Entre abril y noviembre, reina el Tren a las Nubes. La estocada férrea -434,8 kilómetros (ida y vuelta) y 15 horas de duración- desnuda bellos paisajes que mutan de la selva de montaña a la aridez puneña (con cerros multicolores e imponentes montañas), y revela pequeños pueblos y ruinas de poblados.
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Pero, además, permite descubrir una obra de arte de la ingeniería única en el mundo, para remontar un ferrocarril hasta más de 4 mil metros de altura sobre el nivel del mar sin usar la clásica "cremallera" (juego de engranajes a modo de "cierre" utilizado para subir la pendiente). Para ello, Maury retó a duelo a las alturas -y ganó- con una batería de recursos, entre ellos 13 viaductos, 2 zigzagues, 2 rulos, 21 túneles y 28 puentes. Palpitarlos mientras se adentra en el paisaje es uno de los secretos del éxito del tren.
La travesía arranca a las 7, cuando parte el ferrocarril desde la ciudad de Salta (1.187 metros), provisto de salón comedor y de sala médica, entre otras comodidades. Habrá dos paradas con descenso: en el Viaducto La Polvorilla (máxima altura, con 4.220 metros) y en el magnético pueblo de San Antonio de los Cobres (3.774 metros). Un guía por vagón y otro para toda la formación permitirán conocer detalles del trayecto. Es importante seguir sus consejos para vivir esa altura -con 15% menos de oxígeno- sin contratiempos.
El ferrocarril inicia así una parsimoniosa escalada hacia el cielo, lo que justifica su nombre. El mirar hacia un lado y otro del tren, curvas y contracurvas mediante, será una constante, con un protagonismo central de retinas, cámaras fotográficas y filmadoras.
Entre los recursos para ganar altura más festejados están el Viaducto del Río Toro -el más extenso, con 260 metros de largo y 23 de altura-, el primer zigzag -donde el ferrocarril traza una zeta imaginaria, con marcha atrás incluida- y el primer "rulo", una especie de caracol del tren sobre un puente, para acceder a los 3 mil metros.
Pero aún resta la clásica postal del Tren a las Nubes: el Viaducto La Polvorilla, el de mayor altura del mundo en su tipo, cuya inauguración en 1932 paradójicamente Maury no pudo presenciar porque fue separado del proyecto dos años antes por el gobierno de José Uriburu. Para acceder a la imponente obra -una especie de puente de 63 metros de altura y 225 de largo-, la locomotora en vez de arrastrar empujará los vagones.
Será allí la primera parada con descenso para sorprenderse con el paisaje de altura y tomar contacto directo con los habitantes de la zona y con su rica producción de artesanías, mantas y prendas de vestir. La segunda oportunidad se producirá poco tiempo después, en San Antonio de los Cobres. En ambos casos, es recomendable llevar abrigo adicional, ya que la temperatura desciende varios grados.
El regreso a la bella capital salteña (que cuenta con una amplia gama de hoteles, entre ellos el tradicional Provincial Plaza Hotel, en el centro histórico) deparará nuevas perspectivas para los paisajes, transmutados por el paso del día. Buen momento para deleitarse con clásicos folclóricos y música del altiplano, de la mano de grupos en vivo. Pero la propuesta no se agota en el Tren a las Nubes (cuyo concesionario es La Veloz Turismo). En el período estival -enero y febrero, más otras fechas a definir- despierta el Tren del Sol, con 65% del recorrido y 85% de la ingeniería de su antecesor, y que transita 262 kilómetros en 13 horas.
A diferencia del Tren a las Nubes, el viaje no supera los 3.500 metros (estación Diego de Almagro), opción para quienes prefieran evitar mayor altura; regresa más temprano y propone más actividades en tierra. La propuesta, en este caso, incluye una parada por varias horas en la finca El Gólgota (de 1830), en plena precordillera, con almuerzo -buffet incluido- y paseos por los alrededores. Como excursiones opcionales figuran el Circuito Trekking Alfarcito (3 kilómetros) y una visita a las ruinas de Santa Rosa de Tastil.
Hacia las nubes o hacia el Sol, el desafío férreo que desnuda los secretos de las alturas en Salta está planteado.
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