El presidente ruso, Vladimir Putin, se saluda con Néstor Kirchner en el Waldorf Astoria.
N ueva York, EE.UU. ( Enviado especial) - La Argentina rechazó ayer el primer pedido de Rusia de que se le reconozca el estatus de economía de mercado, una condición que le permitiría al gobierno de Moscú el acceso a terceros mercados que sancionan a los productos de ese país por no cumplir las condiciones del libre comercio. El argumento que dio Néstor Kirchner a Vladimir Putin fue que Rusia subsidia exportaciones, por caso de acero, lo cual negó el premier ruso. La cuestión quedó postergada para una nueva reunión en abril próximo en Moscú, una oportunidad en la cual Kirchner puede creer que le ganó otro tranco a Lula da Silva: Putin, como presidente pro témpore del grupo G-8, que reúne a las potencias más ricas del planeta, lo invitó a participar al santacruceño a la reunión que se hará en su país.
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Ese pedido de reconocimiento, que la Argentina le ha hecho a China con cláusulas secretas y en un marco de polémica, lo impuso Putin como eje de la charla que mantuvo con Néstor Kirchner y sus ministros Rafael Bielsa, Julio De Vido, la senadora Cristina de Kirchner y un grupo de diplomáticos, entre ellos el subsecretario de Política Exterior Roberto García Moritán. Kirchner dijo que ese pedido tendría dificultades, porque según los productores argentinos,Rusia subsidia productos, específicamente el acero.
«¡Rusia no subsidia a nadie!», estalló Putin, que hizo esperar a Kirchner durante más de una hora a que comenzase la reunión, que tuvo lugar a las 12 en el Waldorf Astoria Hotel, el más vigilado ayer de la Gran Manzana. Bielsa abrió una carpeta y leyó: «La información que tenemos es otra: a lo mejor hay que conversarlo un poco, pero nos dicen que hay un subsidio al acero que distorsiona los precios internacionales... No es palabra sacrosanta, pero estudiémoslo...».
Putin explicó que no se trata de subsidios sino de retenciones a la exportación de acero, que como no van al Tesoro (como ocurre en la Argentina) sino a fomentar la propia actividad se las ha denunciado como subsidios. Es un subsidio, dijeron las miradas del otro lado de la mesa. ¿Qué hacemos? Mandemos una misión. Y ahí parte Alfredo Chiaradia -el secretario de Relaciones Comerciales Internacionales de la Cancilleríarumbo a Moscú el mes que viene a revisar esa situación.
El dato lo tenía Kirchner desde el viaje que hizo este año Daniel Scioli a ese país y figura en todas las minutas sobre inquietudes de los rusos hacia la Argentina. Putin abrió su carpetita y leyó: petróleo, energía hidroeléctrica, acero. «Vender no tanto, lo que queremos, dijo Putin, es invertir. Necesito sacar dinero de las reservas de Rusia a inversiones fuera del país para evitar el recalentamiento. Kirchner agregó una palabra: «turismo». «¿Turismo? ¿Qué turismo?», preguntó Putin, ex jerarca de la KGB, servicio para el cual el turismo no es sólo aire y sol. « Turismo... -explica Kirchner-. Los chinos reconocieron a la Argentina el status de nación elegida como destino turístico.» Putin lo mira y amaga una sonrisa -algo difícil en este adusto personaje-, coloca los índices al costado de los ojos, los estira y le dice: «Se les va a llenar el país de gente así». En la Argentina le hubiera valido una denuncia de Monner Sans por discriminación.
Como todos los finales, a los sombrerazos, pero el imperial Putin no da puntada sin nudo y no olvida agravios, como aquel esquinazo en el aeropuerto de Praga, adonde Kirchner prefirió una siesta a recibirlo; se tomó de nuevo venganza. «Bueno, presidente -le sonríe Kirchner-, espero que nos venga a visitar a la Argentina». Putin: «No, primero viaje usted. Después voy yo». Kirchner sonríe, pero Putin redobla: «Se lo digo en serio, pongamos fecha ya mismo. ¿Para cuándo quiere ir? Lo invito a la reunión del G8 que se hace en mi país, es en abril». Kirchner se rinde: «A ver, Rafa -el canciller-, ¿qué fecha tenemos? ¿Abril? Que sea abril, trabajemos sobre abril y nos vemos en Moscú».
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