Carlos Ruckauf entra hoy en zona de riesgo: lo esperan con las fauces amenazantes un grupo de senadores nacionales que quieren les explique si es cierto que él fue uno de los dos funcionarios que les atribuyó haber pedido a algunos banqueros una recompensa a cambio de no votar la polémica ley Zanola-Barrionuevo. Esta norma, que tiene media sanción de los senadores, prevé la creación de un fondo de asistencia a empleados bancarios que pierdan su trabajo en el proceso de achicamiento del sistema bancario. El proyecto está considerado como el más retrógrado por la comunidad financiera y de negocios porque ese fondo se alimentaría con un impuesto al monto que cobran los bancos por las imposiciones bancarias.
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Por esa razón el Fondo Monetario Internacional puso esa iniciativa como un ejemplo de las «locuras» de los políticos argentinos (en palabras de Thomas Dawson) que impiden un acuerdo con la Argentina.
El otro ejemplo de las extravagancias de los políticos argentinos que aluden los organismos internacionales como causa de la falta de acuerdo con la Argentina es la llamada ley Alfonsín, otro proyecto también con media sanción del Senado que intenta responsabilizar a las casas matrices en el extranjero con sucursal en la Argentina de garantizar los depósitos que reciben del público. Ruckauf, creen los senadores que lo invitaron hoy a las 17 a la comisión de Asuntos Constitucionales, les debe una explicación porque le atribuyen ser, junto al vicejefe de Gabinete Eduardo Amadeo, ser el presunto divulgador de las versiones de presuntos sobornos a cambio de esta ley.
Los senadores se indignaron al enterarse de que el gobierno respondió a las críticas de banqueros, embajadores y organismos internacionales sobre el proyecto Zanola-Barrionuevo con este argumento: es cierto que el Presidente es peronista y que el Senado lo domina el partido del Presidente; es cierto que ese proyecto es malo y se votó sin saberlo Duhalde. Pero eso no ocurre -dice la leyenda que le atribuyen divulgar a Amadeo y al Canciller-porque el Presidente no tenga el control de sus legisladores. Ocurre porque hay deseos en ellos que nadie puede controlar.
Anoche Ruckauf estaba ansioso por testear a través de varios emisarios el ánimo de los senadores que lo recibirán hoy. Sabe que lo castigará mucho la presidente de la comisión, Cristina de Kirchner, especialista en pegarle al caído, y el canciller está hoy muy caído. No estará presente su principal contradictor en la cámara Eduardo Menem, que se excusó por un viaje a Ginebra.
•Ascensos
La visita al Senado -está invitado, no citado a interpelación-tiene otras aristas riesgosas. La comisión de Acuerdos de la cámara tiene que cerrar esta noche el despacho con los nuevos ascensos de los diplomáticos. Estos movimientos están congelados en la cámara desde el gobierno de Carlos Menem porque ni el último Guido Di Tella (en realidad Andrés Cisneros) ni Adalberto Rodríguez Giavarini (canciller de Fernando de la Rúa) lograron un acuerdo con la cámara para esas promociones.
Esta vez la comisión de calificaciones elevó un gran número de ascensos que el canciller modificó -pese a que lo autoriza la ley de servicio exterior-para irritación de un sector de la diplomacia que hoy hará oír su voz en el Senado. Ruckauf no cree que eso alcance a derribar los ascensos ya que son más los beneficiados que los perjudicados, pero la renuncia de Gregorio Dupont a la embajada de Israel o la queja de Enrique Pareja porque lo desplazan de Portugal para darle lugar al castigado vicecanciller Jorge Faurie preocupan al canciller.
Forzó esos ascensos de 90 diplomáticos (11 embajadores, 24 ministros de primera, 55 ministros de segunda) creyendo complacer los demonios interiores de la «casa» y convertirse en un defensor de sus intereses gremiales. No lo logró pese a que argumenta que acató el consejo de la comisión de calificaciones en casi 75 por ciento de los casos propuestos.
Fatigado por la mala suerte, el canciller teme además que hoy lo esperen con ánimo caldeado algunos vecinos con experiencia en escraches legislativos. Son los activistas que le quieren recordar que está citado a declarar por un juez de París en la causa por la desaparición de un ciudadano francés. No es que tema a esta citación; pero le horroriza el escenario violento del insulto en público y las repercusiones en la prensa. Está dispuesto a decir en esa causa -en la que declarará por escrito-que no está arrepentido de haber firmado el decreto del gobierno de Isabel Martínez de Perón que ordenó a las Fuerzas Armadas la aniquilación de las organizaciones guerrilleras en 1975.
Lo que lamenta es que ese recuerdo no lo abandone y se le sume a las razones que ven algunos exaltados que cada vez que lo interceptan en un aeropuerto o, como hoy ingresando al Senado, lo victiman con befas y huevazos.
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