Es una costumbre que empobrece día a día al periodismo adicto al gobierno. No hay nota en la que Néstor Kirchner no quede convertido en el protagonista exclusivo de casi todo lo que pasa. Como si la vida pública se fuera convirtiendo en una especie de obra de teatro clase B, con un único protagonista al que los demás sirven de coro. Un país cada vez más provinciano. Ahora a este modo de informar se le agregó otro rasgo, que encabeza, líder en obsecuencia, el monopolio «Clarín»: Kirchner está siempre enojado. Lo dicen sus voceros, entornistas, hombres de confianza, de manera anónima, en infinidad de notas a propósito de la crisis de seguridad. «El Presidente está envenenado»; «Solá enojó al Presidente». Antes la ira se había desatado contra el Fondo Monetario Internacional; después, contra los militares que no se arrepentían en los términos indicados por la Casa Rosada; más tarde, Kirchner se enfureció con los gobernadores de su partido y siempre está enfadado con las empresas, sobre todo, con las energéticas. Falta que un día le dé un sopapo a un ministro.
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Con tanto esfuerzo que ponen sus colaboradores en monitorear lo que aparece en los medios de comunicación, alguien debería cuidar la imagen -o el carácter-de este hombre, al que sus allegados presentan como un exaltado. Y eso que casi toda la prensa hace malabares para tenerlo tranquilo. Si hasta hubo periodistas que, con tal de no irritarlo hablando de la falta de política de seguridad, terminaron dedicando mitad de su programa a las desventuras personales de Andrea del Boca. Informate más
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