7 de diciembre 2001 - 00:00

Piden a gremios que bajen paro, y respondieron con incidentes

"¡Entreguense, están rodeados!", escuchó Chrystian Colombo cuando entraron riendo a su despacho Rodolfo Daer y Carlos West Ocampo. Convocados por el jefe de Gabinete de Ministros, los jefes sindicales concurrieron dispuestos a escuchar, mientras a escasos metros, en la City porteña, huevos y pedradas de los seguidores del rebelde camionero Hugo Moyano se estrellaban contra los frentes de los bancos.

El problema del gobierno con el sindicalismo oficial es el paro del jueves próximo. «Para mí el paro es un pedo al viento», afirmó Colombo, para rematar: «Pero en este momento es clave por la imagen del gobierno hacia el exterior». Para los dos experimentados dirigentes gremiales se trató de un acercamiento, del inicio del diálogo, «de un gobierno que está contra las cuerdas».

Por esto los «gordos» le plantearon a Colombo, a su juicio, dos puntos clave que podrían decidir el levantamiento del paro, en un lenguaje simple y llano, «tratando de encontrarle alguna racionalidad» -apuntaron-, a las medidas del gobierno: 1 - Sacar del medio del conflicto el salario. «Debe ser de libre disponibilidad; si yo quiero trabajar un mes para luego jugármelo a las carreras o al póquer, es un problema mío y nadie está autorizado a disponer de él por mí», planteó uno de ellos. Y el otro acotó: «El salario no forma parte de ninguna especulación política», aludiendo al tope de retiros de $ 1.000 mensuales dispuesto como una irritante concesión por Cavallo. Colombo escuchaba, sin trasuntar qué pensaba, mientras sorbía de una copa de agua mineral.

El segundo punto sobre el tapete de la Jefatura de Gabinete fue «volver a las asignaciones familiares, como era antes de que la Bullrich decidiera bajarlas o anularlas». Le explicaron a Colombo que esto estaba exacerbando los propios frentes internos.

• Aprontes

Hubo dos momentos en que los tres parecieron hermanarse en sus aprontes. El primero fue cuando se escuchó, casi cortando el aire, esta reflexión: «Incluso se podrían llegar a congelar los depósitos por 90 o 120 días, pero meterse con los sueldos es tocarle el que te dije al que trabaja». El otro, cuando alguien dijo que «la situación es muy difícil porque Cavallo está desaforado y no hay quién lo pare». Se parecía coincidir en que el diálogo por rectificaciones, con Cavallo de por medio y con el diario respaldo político de Fernando de la Rúa, resultaría casi de imposible hechura.

Cuando Daer y West Ocampo terminaron de hacer sus reflexiones, Colombo se tiró hacia atrás en el amplio sillón, miró hacia el techo y les respondió: «Voy a consultar y los llamo; mantengamos las líneas abiertas». Los jefes sindicales comprendieron en un fogonazo que, en cuanto a la revisión de las medidas económicas, quien tiene la vara más larga en el gobierno es Cavallo. Un ministro a quien «es difícil bajar del caballo», aunque el interlocutor sea Colombo, pensó en voz alta Daer. El plazo de la respuesta del gobierno a las inquietudes sindicales tiene fecha: debe ser antes del jueves que viene. De lo contrario, el paro no es posible abortarlo.

Al salir del despacho del jefe de Gabinete, vieron que los antecedía en el Salón de los Bustos, sobre la explanada de Rivadavia, el gobernador de Córdoba,
el «Gallego» José Manuel de la Sota. Antes había estado el santafesino Carlos Alberto Reutemann. Todos preocupados por el giro que toma la crisis política y económica. Antes de desaparecer en el cemento porteño, hubo algunas reflexiones. «De la Rúa tiene que sacarlo, porque si no la ola va a terminar por llevárselo al Presidente», se escuchó. La respuesta no se hizo esperar: «La ida de De la Rúa cuesta mucho; en cambio Cavallo, hoy por hoy, no vale nada».

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