A días de que Eduardo Duhalde abandone las oficinas del Mercosur en Montevideo, aquellas que alguna vez sus soldados imaginaron como una «Puerta de Hierro» a tiro de alíscafo, el PJ bonaerense decidió enterrar sus últimos exabruptos críticos y admitir no sólo la derrota electoral sino, sobre todo, el fin de una etapa. La semana última, los duhaldistas avanzaron con dos resoluciones que transparentan esa admisión: perfiló las jefaturas de los bloques duhaldistas de la Legislatura bonaerense postulando como coordinadores a dos dirigentes que conforman la línea moderada o pactista del duhaldismo residual. Es, ante todo, un triunfo de José María Díaz Bancalari, artífice y gestor público de un proceso de recomposición poselectoral con el oficialismo y, en consecuencia, una derrota para el sector crítico -cuyo vocero es Eduardo Camaño- que proponía que el PJ bonaerense tenga una postura crítica. Ese movimiento tiene una efecto profundo: con Duhalde retirado -luego de dejar el Mercosur se recluirá a redactar las memorias de su interinato presidencial-, Díaz Bancalari quedó como jefe (ya no sólo formal por ser presidente del Consejo del PJ) del peronismo de Buenos Aires, con la escolta menos mediática de Hugo Curto. De algún modo, los encuentros -dos en ocho días- del nicoleño con Néstor Kirchner en la Casa Rosada fueron el principal capital que pudo ostentar Bancalari ante sus socios en la derrota para prometerles no sólo que no habrá tormentos sino que superada la elección, ahora otra vez «somos todo lo mismo».
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La posición, que encarnó Bancalari apoyado en las necesidades de los intendentes que entienden que oponerse al gobierno puede tener serios costos, derivó en dos resoluciones: Julián Domínguez tiene el camino allanado para ser el jefe del bloque de diputados del PJ y Raúl Torres para ocupar ese lugar en el Senado. Torres hace 30 años milita junto a Curto y, por tanto, actúa en sintonía extrema con el intendente de Tres de Febrero, dirigente que estuvo en contacto dos veces en los últimos días con Kirchner, preparando el terreno para el regreso de jefes comunales del norte del conurbanoal redil kirchnerista. Domínguez, a pesar de haber formado parte del grupo de duhaldistas que coordinaron la campaña de Chiche Duhalde, fue uno de los primeros en plantear que tras la elección -sobre todo con el resultado de ésta- el PJ debía reconocer la jefatura de Kirchner y encolumnarse tras la Casa Rosada. Es decir: los bloques del peronismo de Buenos Aires estarán en manos de dos dirigentes pro Kirchner.
En tanto, el ultraduhaldismo -o al menos sus exponentes emblemáticos- quedarán relegados a posiciones menores cuando no directamente a la condición de legisladores rasos. La pulseada, puertas adentro del duhaldismo, no está saldada del todo, pero parece inevitable que hay dos casos para seguir: Osvaldo Mércuri, que presidió la Cámara de Diputados durante una década, no ocupará sitios relevantes en la nueva conducción del PJ provincial.
Algo similar podría ocurrir con Antonio Arcuri, hasta el 10 de diciembre, vicepresidente primero del Senado y, por tanto, tercero en la línea de sucesión bonaerense. Como mínimo, el dirigente de San Vicente, amigo de años de Duhalde, bajará a la vice segunda pero es probable que incluso quede sin cargo. La excepción podría ser Juan Garivoto, hasta ahora presidente del bloque de diputados del PJ bonaerense, a quien el duhaldismo propone para la vicepresidencia de la Cámara baja, sitio que ahora ocupa Isidoro Laso, otro que perderá poder. Garivoto es un cacique de la vieja guardia pero tiene buen trato con Bancalari. De todos modos, el Frente para la Victoria (FpV) quiere para sí no sólo la presidencia de Diputados -adonde irá Ismael Passaglia- sino también la vice que el duhaldismo pretende para Garivoto.
Pero los realineamientos obligan a una mirada más profunda: el reciclado del duhaldismo bonaerense fue gestionado, en persona, por Kirchner, mientras que Felipe Solá, el más interesado en que el Parlamento provincial deje de ser territorio enemigo, no intervino en el proceso. Es más: el protagonismo que Bancalari logró en las últimas semanas con la recepción amistosa de Kirchner (como contó este diario, Bancalari dijo que el Presidente le prometió «reparar los daños» que dejó la ruptura del PJ) tomó por sorpresa e incomodó a Solá que, con razón, quería ser quien comande la poselección. En este caso, Kirchner y Solá tienen urgencias y visiones diferentes: el presidente necesita como el agua un puñado de votos en el Congreso nacional para avanzar con algunas leyes -Presupuesto 2006, entre ellas- que podría arrimarle Bancalari.
Esa es la prioridad del Presidente y actuó en consecuencia a pesar de que con su accionar podría dañar al gobernador (en teoría su socio más preciado) que imaginaba para sí un lugar de mayor relevancia. Y, si se quiere, usar su nueva posición de fuerza para rigorear a los duhaldistas que durante los últimos dos años lo despreciaron.
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