8 de mayo 2006 - 00:00

Hay que recuperar el espíritu fundacional de la escuela pública

Nuevamente, y en buena hora, la educación pública vuelve a ubicarse en el centro de la atención política, ya que las máximas autoridades del país impulsan una nueva Ley Federal y han propuesto un debate del que participarán las administraciones provinciales, los gremios, los docentes y el mundo académico.
El diagnóstico que sirve como punto de partida es muy serio: se reconoce que la educación argentina sufre una profunda fractura, donde los hogares que pueden pagar escuelas privadas ofrecen a sus hijos un nivel de conocimientos y aptitudes amplios y más actualizados, de acuerdo con las exigencias contemporáneas en los ámbitos laboral y universitario.
En cambio, los más pobres se ven obligados a recurrir a una escuela pública que se reconoce muy atrasada, con respecto a las necesidades educativas del mundo actual. Es cierto que la dramática crisis social del país se refleja, necesariamente, en la vida y en el rendimiento escolar.
Pero también es necesario reconocer que existe una crisis de valores, muy extendida en las últimas décadas, que ha erosionado cualquier actitud favorable hacia lo que representa la escuela. Uno de los grandes mitos es el de la inutilidad del estudio. Se construyó
la fantasía de que da lo mismo tener o no título secundario, terciario o universitario, y esa idea errónea cundió entre los chicos y los adolescentes, deteriorando su voluntad de superación.
Las estadísticas elaboradas por expertos demuestran, con contundencia, que el porcentaje de desempleados desciende vertiginosamente a medida que aumenta el nivel de formación. Otra gran falacia, que dañó mucho a la educación pública, es la que se extendió entre los docentes y en la opinión pública después de la última dictadura, y que identifica la exigencia de disciplina y esfuerzo y el reconocimiento al mérito, con un autoritarismo propio de una sociedad estratificada.
La realidad es que los niños y adolescentes de la enseñanza básica y media se preparan para desempeñarse en un mundo que exige esfuerzo y disciplina y donde rige, como es obvio, la regla del éxito y del fracaso. El éxito de la escuela depende de la organización educativa, de la calidad del docente y de la disposición de la familia para que el alumno aproveche al máximo el período de su formación.
Es imprescindible tener presente que lo que está en juego es un derecho de cada ciudadano y una necesidad
de toda la sociedad. Un sistema educativo fracturado ofrece una educación diferenciada para ricos y pobres y no respeta el derecho de todos los alumnos, cualquiera sea su condición económica, a recibir una enseñanza óptima. Además, la actual situación conduce a un empobrecimiento generalizado en la calidad laboral disponible para cualquier actividad productiva.
La escuela pública, que fue uno de los grandes legados de los primeros gobiernos constitucionales argentinos, fue creada gratuita y laica para preservarla de cualquier tipo de exclusión. Ese valor de universalidad fue compartido por todos, conservadores, liberales o socialistas. Esa fue la escuela que formó a generaciones de argentinos ayudando a gestar una de las sociedades más equilibradas y con mayores posibilidades de ascenso social y calidad de vida en América latina.
A esa escuela concurrían juntos los chicos de todos los orígenes sociales y económicos. alentados por padres convencidos de que la mejor herencia que podían dejarles, cuando no la única, era la de una buena educación. Esos padres eran el más firme apoyo que encontraban los maestros y los profesores a la hora de exigir una conducta responsable a los alumnos.
Había comenzado a realizarse el sueño de Domingo Faustino Sarmiento, plasmado a fines del siglo XIX en la Ley 1.420: la escuela debía ser la gran integradora de una sociedad entonces en formación. Así las cosas, junto con la actualización pedagógica y de contenidos y el incremento de las asignaciones presupuestarias, es imprescindible que todos los protagonistas del quehacer educativo vuelvan al espíritu fundacional de la escuela pública, pues esta será seguramente la raíz capaz de transformar totalmente no sólo a la escuela, sino también, y principalmente, a nuestro país, agobiado por una decadencia inconcebible.

Dejá tu comentario

Te puede interesar