San Vicente: 5 razones del costo para Kirchner

Política

Una interpretación convencional, la del gobierno, indicará en estas horas que los incidentes de San Vicente están destinados a fortalecer la operación por la cual Néstor Kirchner intentó desde que llegó al gobierno reemplazar al peronismo tradicional por otro esquema de poder. Como suele suceder con cualquier lectura simplificada, también ésta constituye una tergiversación, un intento tosco por ocultar el costo que tiene para Néstor Kirchner la cadena de disparates cometidos ayer por dirigentes encumbrados de su propia fuerza política.

La versión oficialista de los hechos pretende, aun con bastante torpeza, que sea el PJ tradicional -de ser posible, el duhaldismo que postula a Roberto Lavagna-, el culpable por los tiros y las pedradas que se prodigaron las bandas transportadas a la quinta del conurbano. En esa manipulación de los hechos hay un fondo de verdad. Desde el primer día, hace más de dos años, la idea de constituir un mausoleo para trasladar allí los restos de Perón y Evita fue un gesto cifrado de resistencia al liderazgo de Kirchner. Y ayer por la mañana, en el homenaje inicial en la sede de la CGT, el mensaje político que se pretendió emitir corrió por cuenta de José Manuel de la Sota, cuando le dijo al organizador Gerónimo Venegas: «Tenemos que buscar la normalización del PJ y para eso deben cooperar las 62 Organizaciones; no es algo que se le deba pedir a Kirchner. Es algo que debemos hacer nosotros porque Kirchner está en Frente para la Victoria, no en el peronismo».

El planteo del cordobés -a quien el gobierno nacional quiere desplazar de la urdimbre electoral que se teje para el año próximo- fue escuchado por Eduardo Duhalde, Jorge Busti, Ramón Puerta y la cúpula completa del sindicalismo ortodoxo, que congregó ayer a Hugo Moyano con sus adversarios internos, Armando Cavalieri y Carlos West Ocampo. En otras palabras: la exhumación del cadáver de Perón fue una coartada para hacerle notar a Kirchner que no todos los dirigentes del PJ están dispuestos a despolitizarse en homenaje a la «concertación» que, como explicó la senadora Cristina Fernández en una universidad neoyorquina, es el nuevo nombre de la «transversalidad».

Esto fue lo esencial, la emoción por el recuerdo del General y el homenaje a sus restos sucedió en otro lado con otra gente: apenas un responso en el garaje de la central obrera, por un cura anciano que se declaró amigo del ex presidente desde los años 40 y al que asistieron apenas Osvaldo Agosto, Graciela Camaño, el cómico Dadi Brieva, Aldo Carreras y Julio Piumato.

  • Descrédito

    Dentro de esta dinámica, los balazos y los golpes de palo de la siesta, en San Vicente, podrían servir para desacreditar de modo dramático a quienes, mientras sostenían la manija del catafalco de Perón, imaginaron un peronismo resistente a las manipulaciones de la Casa Rosada. Esta visión, que se alentó ayer desde el centro del poder, estaba destinada a morir antes de llegar a la noche, víctima de su superficialidad.

    La primera deficiencia de esa interpretación la aportó Kirchner cuando decidió concurrir al acto de San Vicente con tal de huir de otro error, el decidido apoyo a la candidatura de Carlos Rovira en su campaña misionera. Pernicioso también para Rovira, ese aval contaminó al gobierno nacional con una agenda pésima para transitar por los sectores medios de los grandes centros urbanos: la pretensión de una permanencia indefinida en el poder. Por huir de la reelección permanente y del enfrentamiento con el obispo Piña, el Presidente quedó asociado a la violencia de la quinta de Perón.

    El segundo factor por el cual la Casa Rosada se contagió ayer con la barbarie suburbana es evidente: quienes organizaron el traslado del féretro son sus socios, los jerarcas actuales del movimiento obrero. ¿Cómo despegar a Kirchner de Hugo Moyano, a quien el oficialismo confía buena parte de su política de precios? ¿O el taxista Omar Viviani, mano derecha del camionero, no hizo un negocio hasta con la televisación del acto que encabezaría el Presidente? A tal punto llega el compromiso del gobierno con esos organizadores que el Presidente tuvo poder de veto sobre la lista de invitados, como publicó ayer este diario en su Tapa.

    La tercera razón por la cual al gobierno le costará desentenderse del enorme costo político de las escenas de ayer tiene que ver con la falta de política de seguridad de la actual administración cuando se trata de manifestaciones callejeras. El temor de Kirchner a que la Policía reprima es más viejo que su presidencia. Ya en Santa Cruz prefería armar a presuntos «guardianes de la democracia» para enfrentar a los caceroleros antes de ver en el diario a un hombre de azul dando los mismos cachiporrazos sobre un manifestante. Este recelo se reitera ahora, agigantado por un motivo razonable: las fuerzas de seguridad fueron tan hostigadas desde el discurimpartido oficial que ahora Kirchner teme que provocar un muerto sea para ellas un objetivo y no un accidente. La prescindencia policial ayer, en San Vicente, fue la misma que se verificó en 2004 en la Legislatura porteña, en 2005 en los cortes de rutas de Entre Ríos y hace una semana en el Hospital Francés, donde se prefirió confiar el orden a los barras bravas de Chacarita y del PJ Capital.

    Este último episodio agrega un cuarto motivo para que todo el espacio oficial quede ligado a la violencia. «La Tuta» Muhamad ahora es reemplazado por «Madonna» Quirós en la misma pantalla del televisor. ¿Cómo explicar a la audiencia que sólo el primero se sacaba fotos con Kirchner? Sin ir a un rasgo que el santacruceño debería revisar de inmediato: su carácter agresivo y la prepotencia de buena parte de su entorno son un imán para que la administración quede identificada con cualquier género de conflicto, aunque no sea propio en sentido estricto. Los gobiernos, aquí y en cualquier parte, terminan pagando -a veces sin justicia- por la atmósfera que crean.
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