26 de diciembre 2003 - 00:00

Kirchner vs. Duhalde, más en el conurbano

Kirchner vs. Duhalde, más en el conurbano
Néstor Kirchner puso el ojo en lo que sucederá en los próximos días en Lomas de Zamora, el «calafate» de su problemático aliado Eduardo Duhalde. Allí Jorge Rossi, el intendente del PJ, se dispone a expulsar a unos 2.500 empleados municipales que, si bien figuran en la nómina de personal, se desempeñarían como punteros en el distrito, a las órdenes de su adversario interno Osvaldo Mércuri. El movimiento seguramente interesa al Presidente porque, gracias al odio entre Rossi y Mércuri, se correrá el velo sobre un aspecto relevante del denominado «aparato duhaldista»: la contratación por parte del Estado,a nivel de las comunas, de ejércitos de «ñoquis» que operan como nexo entre los caudillos locales y la base electoral, repartiendo planes asistenciales y movilizando a los afiliados para las internas.

Es razonable que Kirchner conozca lo que se trama en el despacho del intendente de Lomas. Rossi fue el interventor duhaldista en Lotería Nacional, sede en la que trabó estrecho contacto con quien acaso sea el hombre con mayor penetración en la intimidad del Presidente, el empresario Cristóbal López, conocido en el ambiente del juego como «San Mateo». Ligado a Duhalde por lazos más sólidos que los familiares, Rossi heredó la comuna con un déficit de $ 134 millones, agujero negro demasiado peligroso para un presupuesto de no más de $ 80 millones. El alcalde podrá decir, entonces, que está obligado a ese ajuste de personal por el desequilibrio de caja, aunque lo que verdaderamente lo inspira es su pelea con Mércuri: el actual presidente de la Cámara de Diputados de la provincia disputó el sillón de Rossi a través de su señora, pelea que llegó a los tribunales con denuncias de fraude, todo delante de las narices de Duhalde.

• Embestida

El punto que se soltó a la trama política del conurbano en Lomas de Zamora tiene especial importancia para la Casa Rosada, empeñada en reducir la capacidad de movilización del duhaldismo despersonalizando la política social que llevaron adelante los Duhalde, gracias a su legión de punteros y manzaneras. Es posible que Kirchner agregue a la racionalización de los planes sociales una embestida en favor del equilibrio de las cuentas públicas municipales, sobre todo en lo referido a política de personal. Es parte de una guerra sorda, que tarda en declararse abiertamente, y que registró algunas batallas secretas en los últimos días.

En efecto, durante el congreso del PJ bonaerense que se celebró el fin de semana pasado, el kirchnerismo también le apuntó al quejoso intendente de La Matanza, Alberto Balestrini. Este alcalde y Enrique Slezak, de Berisso, son los únicos dos subordinados políticos que consiguió Felipe Solá en el Gran Buenos Aires. Esto garantiza que los Duhalde los consideren enemigos y, por carácter transitivo, atraería la protección de Kirchner. Pero no existen las matemáticas en el conurbano y Ballestrini consiguió ser el blanco móvil de Kirchner y Duhalde al mismo tiempo. En el caso del Presidente, eligió como verdugo a José María Díaz Bancalari.

El presidente del bloque de diputados se ha transformado en uno de los comisarios políticos más obsequiosos de sus jefes patagónicos.

Díaz Bancalari demuestra esta propensión a la obsecuencia en la jefatura de la bancada y le dieron la oportunidad de exhibirla en otro campo, el del congreso provincial de su partido. Allí Balestrini se postuló como integrante de la Junta Electoral, posición clave si se tiene en cuenta que el PJ bonaerense se ha convertido con el tiempo en una maquinaria de administración de votos. Pero Díaz Bancalari había traído un mensaje claro de sus jefes: Balestrini debe ser castigado por haber desafiado a los Kirchner (Néstor, pero sobre todo Alicia) cuando se quejó de los recortes que les impusieron a los planes Jefas y Jefes de Hogar que se reparten en La Matanza (nada menos que 100.000 del millón setecientos mil que se distribuye en toda la provincia). Resultado: Balestrini, a pesar de ser el principal intendente de la provincia medido en términos demográficos, debió asistir al ascenso de

Jorge Villaverde para el cargo que había pretendido. Enojado, el «felipista» quiso retirarse con los suyos de la asamblea pero no pudo hacerlo: Díaz Bancalari se mofó de él pidiéndole en público que sea respetuoso de la democracia interna.

La minuciosidad con que Kirchner atiende a los movimientos del conurbano tiene preocupado a Duhalde. No habrá señal alguna de ese disgusto por parte del ex senador y presidente. Salvo algunos gestos que sólo sus íntimos saben entender. Por ejemplo: en el viaje que realizaron juntos a Montevideo, mandó a retirar su ropa del Tango 01 y decidió volver por sus propios medios con tal de no compartir con el Presidente el viaje de vuelta. Todo con la excusa de que el cargo de funcionario del Mercosur lo demoraba en Carrasco con algunas obligaciones impostergables. Un pretexto que resaltó más su decisión de bajarse del vuelo.

Kirchner también presta atención a los detalles y ya aparecieron los que, astutos, están interesados en agitarle los fantasmas. ¿Quiénes iban a ser sino los «gordos» de la CGT? En la reunión que mantuvieron con Julio De Vido, el martes de la semana pasada, Rodolfo Daer y los suyos denunciaron una conspiración inquietante. Le dijeron al ministro que el gobierno no podía estar ajeno a un complot del que forman parte Duhalde, Hugo Moyano y Luis Barrionuevo. Cualquiera sabe que la mejor forma de entrar sin demoras al despacho de Kirchner es llevando algún indicio sobre conspiraciones y amenazas. Por eso el dato voló hasta la mesa del Presidente, llevado por el titular de Infraestructura. Los «gordos», felices: consiguieron que el gobierno sospeche más abiertamente de la ventaja de la unificación de la CGT con Moyano a la cabeza, proceso que si se concreta los expulsará a ellos de la escena. Con gracia literaria definió el caso el padrino de Daer, Carlos West Ocampo, delante de los capitostes sindicales que pretenden reemplazar a Daer por Moyano: «¿Vieron? Nos daban por muertos. Pero cuando nos estaban por echar encima la última palada de tierra, de nuestra panza creció una flor y en la flor apareció un naipe. Ese naipe es éste: somos los nuevos aliados del Presidente». Casi un budista zen este sindicalista apoltronado.

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