Opiniones

Después de las PASO

En esta columna de opinión, el autor analiza qué dejaron las Primarias y qué esperar de aquí en más en términos de la campaña.

En los últimos años las elecciones o consultas públicas en distintos países nos han dado, y en especial a los encuestadores, muchas sorpresas. Demasiadas.

Por una serie de motivos, que no es este el lugar para analizar, algo en la metodología ha hecho que las fallas superen a los aciertos de manera alarmante. Nadie en estas Primarias, ni los de un lado ni los del otro, imaginaron los resultados finales.

Y no sólo eso, la evolución de la apreciación de la gestión de gobierno y la imagen del presidente se veían en franca recuperación desde abril y sin embargo no redundaron en un mayor rédito electoral. Es seguro que si estos resultados hubieran sucedido en abril la sorpresa habría sido mucho menor. En ese momento la imagen de gestión de gobierno y la del presidente tocaban sus peores picos de negatividad. Curiosamente cuando esto se modifica y además la economía mejora un poco llegan estos números Pero es Argentina, el reino de lo imprevisible y de la vocación permanente por ir a contramano de toda racionalidad.

Es importante señalar que tal como sucediera con Trump, el Brexit o los acuerdos de Paz en Colombia cuando las cifras se alejan estrepitosamente de lo esperado se amplifica el impacto en la opinión pública hasta límites insospechados. Al día siguiente, una sensación de abismo desacomoda a gran parte de la sociedad y a los políticos en particular. Si esto sucede en un país con una economía como la nuestra el maremoto sacude, entre otros, los dos indicadores que como en casi ningún país del planeta más siguen los argentinos: dólar e inflación. Aunque nos suene extraño, en la mayoría de los países de la región la gente no tiene mucha idea de a cuánto cotiza el dólar, aquí, en cambio hasta lo podemos referir por horas.

cuando las cifras se alejan estrepitosamente de lo esperado se amplifica el impacto en la opinión pública hasta límites insospechados" (Orlando D'Adamo)

Cualquier elección tiene siempre en primera instancia dos lecturas, una cuantitativa y otra simbólica. Retener bastiones electorales o perderlos. Ganárselos al rival o generar la irrupción en la presidencia de políticos que parecían impensables no muchos meses atrás, como Bolsonaro y Trump.

Las PASO de este domingo cumplieron ampliamente con las dos lecturas, lo que no siempre sucede. A veces resultados holgados tienen alto impacto cuantitativo y otras una pequeña victoria o derrota pueden afectar el plano político desmesuradamente. Como la desmesura es parte del ADN nacional tuvimos la combinación de ambas. Y estas PASO desvirtuadas que no cumplieron con la misión para la que fueron establecidas (con la excepción de la eliminación de aquellos que obtuvieron menos del 1,5%) se transformaron en un hecho político cuyas consecuencias aún no conocemos en plenitud.

Fue esta una elección donde las decisiones políticas estratégicas prevalecieron sobre el marketing de campaña, que por cierto no faltó, pero a diferencia de otras elecciones su impacto fue marginal. Fue también un choque entre dos “oficialismos” uno el objetivo protagonizado por el gobierno y el otro el “virtual”, el que se le atribuyó a los doce años que duró el peronismo en el poder.

La jugada política de la ex presidenta Cristina Fernández de sumar a dos de sus mayores enemigos surtió el efecto deseado y fue decisiva. Entre los tres cada uno aportó lo suyo. Aunque específicamente no se hayan destacado en la campaña, ya que Fernández cometió algunos errores evitables, Massa no apareció y Cristina Kirchner tuvo sus habituales frases poco felices.

Sin embargo, Alberto Fernández rearmó la estructura peronista como sólo el podía hacerlo, Massa sumó mucho de su caudal electoral previo y Cristina fue la estratega que delineó el plan. El desarrollo de la premisa que decía que con Cristina sola no alcanza, pero sin ella no se puede se articuló en una propuesta muy efectiva. Datos: en 2015 la suma de los votos de los tres candidatos a gobernador peronistas sumó casi 58% Kicillof obtuvo algo más del 52%.

Lo irónico es que el oficialismo mantuvo el núcleo duro de su voto e incluso mejoró sus números de las PASO del 2015 tanto a nivel nacional como en la Provincia de Buenos Aires. Pero frente a la homogénea presencia del peronismo unificado apoyado por sectores medios desilusionados que llevaron la peor parte de la crisis no alcanzó ni para maquillar los resultados. El efecto Pichetto apuntaba más a la gobernabilidad eventual que al beneficio electoral.

¿Qué podemos de ahora en más esperar en términos de campaña?

El gobierno ha tomado una serie de medidas económicas paliativas y debería, sobre todo a nivel nacional redefinir su estilo de campaña y en la Provincia de Buenos Aires. Los manuales de comunicación política son muy claros: en situaciones como esta, el timbreo, la cercanía, el mate compartido y otros cotillones sólo sirven para mantener el núcleo duro. Se logró. Pero esto no es 2015, ahora no alcanza para ganar.

Se pueden mantener algunas de esas acciones y desde ya la campaña en las redes sociales, pero hace falta mucho más. Recuperar, aún frente a una previsible derrota, la épica. Hay muchas maneras de perder. Pero perder por resignación es hipotecar el futuro político. La política es un deporte de contacto y este es el momento de entrar en esa dinámica. Es decir en las llamadas “campañas negativas” aquellas, no confundir con sucias o negras, que muestran los peores aspecto de los oponentes, que agiten en este caso los miedos de las clases media siempre propensa a cambiar el rumbo, que adviertan lo que sucede en los países donde una fuerza política alcanza la suma del poder político y sin oposición puede colonizar la justicia o transformar al congreso en su escribanía predilecta. Hay experiencias locales.

¿Y para el Frente de Todos? “No caer en la tentación del mal” Esto es mantenerse con un perfil de tranquilidad, establecer un ya ganamos así que no tenemos por qué pelearnos con nadie, que se preocupen los demás. Evitar a ciertos voceros que anuncian venganzas, algunas infantiles y otras atemorizantes, o a aquellos que descalifican a los oponentes. En síntesis el peronismo de buenos modales: Alberto Fernández.

Dos incógnitas restan: la primera es si al presidente Macri le aplicarán la misma lógica política que a Alfonsín o a De la Rúa y buscarán su renuncia a fin de mantener la costumbre de que en Argentina sólo cumplen mandatos los gobiernos peronistas y, de paso, poder satisfacer cierta dosis de revanchismo genético con quiénes los han vencido en elecciones, en este caso en varias. La segunda es hasta cuando durarán los buenos modales.

Finalmente, como en toda campaña será una puja por la imposición de la agenda de campaña más favorable para cada fuerza. En la primera etapa se impuso el Frente de Todos en una nueva demostración de la interminable capacidad de adaptación del peronismo. Se ha dicho que en Argentina todos somos peronistas sin saberlo, no creo que sea así, y si lo fuera es evidente que unos los son mucho más que otros.

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