5 de diciembre 2002 - 00:00

Estalló la pelea entre De la Sota y la Iglesia por el dinero del juego

Como algo que parece ser una tendencia en estos días (golpear a la Iglesia), José Manuel de la Sota ayer respondió a las críticas del arzobispo Carlos Ñáñez invitándolo a debatir públicamente. El jefe de la Iglesia cordobesa había difundido un documento el domingo pasado criticando al gobierno por la demora en la atención de la emergencia social, el descrédito y la falta de transparencia de los funcionarios. Ayer el obispo pidió, por carta, abrir una mesa de diálogo. Existe un fuerte enfrentamiento ideológico entre la cúpula eclesiástica y el gobierno, y una dura disputa por la oposición de la curia a la instalación de tragamonedas en los casinos y nuevos hoteles. Un frente que amenaza con complicar seriamente a De la Sota.

Córdoba (especial de "La Mañana de Córdoba") - El «comunionismo» con que monseñor Carlos Ñáñez, arzobispo de Córdoba, pretende revolucionar la conducción de la Iglesia local sólo es comparable a la torpeza con la que la administración de José Manuel de la Sota condujo durante su gestión las relaciones con el clero.

Después de una durísima carta pastoral en la que Ñáñez estampó su firma cuestionando al gobierno (habló de corrupción y promesas incumplidas), el arzobispo, según fuentes del propio delasotismo, envió una carta al gobernador y precandidato presidencial pidiendo que nombre un interlocutor para abrir una mesa de diálogo. Una instancia que en tres años y medio de gobierno no existió (por voluntad o incapacidad de ambas partes). El pedido de Ñáñez, tardío juzgan algunos, llegó después de una pétrea solicitada del gobernador en la que invitó al prelado a presentar pruebas a la Justicia sobre la corrupción señalada.

Ahora, tal vez haya advertido el arzobispo que el nivel del enfrentamiento no crea en Córdoba el mejor clima para el Adviento (preparación para la Navidad), principal motivo de la carta pastoral que levantó la polvareda. Además, opinan desde el corazón del clero, también percibió Ñáñez que su pronunciamiento no tuvo contra el gobierno la contundencia que otros documentos de la Iglesia experimentaron contra otras administraciones en otros tiempos. Es que sólo llevó la firma de Ñáñez, mientras el resto de los obispos de la provincia mantuvo un prudente silencio al borde del ring.

La partida del cardenal Francisco Primatesta del arzobispado de Córdoba, que condujo con manu militari a través de décadas realmente tempestuosas, dejó paso a Ñáñez, un obispo que intentó horizontalizar la toma de decisiones rodeándose de un núcleo de «simpatizantes» de la izquierda y el progresismo vernáculo. Sólo pastoral y opción por los pobres. Para el poder, político y económico, ningún lugar en la capilla. Inauguró así un «comunionismo» que se parece demasiado a las técnicas de management moderno. Horizontalizó Náñez su conducción. La orientación no refleja el verticalismo con el que los hombres púrpuras se manejaron durante 20 siglos, y el que se vayan todos que los progresistas aplicaron al poder de turno y a los empresarios fue aislando al arzobispo. La duda es si lo hace impulsado por espíritu de cambio o si en realidad la apertura está vinculada a la necesidad de coparticipar el poder en función del peso que éste representa para un hombre con problemas para ejercerlo.

•Torpezas

Con un arzobispo «innovador» para el pastoreo de su rebaño, la relación con el delasotismo derivó en una avenida de torpezas. Y optó De la Sota por el peor modo de batirse con Ñáñez: el enfrentamiento abierto, público, un error descomunal de estrategia que suma una cuenta más a un rosario de desaciertos que ponen peligrosamente al gobernador en la vereda del frente de la comunidad católica. Muchos entienden, y en realidad algo de eso hay, que las diferencias están centradas con la conducción del arzobispado y no con la comunidad, una visión que incluso es compartida por representantes del clero que no comulgan con el «comunionismo» actual. Pero si De la Sota no distingue las líneas, puede quedar expuesto a perder las voluntades que necesita retener para conservar el poder.

Desde casi el principio de la gestión delasotista, Ñáñez comenzó a enviar señales contrarias a la privatización de EPEC, Banco de Córdoba y el juego (poniendo especial énfasis en este último), mal asesorado, seguramente, por un entorno que expresó siempre algo más que simpatías por el Frepaso. El ex juez federal Miguel Rodríguez Villafañe, el cura Horacio Saravia y Aurelio García Elorrio vieron en el «comunionismo» de Ñáñez la brecha para hacer creer que sus ideas eran la opinión de la Iglesia (vox populi, vox dei).

Es cierto que el gobernador peronista no cumplió. No cumplió con las promesas de privatizar el Banco de Córdoba, ni EPEC; y mucho menos reformar el Estado en la medida que muchos esperaban.
Pero seguramente no se referían a eso Ñáñez y su entorno de «comunionistas» cuando hicieron críticas a la gestión de De la Sota.

•Confesor

El gobierno, por su parte, también puso mucho entusiasmo en llevarse mal con el arzobispado, al punto que De la Sota eligió de confesor al titular de la diócesis riocuartense, monseñor Artemio Staffolani, que alentaba sus ideas privatistas en contra de las opiniones de su superior. Pero no estuvo ayer Staffolani para sacarse una foto al lado del gobernador. Prudente, se refugió en el silencio de Río Cuarto, muy lejos del ring.

Lo siguió
Olga Riutort con declaraciones durísimas sobre posiciones «blandas» acerca del aborto, un «shot» directo al cuerpo, no de Ñáñez, sino de toda la Iglesia.

Ya sobre el filo del mandato de cuatro años, el oficialismo se enfrenta con el «comunionismo» de
Ñáñez por el tema del juego; más allá de las acusaciones del arzobispado sobre el tema social y el manejo poco claro de la «cosa pública» en algunos municipios (Córdoba capital) y en la gestión provincial.

El radicalismo, que sigue de cerca la pelea, se empeña ahora en tirar nafta al fuego para seguir limando a
De la Sota, y emite comunicados como si durante la gestión de Mestre las relaciones con la Iglesia hubiesen sido óptimas. Obvio, el radicalismo está de campaña, pero tampoco es un justificativo pleno lo que sólo puede ser una superficial excusa.

Parece olvidar el radicalismo los fragorosos enfrentamientos con el arzobispado cuando
Enrique Borrini, entonces ministro de Salud de Mestre, repartió preservativos casi en las puertas mismas de la casona de Hipólito Irigoyen para sacar una ley de «planificación familiar» no querida por la Iglesia. O el enfrentamiento con los colegios católicos privados. La mesura en las relaciones con la iglesia no fueron una característica de la gestión de Mestre, como sí lo fue con Eduardo Angeloz, el único radical que supo tender puentes de entendimiento para la convivencia con la Iglesia, un sector que encarna con claridad el perfil conservador de la comunidad de Córdoba.

De la Sota
(seguramente) confía sacar algún apoyo político de los pliegues de la interna eclesiástica (léase algún respaldo de Staffolani), y en caso de que no sea así, el gobernador habrá quedado decididamente solo en esta batalla que enfrenta al mundo temporal con el espiritual. Tiene De la Sota un aditamento en contra: ya está peleado con otras corporaciones, una radiografía que lo acerca peligrosamente a lo que fueron los últimos meses de gestión del radical Mestre. ¿Tropezará el hombre dos veces con la misma piedra?

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