El epílogo del gobierno de Fernando de la Rúa demuestra que una de los principios máximos de la ciencia política que mencionó Aristóteles, uno de los padres de esta disciplina, se vuelve a cumplir: la economía sigue a la política, y si la segunda es débil es inevitable que la primera fracase. En noviembre del '99, un De la Rúa recién elegido como presidente de la Nación se instaló en el décimo piso del Hotel Presidente, frente mismo al Obelisco donde hoy se vivió gran parte de los desmanes de ayer, para formar su gabinete. El criterio que siguió fue incluir la mayor cantidad posible de economistas ortodoxos para garantizar a pleno la vigencia de la convertibilidad. Además, buscaba tranquilizar a los banqueros, empresarios y economistas sobre que la estrategia de su gobierno iba a ser el equilibrio fiscal.
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Para esto formó un verdadero «dream team», según la definición que el propio hijo del Presidente, Antonio de la Rúa, dio en uno de los pasillos del hotel por esos días. Llamó a un «converso» José Luis Machinea en el Ministerio de Economía, con Daniel Marx, Mario Vicens, Miguel Bein y Débora Giorgi en el equipo económico.
También citó como «banco de suplentes» (luego fallido) a Ricardo López Murphy en Defensa; además de Juan José Llach en Educación y a Adalberto Rodríguez Giavarini, el único que continuaba hasta ayer junto con el Presidente, al frente de la Cancillería.
Además el ex banquero Fernando de Santibañes fue a la SIDE y un bastante liberal Rodolfo Terragno desembarcó en la Jefatura de Gabinete.
Uno a uno estos funcionarios fueron fracasando en sus ministerios, en la mayoría de los casos por no tener apoyo político para los planes y propuestas.
Quizá el caso más claro de esta situación sea el de Ricardo López Murphy como fugaz ministro de Economía, despedido en el viaje de avión de regreso de Santiago de Chile a Buenos Aires, luego que De la Rúa lo había confirmado dos horas antes delante de 300 banqueros de primer nivel en la reunión del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
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