El gobierno necesita un bueno
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En el conflicto de la carne quizá más que nunca le es necesario un intermediario moderado. Néstor Kirchner mantiene aquella añeja imagen de la oligarquía ganadera formada a partir de que el general Julio Roca, a fines del siglo XIX, avanzaba con sus tropas hasta Choele-Choel, haciendo retroceder a los indios y detrás de él y sus tropas venían los prósperos futuros ganaderos alambrando de facto las tierras conquistadas. El mismo Roca asentó su fortuna personal alambrando y anotando como propios campos de Río Cuarto, en Córdoba, cercanos al regimiento de frontera que comandaba de joven. Pero aquella aristocracia es hoy sólo residual. El productor agropecuario predominante en nuestros días suele ser un esforzado que no puede gerenciar, como en otros negocios, desde París. Está sometido a precios locales e internacionales, en libre juego de oferta y demanda. Además, sobrelleva sequías, inundaciones, granizo y vivir con el sobresalto del vencimiento de créditos onerosos.
Si sobrellevó cosechas malas o rachas largas de aftosa va a resistir al gobierno porque considera injusto ser variable de ajuste en épocas de recuperarse. Los hombres del campo conocen algo que se reactualizó en estos días, que un líder como el ex presidente Perón en 1952, frente a una sequía que arruinó gran parte de las cosechas del año, no titubeó en hacerle a los argentinos comer sólo pan de centeno para no interrumpir la exportación de trigo a mercados extranjeros duramente conquistados. También sabe que un desmedido Moyano junior con su aumento de pedido salarial de 28% y las imitaciones que provocará produce más inflación que el precio de la carne, pese a su gravitación alta en el índice de precios. Suena inapropiado el mejor trato a un sindicalista por herencia que a un productor por su esfuerzo.
Finalmente el campo se encoleriza también porque sabe que con las retenciones a su producción este gobierno generaliza subsidios, especialmente a industriales que tanto alaba la ministra de Economía Felisa Miceli por «sustituir importaciones», una política industrial de 1930 basada en excesivas protecciones que siempre fueron costosas para el país y le mantuvo ineficiencias manufactureras crónicas. Es sabido que la industria y los servicios son la principal fuente de trabajo en un país pero sin exagerar en desmedro del que produce el grueso de las divisas, sea carne, agro, minería o petróleo.
A diferencia de supermercados, laboratorios, consignatarios, CGT y otros sectores un enfrentamiento con el productor del campo es de los más difíciles para el Gobierno Kirchner y para cualquiera. Entre otros motivos porque cuenta ese sector con simpatía general en la sociedad que sabe que realmente allí somos fuertes como nación y no fabricando lavarropas y aspiradoras que no pueden ni competir con las brasileñas.
El plan de precios máximos hasta fin de año para los llamados «cortes populares» de carne era bueno y mejorable si se lo complementaba con un proyecto del radicalismo, hoy en el Congreso, de concluir con la venta de media res y pasar a su comercialización en tres partes algo que no impediría comer la tradicional carne ni limitar las exportaciones. A nadie le caería mal ingerir determinados días de la semana cortes marginales. A los pobres porque es lo que más habitualmente consumen. Y a los ricos porque pueden hasta faenarse reses propias entre amigos o abastecerse por izquierda a más precio. Pero al Presidente le salió el tenista de adentro. Quiere ganar los sets sin un game para el adversario circunstancial. Ni Roger Federer lo logra.
Si Néstor Kirchner decidiera crear un «bueno» para que le tienda puentes ante enfrentamientos cruciales, que a veces le crean hondonadas con los adversarios no políticos, llenaría el Salón Blanco de la Casa Rosada de postulantes. Es tentador no despertar la ira presidencial porque, finalmente, se actuaría en su nombre y, a la vez, congeniar con empresarios, ganaderos, periodistas, agricultores.
Cuando menos el agraciado deberá habilitar su cochera a fin de año para recibir obsequios.
No es fácil ser el «buenopuente» de un presidente como Kirchner. Tiene que tener escuela pingüina completa o haberse purificado varias veces en el Jordán santacruceño, ser incapaz de usar el doble juego para proyección política propia, saber que el Presidente puede dejarlo colgado del pincel en cualquier momento aunque esto no le quitará relevancia ante los adversarios que siempre aceptarán un menguado a nada que es lo que hoy lamentan. Un bueno ideal hubiera sido el santacruceño y renunciante gobernador Sergio Acevedo que cumplíalos requisitos, sin obsecuencia, y tenía llegada a sectores políticos enemigos de la Rosada. No Daniel Scioli que alguna vez lo intentó por su cuenta y encontró la reacción drástica previsible de la Casa Rosada.
Hay que asumir -o criticarlo se hará monótono en el tiempo- que para encontrar un Kirchner amable y por momentos hasta risueño la entrevista debe ser para cederle o, por lo menos, que lo perciba neutral y no capaz de transformarse en un serio adversario futuro suyo. Si dialoga con ajenos a su gobierno halaga a poca de su gente y casi exclusivamente a los que, en su óptica, les reconoce logros especiales, por ejemplo lo entusiasma hoy el gobernador de Tucumán, Jorge Alperovich. De los neutrales los valora casi exclusivamente por la inteligencia que les calcula, por ejemplo a Roberto Dromi más allá de los pasados que le adjudican siempre y cuando no hayan sido represores en los '70. A los adversarios políticos la mayor bonanza que les otorga, y sólo al pasar, es si los considera coherentes o no. Mauricio Macri sé qué intereses representa. Elisa Carrió no, dice. A Ricardo López Murphy lo considera un buen hombre y honrado pero se le nota que le gustaría encumbrarlo -no a nivel de intermediario- si estuviera a su alcance frente a los otros centristas a los que les ve más fuerza electoral opositora. En general desprecia a los adversarios políticos algo más acentuadamente a como lo hacen esos mismos políticos entre sí y sostiene que la prensa -que preferentemente refiere a los diarios- ya no es más creíble, pero puede lanzar una carcajada espontánea cuando se le acota «porque ya es casi toda oficialista».
Ubicar a un «bueno», sin que se le transforme en delfín político no le sería fácil al Presidente aun si lo pensara necesario, como lo es. Su esposa no pareciera para ese papel. De sus colaboradores cercanos imposible saber quién no le despertaría recelos. Como el cargo requiere nivel muy alto en el mundo Kirchner podría pensarse en su hermana Alicia. En definitiva, hasta Juan Manuel de Rosas dejó crecer como puente bueno a su hija Manuelita.




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