19 de octubre 2000 - 00:00
"AMORES PERROS"
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Todos los amores de los «Amores perros» están al límite de la muerte; un mismo acontecimiento, filmado varias veces, visto desde distintas perspectivas, presentado secuencialmente de manera imprevista y anunciada, y luego otra vez sorpresiva, organiza las tres historias: un violento choque de automóviles en una esquina, que complica a los protagonistas de cada una de las historias y los modifica de raíz. A partir de cada una de las veces que se produce ese mismo choque, el relato se dispara hacia nuevos recorridos, y la película se despoja de su carácter aparentemente episódico para volverse cada vez más sólida en unidad y coherencia.
Primero es el veinteañero Octavio, el marginal, enamorado de la mujer de su intratable hermano. En la casa tienen un mastín feroz, la pieza más codiciada en ese barrio violento donde la diversión favorita es la riña de perros. Descendientes de «Los olvidados», de Buñuel, los personajes de este episodio se cruzan, perseguidos alocadamente por la muerte tras haberla provocado, con el vaporoso mundo fashion de la modelo Valeria Amaya, que no sólo es su opuesto más brutal por la obvia condición de clase, sino por razones narrativas más profundas.
Octavio es la invisibilidad de lo clandestino, y Valeria protagonista del segundo episodio la más contundente expresión de lo visible: su cuerpo vende productos desde lo alto de todo el DF. Por eso mismo es doblemente irónico el desenlace: para ella, el peinado de su minúsculo caniche Richi es una cuestión tan trascendental como el piso que le pone su amante, un ejecutivo de TV cansado de las rutinas conyugales, y el libro de Guillermo Arriaga imagina un final dantesco en el que piso y caniche se combinarán de la manera menos visible, desatando desde el ocultamiento el infierno de la fantasía en la imaginación del espectador.
El Chivo, personaje central del tercer episodio, produce al principio tan pocas simpatías en el espectador como el resto de los protagonistas (otra de las características más arriesgadas de «Amores perros» es la falta de identificación con sus personajes, salvo contados casos, lo que genera un distanciamiento casi permanente durante las intensas dos horas y media que dura el film).
Ermitaño rodeado de perros mestizos, tan sucio él como ellos, el Chivo tiene un pasado político violento y ahora es un mercenario que carece, en apariencia, de vínculos afectivos con el mundo más allá de sus animales. Un nuevo encargo le inspira el arte sutil de la crueldad, arma una estrategia casi teatral para enfrentar a sus víctimas, y sólo la cruel mediación de un perro (y, una vez más, el mismo choque de autos) impulsará también su modificación, y expiación, como personaje.
Aunque sus autores rechacen la idea, como también la rechazaba el ateo Buñuel, es inocultable el trasfondo religioso de esta admirable película; si no en lo doctrinario, sí en el espíritu que se trasluce desde sus fundamentos.



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