No resultó muy feliz la incursión del canciller argentino en la Asamblea General de la ONU. Menos aún, las idas y vueltas que denuncian la confusión en que se mueve. Como cuando de noche se entrevista con Daniel Carbonetto (heredero del cura Farinello) y durante el día reclama un acuerdo con el FMI. No se entendió el voto apoyando a los EE.UU. en su política antiterrorista y en su denuncia contra Irak por la existencia de instalaciones sospechadas de producir armas de destrucción masiva. No era propio del gobierno Duhalde, tan no alineado. Incluyendo el apoyo armado de marchar sobre Irak, casi una promesa de estudiante. Para luego terminar cuestionando la política exterior de los años '90 con EE.UU. de Carlos Menem y su canciller Guido Di Tella, aludiendo con torpeza a la definición ditelliana de «carnales», como si él y su jefe no hubieran entrado en ese gobierno. Acaso como si ese apoyo inestricto y novedoso a EE.UU. no fuera mucho más que una vinculación «carnal». Por si todo esto no alcanzara, casi arrepentido de lo que había dicho, Ruckauf luego se congratuló por el anuncio de Irak de read-mitir a los inspectores de desarme, ya que, con lógica de barrio, «son los inspectores de todos nosotros y no hay motivo para negarse si no se tiene nada que ocultar». La palabra que se esperaba de la ONU. Después, se extrañan los argentinos cuando algún experto dice que nuestro país es insignificante.
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