8 de octubre 2002 - 00:00

Qué tendría que hacer una izquierda moderna

El politólogo francés Alain Touraine desarrolló en un interesante ensayo periodístico cuáles son las condiciones para que una izquierda, al menos en su país, pueda subsistir a los cambios políticos que se producen en todo el mundo. Argumenta que los servicios públicos no deben ser endiosados como empresas, ante la necesidad de la competitividad económica del Estado y ante los límites del Estado en la intervención financiera. Veamos los argumentos de Touraine publicados en el vespertino francés "Le Monde" y que tradujo el diario "Clarín".

¿Los partidos y las doctrinas políticas siguen representando los intereses, opiniones y valores de determinadas categorías sociales? Y si es así,
¿de cuáles? Venimos de un largo período de socialdemocracia que se basaba en el voto de una clase obrera que exigía mejores condiciones de trabajo, seguridad y justicia. ¿Cómo se definen la derecha y la izquierda en la actualidad? ¿Qué pasiones, qué intereses, qué discursos representan?

Los acalorados debates actuales oponen a los que defienden los derechos culturales y, por lo tanto, el derecho a participar en la vida económica globalizada, pero protegiendo y destacando las diferencias, y a aquéllos que adoptan una fachada de universalismo que aprueba de hecho la destrucción de la diversidad cultural a manos de la cultura de masas y del peso de una represión consolidada. No se puede concebir una izquierda que no defienda los derechos culturales, la riqueza de las comunicaciones interculturales y el respeto por la alteridad.

Eso es algo que la izquierda francesa suele no entender. En nombre de grandes principios republicanos, con frecuencia se aferra a ideas que suprimen o colocan en un plano inferior a aquellos a quienes se invita a abandonar su cultura de origen, su singularidad o sus proyectos para admitírselos en la categoría de ciudadanos.

Mientras la izquierda no tome la decisión de impulsar las comunicaciones interculturales, seguirá reforzando la desigualdad que afecta a la mayor parte de las minorías.

•Definición

En Francia, parece incluso que la definición práctica más exacta de la izquierda fuera la defensa de los servicios públicos. El hecho de que haya organismos o empresas que aseguran la provisión de servicios públicos no rentables justifica que se los subvencione para llevar a cabo dichas actividades. Sin embargo, no hay ningún motivo para considerar que el conjunto de las empresas públicas, en particular cuando pertenecen al sector competitivo, constituyan un universo aparte y tengan derecho a una protección especial.

Por otra parte, es sólo en el sector público donde existe en Francia un sindicalismo relativamente fuerte. Eso deriva en que la presión sindical se ejerce sobre todo para favorecer a capas medias. Claro que no se trata de privilegiados, pero están cada vez más lejos del mundo de los pobres en una sociedad donde aumentó la exclusión y las desigualdades sociales crecieron.

El segundo principio que justifica la intervención estatal es que la misma debe relacionarse lo más posible con una intervención económica. Una larga tradición hace que estemos habituados a contraponerlas, de modo tal que la rentabilidad o la competitividad parecen contradecir el espíritu del sector público.

El tercer principio es que el Estado no debe administrar de forma directa la intervención financiera estatal, el gasto público, más que en aquellos casos en los que no hay otra solución posible.

Mientras no se respeten los tres principios que acabamos de enunciar, la izquierda seguirá debilitándose, asfixiada por un discurso sobre el Estado que, paradójicamente, termina por hacerlo responsable de todos los problemas de la economía y la sociedad.

•Interdependencia

Hace mucho que a la izquierda le resulta difícil elaborar una posición fuerte para oponer a los defensores del sistema económico. Sin embargo, ahora sabemos que los objetivos económicos no pueden cumplirse sin intervenciones sociales y políticas. Mejor aún, aprendimos a definir el desarrollo según el nivel de influencia que la población ejerce sobre su situación y, de manera más práctica, según la igualdad de acceso a la salud, la educación y la toma de decisiones.

Más importante aún a los efectos de una acción de izquierda es el rechazo de la fórmula que tuvo tanto éxito en los años noventa -no se puede hacer nada-y derivó en el peligroso slogan de que la izquierda y la derecha se habían fusionado en un «pensamiento único». ¿Acaso la fuente de inspiración más profunda de la izquierda no es creer en la capacidad de acción de los dominados y de los pueblos en general, en su capacidad de derribar los sistemas de dominación?

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