5 de abril 2007 - 00:00

Lo controlado es lo que se dispara

No debería sorprender, pero un mal dato como el de la suba de la canasta básica alimentaria de 3,6% en marzo dejó ayer al descubierto que los precios que más están en la mira del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, son los que sufren aumentos mayores. No deja de ser una alegría para Felisa Miceli, cada vez más enemistada con el funcionario que justo hoy cumple un año en su cargo.

La mencionada canasta no es un simple dato: mide el precio de los alimentos más consumidos y afecta directamente a 70% de la población. Trepó 7,2% sólo este año y nada menos que 13,3% en los últimos seis meses. Más importante es el hecho de que esta suba es la mayor que se dio en toda la gestión Kirchner.

Se trata, al mismo tiempo, de un rubro que resulta más difícil de dibujar a la hora del relevamiento. Por lo tanto, estaría reflejando de manera mucho más transparente la real evolución de los precios en la economía. El verdadero «destape» que tuvieron los alimentos, en especial, aquellos de primera necesidad, es otra muestra más del fracaso de todo lo que se ha hecho hasta ahora en la materia. No escapa tampoco Miceli, quien el martes, a la hora de explicar el desabastecimiento de productos, se basó en los cinco días de lluvia. ¿En todos los países cada vez que llueve escasean la carne y los lácteos? ¿Qué habría que esperar en Londres, entonces, la capital del mundo desarrollado que más milímetros acumula de precipitaciones?

Pese a que Moreno firmó un acuerdo con todos los supermercados y autoservicios -hasta con los chinos-para mantener la estabilidad de precios, el compromiso perduró sólo hasta agosto de 2006. A partir de setiembre, los precios de los alimentos no únicamente se despertaron sino que subieron mucho más de lo que había aumentado la inflación hasta ese momento. Insólitamente, a principios de este año se renovó el pacto, como si nada hubiera sucedido.

Entre los productos básicos, desde el arranque de 2006 la carne aumentó 5,4%, el aceite 8,5% y los lácteos lo hicieron 5,1%. Es producto de un cóctel: el fuerte impulso -tanto como innecesario- a la demanda interna, el aumento de los precios internacionales de los productos primarios, y ya en las últimas semanas las intensas lluvias del Litoral, que redujeron la oferta.

Por supuesto, lo de los acuerdos o controles lanzados no es original, y ya se lo intentó hace 1.700 años. En 301 después de Cristo, se conoció en Roma el Edicto de precios de Diocleciano («Edictum de maximis pretiis rerum venalium»), dictado por el emperador homónimo. Allí se fijaban precios máximos para 1.300 productos, al tiempo que se regulaba el aumento de salarios. Todo quedó controlado, desde la carne de vaca hasta el arroz, el vino, el calzado o la harina. «Nos place que si alguno tiene la osadía de actuar contra lo dispuesto en esta norma, sea condenado a la pena capital», se dispuso entonces. Hoy las amenazas oficiales a quienes se oponen a estas medidas no son tan drásticas, está claro, pero sí podría ser una pena capital para las empresas que tengan que respetar esos acuerdos y al mismo tiempo hacer frente a la más alta presión impositiva de la historia, acatar aumentos salariales de 20%, y todo ello sin contar la floreciente industria del juicio. El resultado de lo sucedido en Roma no es difícil de imaginar. Las crónicas indican que comenzaron a escasear los productos -no por lluvias- y se generó un gran mercado negro.

  • Mecanismo

    Se estaba y se está, más que nada por los controles en los precios de la energía, en una suerte de «rodriguito», en relación con lo acontecido en 1975, cuando se produjo un desborde de precios ( maxidevaluación mediante) tras un largo congelamiento. La experiencia y lo que viene sucediendo en los últimos meses demuestra que los controles siempre terminan de la misma manera si no se toman las medidas adecuadas.

    El mecanismo para evitar que se disparen los precios difícilmente pase por tratar de disminuir las expectativas de industriales y comerciantes, al menos si se lo hace de manera aislada. ¿Qué dice desde hace varias décadas la teoría que se debe aplicar en estos casos? Moderación del gasto público, suba de las tasas o permitir una disminución del tipo de cambio para reducir el impacto de la suba internacional de los precios agrícolas. Son recetas que implementó -y todas juntas- Brasil, con resultados alentadores: la inflación está por debajo de 4% anual, el superávit comercial es récord, y el país está acelerando los niveles de crecimiento.

    La línea para determinar si una familia es indigente aumentó luego de este ajuste en la canasta básica desde $ 429 a $ 444. De acuerdo con la definición del INDEC, se trata del monto que permite a un hogar «satisfacer un umbral mínimo de necesidades energéticas y proteicas». Desde ya, es discutible que con una suma tan exigua (equivalente a 143 dólares) se pueda hoy alimentar todo un mes a una familia de dos adultos y dos menores.

    Pero más allá de esta observación, lo concreto es que el impuesto inflacionario hoy sacude a la población de menores recursos. No es difícil entender así por qué a pesar de un crecimiento anual promedio que superó 8,5% y los aumentos de salarios implementados, la brecha entre los ricos y la población de menores ingresos prácticamente no presente mejoras en los últimos diez años, tal como lo reveló el INDEC hace pocos días.
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