Sin mesura y con ira no se recuerda bien
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Néstor Kirchner en su discurso en el Colegio Militar donde dijo a los militares presentes "como presidente de la Nación no tengo miedo ni les tengo miedo". A su lado Roberto Bendini. (arriba) El general retirado Miguel Giuliano al hablar en plaza San Martín. (izquierda) Concurrentes al acto de recordación de víctimas de la subversión mostraban y repartían fotos de directivos de "Clarín" brindando con champagne con el ex dictador Jorge Videla en 1978. (derecha)
Cuando ese mismo general mencionó ante Grondona TV la necesidad de recordar las víctimas de la subversión porque «sin el cuerpo no hay delito» ya se lo vio totalmente desubicado. En primer lugar si faltan «cuerpos» son del otro lado y, además, son notorias las víctimas de la subversión de los '70 como el presidente de Fiat, Oberdan Sallustro, y se detuvo a sus asesinos; del ex presidente Pedro Aramburu también identificados los asesinos; del político radical Arturo Mor Roig; de los sindicalistas Augusto Vandor, José Alonso, Rogelio Coria, Oscar Smith, José Rucci, Dirk Klooterman, Miguel Padilla; de la hija del capitán Humberto Viola, la sufrida muerte del mayor Julio Larrabure, el empresario Francisco Soldatti y más.
Que el actual gobierno se niegue a reconocer y tener memoria de las víctimas del terrorismo de izquierda de los '70 no puede llevar al absurdo contrario, necesidad de probar que existieron.
En el mismo programa, Karina Mujica, a quien no se le conocen parientes víctimas de la subversión, no reconoció que hubo apropiación de hijos de guerrilleros abatidos o desaparecidos y citó como ejemplo un reciente caso fallido en Mar del Plata. Con lógica obvia los periodistas Alejandro Rozitchner y Luis Novaresio le recordaron frente a cámaras que los 89 nietos restituidos por la institución Abuelas de Plaza de Mayo, conducida por Estela de Carlotto, son prueba irrefutable.
Luego otra joven, Ana Luccioni, demostró en el mismo programa que entre quienes buscan recordar a las víctimas de la guerrilla injustamente olvidadas ahora puede haber moderados, no enceguecidos por la ira antigobierno ni el revanchismo.
Esta joven señora (hermana de uno de los 5 oficiales en actividad sancionados por haber ido al acto del 24 de mayo en plaza San Martín con uniforme) centró, como corresponde, la discusión en su innegable derecho a recordar sus muertos, lo que llaman «memoria completa», nombre adecuado a una causa noble porque implica reconocer también las víctimas de la guerrilla. Esta joven dijo que cuando tenía un año su padre fue acribillado con 7 balazos por la espalda simplemente por llevar uniforme militar sin participar en ningún hecho. Más que justificó así que su hermano fuera a la «plaza chica» porque, en definitiva, era una recordación a su propio progenitor asesinado. Más mesurada se apreció a esta joven cuando prometió ir a pedir disculpas al periodista de «América» agredido en plaza San Martín.
Es comprensible la indignación de quienes son descendientes de asesinados por la guerrilla cuando ven tanta parcialidad, tanto revanchismo en estos días, tan poca equidistancia del Presidente. No es fácil pedirles tranquilidad cuando leen que un diario canalla como «Clarín» -que alabó, se fotografió y usó para negocios a aquellos militares- ahora titula que su acto de dolor por sus caídos no olvidados fue «reivindicación del terrorismo de Estado», palabras que repitió en el Colegio Militar el propio Presidente y no se sabe quién dictó a quién. No sólo «Clarín», el parcialismo del oficialista «Página/12» inventó que en el acto del 24 alguien ignoto dijo que quería ponerle una bomba al primer mandatario y ningún otro periodista escuchó esa amenaza. En el mismo acto del Colegio Militar se publicó una versión totalmente falsa -la difundió el comisario político del gobierno, Carlos Kunkel- sobre oficiales que dieron la espalda en el palco y en la formación al Presidente y no fue así. La espalda la dieron miembros de organismos defensores de la subversión de hace 30 años a legisladores en el Congreso Nacional que usaban su derecho a exponer sus ideas cuando se trató el diploma del electo Luis Patti.
Ver a las Fuerzas Armadas del país -ya depuradas, no olvidar- en manos del rencor de la ministra de Defensa, Nilda Garré, y sometidas y vejadas por ex subversivos con manos ensangrentadas con muertes de civiles inocentes, como Horacio Verbitsky, no es fácil de digerir para nadie, menos si es un deudo. El presidente Néstor Kirchner no puede andar enfrentando a mujeres de las familias de militares como Cecilia Pando con siete hijos sin poder acusarla hasta ahora, más que de expresar ideas propias sobre un capellán en una carta de lectores a un diario y, desde el lunes, de proferir palabras gruesas en el Colegio Militar contra la investidura presidencial. Kirchner puede perder imagen aceleradamente en la sociedad civil con este tipo de puja y perderla en las mismas Fuerzas Armadas que tendría que terminar disolviendo de seguir este camino de provocación y sanciones. La gente distingue entre Garré y Verbitsky y, enfrente Pando, y la diputada María del Carmen Alarcón, por caso. El reparto de dinero y subsidios adormece pero no extingue la moral. Si se fomentan héroes adversarios -mala estrategia política siempre- se crea molestia hasta en la propia tropa de borocotizados que acompañan al gobierno pero que saben -y la sociedad sabe- que resignaron ideas y trayectorias en pos de permanecer en el poder, mientras gente joven sacrifica carreras e ingresos por recordar seres queridos.
Ver llorar desde el Estado las muertes setentistas con un solo ojo, el izquierdo, como se dice, sin mención nunca de las otras víctimas no puede hacer perder la mesura a quienes hoy son discriminados en su dolor. La ira no puede llevar a ponerse al lado de la injusticia y el rencor en que caen quienes tienen hoy el poder. No podemos crear un país donde sucesivamente el que gana dispone qué muertes son «injustas» y cuáles olvidables.
Se debe recordar completo, para no reiterarlo jamás, el episodio de 1974 protagonizado por María Cristina de 3 años, hija del capitán Humberto Viola. El padre fue acribillado a tiros por la espalda y la niña asesinada de varios balazos en la cabeza en el auto en que sus progenitores llevaban a sus hijos a almorzar a la casa de los abuelos. También hirieron de un balazo en la cabeza a otra hija, María Fernanda, y sólo salió ilesa la esposa, embarazada de 3 meses (luego nacería Luciana huérfana de padre), que había bajado a abrir la puerta de un garage. La más pequeña murió en el acto y la otra debió ser sometida a 8 operaciones durante años para que viviera con una disminución visual parcial. Sucedió en Tucumán el 1 de diciembre de 1974 con la familia de un joven capitán de un Ejército que no había iniciado ninguna represión sangrienta y actuaba con normalidad a las órdenes de un gobierno constitucional cuando la subversión pasó a la clandestinidad, tras haber sido echada de la Plaza de Mayo por el general Juan Perón en un discurso. Un hecho horrendo sin represión ilegal aunque se mataba así, con alevosía, para forzarla. La viuda del capitán Viola -que vive- y sus hijas sobrevivientes ¿no pueden participar en un acto de recordación a su padre?
Sin duda pueden. Deben hacerlo. Debe recordarse ese dramático hecho pero también que un año después, en esa misma esquina de Ayacucho y San Lorenzo, apareció un auto de noche que es incendiado. Dentro de él aparecieron 6 cadáveres incinerados de quienes, se presume, eran guerrilleros o quizá fueron confundidos con ellos o tal vez alguno no lo fuera, en un acto también de barbarie extrema porque mueren por la fuerza bruta y sin juzgamiento.
Con víctimas de ambos lados se escribe la historia de aquellos trágicos años. Está mal que se quiera recordar sólo uno con el apoyo hoy del Estado. Pero luchar contra la mutilación de la memoria, desde el bando menospreciado, requiere constancia, meditación y equilibrio para no caer en la obcecación de querer ponerse a la par de los que insisten en negar la realidad.




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