31 de mayo 2006 - 00:00

Sin mesura y con ira no se recuerda bien

Néstor Kirchner en su discurso en el Colegio Militar donde dijo a los militares presentes como presidente de la Nación no tengo miedo ni les tengo miedo. A su lado Roberto Bendini. (arriba) El general retirado Miguel Giuliano al hablar en plaza San Martín. (izquierda) Concurrentes al acto de recordación de víctimas de la subversión mostraban y repartían fotos de directivos de Clarín brindando con champagne con el ex dictador Jorge Videla en 1978. (derecha)
Néstor Kirchner en su discurso en el Colegio Militar donde dijo a los militares presentes "como presidente de la Nación no tengo miedo ni les tengo miedo". A su lado Roberto Bendini. (arriba) El general retirado Miguel Giuliano al hablar en plaza San Martín. (izquierda) Concurrentes al acto de recordación de víctimas de la subversión mostraban y repartían fotos de directivos de "Clarín" brindando con champagne con el ex dictador Jorge Videla en 1978. (derecha)
Merma adhesión a quienes ejercen el legítimo derecho a recordar a las víctimas de la subversión de los años '70 que muchos de ellos -o sea que hay excepciones- no reconozcan que la represión desde el Estado en esa época, ejecutada principalmente por las Fuerzas Armadas, fue con excesos, sin ley y con la aberración de apropiarse de hijos de quienes vencían. En esa posición se extremizan y quedan a la par de los familiares de los subversivos que tampoco quieren reconocer que la mayoría de sus recordados fueron guerrilleros organizados para matar y apropiarse anticonstitucionalmente del poder político en la Argentina y que, de hacerlo, hubieran llevado a centuplicar las víctimas más la pérdida de la libertad y la democracia.

Que estos últimos y el gobierno actual quieran sostener que el enfrentamiento de los '70 fue sólo el accionar de un único demonio masacrando jóvenes inocentes no resiste ninguna objetividad histórica. Y esa visión no cerrará nunca las heridas abiertas.

Los de las víctimas de la subversión se enervan por el parcialismo actual, porque a sus muertos no se les reconozca también el derecho a la memoria ni se acepte que fue lo que ellos llaman una «guerra civil». No fue tal por cantidad de víctimas -en cifras reales- pero fundamentalmente no llegó a «guerra civil» porque quienes se enfrentaron resultaron -antes y ahora- mínimos ante el grueso de una sociedad ajena y asombrada por tanto ensañamiento de ambos lados.

Entre muchas manifestaciones de encono de unos y otros en estos días resaltó un programa televisivo el domingo pasado, «Hora clave» de Mariano Grondona por «Canal 9». Se vio allí más nítidamente que nunca la posición de los que quieren recordar muertos por la guerrilla hace 30 a 35 años cuando este gobierno y el mismo presidente de la Nación, que lo es de todos los argentinos, se pliegan a la memoria parcial de sentir las víctimas sólo de la represión. El general (RE) Miguel Giuliano fue una de las cabezas de quienes organizaron el audaz acto de homenaje del 24 de mayo en la plaza San Martín que incluyó jóvenes militares en actividad uniformados y unos 6.000 concurrentes. Citaba ese general actos internacionales de homenaje a las víctimas del terrorismo y mencionó por televisión, entre otros, una nutrida marcha en Madrid por las víctimas de la organización terrorista vasca ETA.

En 6 años el terrorismo en la Argentina, de 1972 a 1978, mató más que la ETA en 30 años cuando no llegó a 1.000 víctimas y aquí muchos más. Pero importa que no son recordaciones de víctimas comparables porque en España no hubo nunca represión del Estado fuera de la ley, salvo una breve actuación de paramilitares (grupo llamado GAL) en acción directa contra terroristas vascos en complicidad con algunos funcionarios del gobierno del entonces presidente Felipe González. La ley los castigó en el acto. Toda la lucha antiterrorista fue en España (y en Italia, Irlanda y otras) investigación, detención, juzgamiento y cárcel. Aquí no.

  • Desubicado

    Cuando ese mismo general mencionó ante Grondona TV la necesidad de recordar las víctimas de la subversión porque «sin el cuerpo no hay delito» ya se lo vio totalmente desubicado. En primer lugar si faltan «cuerpos» son del otro lado y, además, son notorias las víctimas de la subversión de los '70 como el presidente de Fiat, Oberdan Sallustro, y se detuvo a sus asesinos; del ex presidente Pedro Aramburu también identificados los asesinos; del político radical Arturo Mor Roig; de los sindicalistas Augusto Vandor, José Alonso, Rogelio Coria, Oscar Smith, José Rucci, Dirk Klooterman, Miguel Padilla; de la hija del capitán Humberto Viola, la sufrida muerte del mayor Julio Larrabure, el empresario Francisco Soldatti y más.

    Que el actual gobierno se niegue a reconocer y tener memoria de las víctimas del terrorismo de izquierda de los '70 no puede llevar al absurdo contrario, necesidad de probar que existieron.

    En el mismo programa, Karina Mujica, a quien no se le conocen parientes víctimas de la subversión, no reconoció que hubo apropiación de hijos de guerrilleros abatidos o desaparecidos y citó como ejemplo un reciente caso fallido en Mar del Plata. Con lógica obvia los periodistas Alejandro Rozitchner y Luis Novaresio le recordaron frente a cámaras que los 89 nietos restituidos por la institución Abuelas de Plaza de Mayo, conducida por Estela de Carlotto, son prueba irrefutable.

    Luego otra joven, Ana Luccioni, demostró en el mismo programa que entre quienes buscan recordar a las víctimas de la guerrilla injustamente olvidadas ahora puede haber moderados, no enceguecidos por la ira antigobierno ni el revanchismo.

    Esta joven señora (hermana de uno de los 5 oficiales en actividad sancionados por haber ido al acto del 24 de mayo en plaza San Martín con uniforme) centró, como corresponde, la discusión en su innegable derecho a recordar sus muertos, lo que llaman «memoria completa», nombre adecuado a una causa noble porque implica reconocer también las víctimas de la guerrilla. Esta joven dijo que cuando tenía un año su padre fue acribillado con 7 balazos por la espalda simplemente por llevar uniforme militar sin participar en ningún hecho. Más que justificó así que su hermano fuera a la «plaza chica» porque, en definitiva, era una recordación a su propio progenitor asesinado. Más mesurada se apreció a esta joven cuando prometió ir a pedir disculpas al periodista de «América» agredido en plaza San Martín.

    Es comprensible la indignación de quienes son descendientes de asesinados por la guerrilla cuando ven tanta parcialidad, tanto revanchismo en estos días, tan poca equidistancia del Presidente. No es fácil pedirles tranquilidad cuando leen que un diario canalla como «Clarín» -que alabó, se fotografió y usó para negocios a aquellos militares- ahora titula que su acto de dolor por sus caídos no olvidados fue «reivindicación del terrorismo de Estado», palabras que repitió en el Colegio Militar el propio Presidente y no se sabe quién dictó a quién. No sólo «Clarín», el parcialismo del oficialista «Página/12» inventó que en el acto del 24 alguien ignoto dijo que quería ponerle una bomba al primer mandatario y ningún otro periodista escuchó esa amenaza. En el mismo acto del Colegio Militar se publicó una versión totalmente falsa -la difundió el comisario político del gobierno, Carlos Kunkel- sobre oficiales que dieron la espalda en el palco y en la formación al Presidente y no fue así. La espalda la dieron miembros de organismos defensores de la subversión de hace 30 años a legisladores en el Congreso Nacional que usaban su derecho a exponer sus ideas cuando se trató el diploma del electo Luis Patti.

  • Difícil de digerir

    Ver a las Fuerzas Armadas del país -ya depuradas, no olvidar- en manos del rencor de la ministra de Defensa, Nilda Garré, y sometidas y vejadas por ex subversivos con manos ensangrentadas con muertes de civiles inocentes, como Horacio Verbitsky, no es fácil de digerir para nadie, menos si es un deudo. El presidente Néstor Kirchner no puede andar enfrentando a mujeres de las familias de militares como Cecilia Pando con siete hijos sin poder acusarla hasta ahora, más que de expresar ideas propias sobre un capellán en una carta de lectores a un diario y, desde el lunes, de proferir palabras gruesas en el Colegio Militar contra la investidura presidencial. Kirchner puede perder imagen aceleradamente en la sociedad civil con este tipo de puja y perderla en las mismas Fuerzas Armadas que tendría que terminar disolviendo de seguir este camino de provocación y sanciones. La gente distingue entre Garré y Verbitsky y, enfrente Pando, y la diputada María del Carmen Alarcón, por caso. El reparto de dinero y subsidios adormece pero no extingue la moral. Si se fomentan héroes adversarios -mala estrategia política siempre- se crea molestia hasta en la propia tropa de borocotizados que acompañan al gobierno pero que saben -y la sociedad sabe- que resignaron ideas y trayectorias en pos de permanecer en el poder, mientras gente joven sacrifica carreras e ingresos por recordar seres queridos.

    Ver llorar desde el Estado las muertes setentistas con un solo ojo, el izquierdo, como se dice, sin mención nunca de las otras víctimas no puede hacer perder la mesura a quienes hoy son discriminados en su dolor. La ira no puede llevar a ponerse al lado de la injusticia y el rencor en que caen quienes tienen hoy el poder. No podemos crear un país donde sucesivamente el que gana dispone qué muertes son «injustas» y cuáles olvidables.

    Se debe recordar completo, para no reiterarlo jamás, el episodio de 1974 protagonizado por María Cristina de 3 años, hija del capitán Humberto Viola. El padre fue acribillado a tiros por la espalda y la niña asesinada de varios balazos en la cabeza en el auto en que sus progenitores llevaban a sus hijos a almorzar a la casa de los abuelos. También hirieron de un balazo en la cabeza a otra hija, María Fernanda, y sólo salió ilesa la esposa, embarazada de 3 meses (luego nacería Luciana huérfana de padre), que había bajado a abrir la puerta de un garage. La más pequeña murió en el acto y la otra debió ser sometida a 8 operaciones durante años para que viviera con una disminución visual parcial. Sucedió en Tucumán el 1 de diciembre de 1974 con la familia de un joven capitán de un Ejército que no había iniciado ninguna represión sangrienta y actuaba con normalidad a las órdenes de un gobierno constitucional cuando la subversión pasó a la clandestinidad, tras haber sido echada de la Plaza de Mayo por el general Juan Perón en un discurso. Un hecho horrendo sin represión ilegal aunque se mataba así, con alevosía, para forzarla. La viuda del capitán Viola -que vive- y sus hijas sobrevivientes ¿no pueden participar en un acto de recordación a su padre?

    Sin duda pueden. Deben hacerlo. Debe recordarse ese dramático hecho pero también que un año después, en esa misma esquina de Ayacucho y San Lorenzo, apareció un auto de noche que es incendiado. Dentro de él aparecieron 6 cadáveres incinerados de quienes, se presume, eran guerrilleros o quizá fueron confundidos con ellos o tal vez alguno no lo fuera, en un acto también de barbarie extrema porque mueren por la fuerza bruta y sin juzgamiento.

    Con víctimas de ambos lados se escribe la historia de aquellos trágicos años. Está mal que se quiera recordar sólo uno con el apoyo hoy del Estado. Pero luchar contra la mutilación de la memoria, desde el bando menospreciado, requiere constancia, meditación y equilibrio para no caer en la obcecación de querer ponerse a la par de los que insisten en negar la realidad.
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