Comedia sentimental de tono alegórico y particular estilo; esta obra rinde un homenaje al viejo cine criollo, propone una reflexión sobre la memoria, y termina encumbrándose en la emoción del amor. Despareja, al espectador puede costarle un poco aceptar sus códigos, pero cuando llega el momento entra de lleno. Y no precisa ser cinéfilo para disfrutarla.Este es el relato imaginado por Pablo Nisenson. Un cineasta todavía joven, autor de un ensayo titulado «El imperio que no fue», está a punto de suicidarse, aquejado por frustraciones varias. Recibe entonces el misterioso encargo de hacer un film sobre un tal Angel Ferreyros, gran
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director nacional en otros tiempos. ¿Quién era ese hombre? ¿Quién lo recuerda ahora? ¿Quién deslizó ese misterioso encargo? La búsqueda lleva hacia viejos técnicos arterioscleróticos, opinólogos varios, una vieja actriz rodeada de muñecas, otra que todavía tiene poses de diva, una pinto-resca Asociación de Memoriosos Argentinos... Parábola
El joven rescata entonces la obra de un autor que sintetiza, de algún modo, todo el cine popular argentino en la línea de, por ejemplo, Lucas Demare, Mario Soffici o Hugo del Carril. La reivindicación tendrá lugar en una vibrante, quizás un poco ampulosa, noche de antorchas y proyecciones contra las paredes del Cabildo y el Ministerio de Economía. Pero eso es sólo el comienzo. Como suele pasar, recién después que uno presentó su trabajo los desmemoriados aportan sus mejores datos. Entonces... No vamos a contarlo. Digamos solamente que el último tercio de «Angel, la diva y yo» no es sólo una parábola de la memo-ria, o desmemoria argentina a través del amor al cine, sino más bien una auténtica historia de amor, que tiene como trasfondo una visión de lo argentino. La sugestión del tema, la aparición del personaje de Pepe Soriano en el momento justo y la tremenda fuerza del actor, que impacta casi sin hablar y muchas veces moviéndose al fondo de la escena, hacen que a partir de allí la película crezca sin detenerse, y la emoción se agolpe en el espectador. Y cuando todo termina aún queda, con los títulos finales, un pequeño regalo para la emoción y la reflexión. Tampoco corresponde contarlo.
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