto rango». Entre otros, estarán Ratzinger (titular de la Comisión para la Doctrina de la Fe, es decir, del antiguo Santo Oficio), López Trujillo, Tauran, Pio Laghi (intermediario personal del Papa con George W. Bush) y el ex nuncio en la Argentina, Ubaldo Calabresi. Llamó la atención de varios entendidos que Duhalde hubiera discriminado abiertamente al único cardenal argentino con residencia hoy en Roma, Jorge Mejía: nadie entendía anoche qué razón separa al Presidente de este prelado que vive en el Trastévere.
La agenda, muy apretada, tal vez le impida al Presidente disfrutar de los frescos de Caravaggio que adornan la última capilla de la iglesia San Luigi dei Francesi, frente al palacio (Patrizi) donde vive Espeche. Duhalde también «se perdió» toda la obra escultórica de Bernini que se conserva en la Villa Borghese, al lado del hotel donde se aloja. Con su esposa Chiche prefirió, el sábado, una recorrida por Piazza di Spagna y Vía dei Condotti. Muchos comentarios al regresar al hotel, en la terraza, junto a los miembros de la comitiva: desde los precios en las vidrieras de las grandes boutiques hasta la escasa presencia de orientales. «Debe ser por el miedo a la guerra y la peste», le explicaron.
Casi todo el tiempo lo pasaron los Duhalde con Humberto Roggero y su esposa, Claudia, con quienes comieron en Via Veneto el sábado por la noche. Roggero es el ex presidente del bloque de diputados peronistas, ahora embajador de la Argentina en Italia, designado por el gobierno actual hace un par de meses.
Hoy por la tarde, ya que no le consiguieron una condecoración en el Vaticano, Caselli llevará a Duhalde a la sede de la Orden de Malta, donde será agasajado por los integrantes de esa cofradía a la que representa en Buenos Aires el hijo del secretario de Culto, Antonio, llamado cariñosamente «el embajador niño».
Una vez terminada esta formalidad pintoresca, Duhalde volverá al hotel y desde allí marchará hacia el avión que lo llevará a Madrid, donde lo espera una nobleza un poco más decisiva: la de los Borbón, que gobiernan un país y cuyos titulares, Sofía y Juan Carlos, servirán una comida en la Zarzuela en homenaje a la pareja de Lomas.
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