17 de agosto 2000 - 00:00

"60 SEGUNDOS"

U n viejo conocido del cine de acción, el argumento tonto, hace su gran reaparición en «60 segundos», nuevo producto de la fábrica de Jerry Bruckheimer («La roca», «Con Air», «Armaggedon»), cuyo nombre ya resalta merecidamente por sobre el de los sumisos directores que contrata para sus proyectos. El film es la remake de una oscura película clase B de los años '70 acerca de una banda de ladrones de coches. Y esto demuestra dos cosas: la primera, más o menos obvia, el espectacular avance tecnológico que hizo Hollywood en menos de tres décadas; la segunda, más curiosa, que hasta la más insignificante de las películas de acción puede jactarse hoy de tener su propia remake, como si no existieran guionistas capaces de mover dos o tres situaciones de lugar y producir un libro nuevo.

Acción

La acción, como tal, es definitivamente eficaz, incluyendo como tour de force el «vuelo» automovilístico que hace Nicolas Cage a lo largo de una extensísima hilera de coches detenidos en un puente, el deseo más acariciado por cualquier conductor ansioso en situaciones de embotellamiento. Pero también hay persecuciones, disparos, asaltos y operativos de todo color y especie, vidrios rotos, emboscadas, escapadas agónicas, todas ellas filmadas según el gusto ideal de una platea dispuesta al vértigo. En fin, que gracias a tanto ruido y despliegue, los continuos huecos y disparates argumentales quedan asordinados.
Cage interpreta a «Memphis» Raines, que hace unos años fue un as en el robo de autos y ahora se ha convertido en el pío instructor de una escuela de karting. Su hermano Kip, en cambio, sigue en el delito, con el agravante de que al empezar el film comete una torpeza y llama la atención de la policía.
Cuando se entera su jefe, el malvado Calitri, lo usa como rehén para volver a convocar al bondadoso Memphis y hacerle cumplir una misión imposible, que más se parece a la prenda de un programa de entretenimientos perverso: robar 50 coches de lujo en una sola noche para vendérselos a un dealer sudamericano (el reloj corre como si en lugar de vencer un plazo estuviera por estallar una bomba, o como si los sudamericanos no estuvieran acostumbrados a lo que son las demoras en la entrega de las mercaderías).
Cage, con su mejor cara de mártir de la ganzúa, tiene que rearmar rápidamente la banda para volver a asaltar. Hay una escena imperdible en la que va a visitar a su madre, moza en una hamburguesería: «Haz lo que debas hacer, hijo», le dice ella llorando cuando él le avisa que tiene que robar 50 coches. «Todo sea por el bienestar de Kip.» En la formación de la banda aparecen, como para vestir el elenco, Sway ( Angelina Jolie) y Otto ( Robert Duvall), pero ni una ni otro tienen intervención importante en los operativos. Ella, por ejemplo, parece haber sido contratada para una única escena de besos con Cage -un alivio en medio de tanto grito, tiro y tetosterona junta-, pero Duvall parece cruzarse por la pantalla sólo para ir a la oficina de producción a cobrar el cheque. Detalles seguramente menores que no arruinan, desde luego, el propósito central del film.

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