Estalló la pelea entre De la Sota y la Iglesia por el dinero del juego
Como algo que parece ser una tendencia en estos días (golpear a la Iglesia), José Manuel de la Sota ayer respondió a las críticas del arzobispo Carlos Ñáñez invitándolo a debatir públicamente. El jefe de la Iglesia cordobesa había difundido un documento el domingo pasado criticando al gobierno por la demora en la atención de la emergencia social, el descrédito y la falta de transparencia de los funcionarios. Ayer el obispo pidió, por carta, abrir una mesa de diálogo. Existe un fuerte enfrentamiento ideológico entre la cúpula eclesiástica y el gobierno, y una dura disputa por la oposición de la curia a la instalación de tragamonedas en los casinos y nuevos hoteles. Un frente que amenaza con complicar seriamente a De la Sota.
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•Torpezas
Es cierto que el gobernador peronista no cumplió. No cumplió con las promesas de privatizar el Banco de Córdoba, ni EPEC; y mucho menos reformar el Estado en la medida que muchos esperaban. Pero seguramente no se referían a eso Ñáñez y su entorno de «comunionistas» cuando hicieron críticas a la gestión de De la Sota.
•Confesor
El gobierno, por su parte, también puso mucho entusiasmo en llevarse mal con el arzobispado, al punto que De la Sota eligió de confesor al titular de la diócesis riocuartense, monseñor Artemio Staffolani, que alentaba sus ideas privatistas en contra de las opiniones de su superior. Pero no estuvo ayer Staffolani para sacarse una foto al lado del gobernador. Prudente, se refugió en el silencio de Río Cuarto, muy lejos del ring.
Lo siguió Olga Riutort con declaraciones durísimas sobre posiciones «blandas» acerca del aborto, un «shot» directo al cuerpo, no de Ñáñez, sino de toda la Iglesia.
Ya sobre el filo del mandato de cuatro años, el oficialismo se enfrenta con el «comunionismo» de Ñáñez por el tema del juego; más allá de las acusaciones del arzobispado sobre el tema social y el manejo poco claro de la «cosa pública» en algunos municipios (Córdoba capital) y en la gestión provincial.
El radicalismo, que sigue de cerca la pelea, se empeña ahora en tirar nafta al fuego para seguir limando a De la Sota, y emite comunicados como si durante la gestión de Mestre las relaciones con la Iglesia hubiesen sido óptimas. Obvio, el radicalismo está de campaña, pero tampoco es un justificativo pleno lo que sólo puede ser una superficial excusa.
Parece olvidar el radicalismo los fragorosos enfrentamientos con el arzobispado cuando Enrique Borrini, entonces ministro de Salud de Mestre, repartió preservativos casi en las puertas mismas de la casona de Hipólito Irigoyen para sacar una ley de «planificación familiar» no querida por la Iglesia. O el enfrentamiento con los colegios católicos privados. La mesura en las relaciones con la iglesia no fueron una característica de la gestión de Mestre, como sí lo fue con Eduardo Angeloz, el único radical que supo tender puentes de entendimiento para la convivencia con la Iglesia, un sector que encarna con claridad el perfil conservador de la comunidad de Córdoba.
De la Sota (seguramente) confía sacar algún apoyo político de los pliegues de la interna eclesiástica (léase algún respaldo de Staffolani), y en caso de que no sea así, el gobernador habrá quedado decididamente solo en esta batalla que enfrenta al mundo temporal con el espiritual. Tiene De la Sota un aditamento en contra: ya está peleado con otras corporaciones, una radiografía que lo acerca peligrosamente a lo que fueron los últimos meses de gestión del radical Mestre. ¿Tropezará el hombre dos veces con la misma piedra?




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