Camilleri, también narrador de fábulas

Espectáculos

Mejor que no nos enteremos de lo que opinan los animales de los seres humanos, nos moriríamos de vergüenza, proclamó Andrea Camilleri, y en los doce espléndidos relatos, de este sutil tratado de convivencia entre especies, los deja que se muestren y que con sus naturales atributos, expongan su superioridad y conmuevan al lector, al punto de que –como rara vez sucede- se tenga ganas de salir corriendo a leérselos a alguien (no necesariamente pequeño). Eso sí, no hay fábulas, por lo menos de esas tal lucrativas con animales que hablan y se comportan como sobreactuadas personas. En la mayoría de los casos la inevitable prosopopeya corre a cargo del lector. Sólo una vez en todo el libro se da la comprensible comparación que le permite al autor una moraleja ideológica. Aparece en el relato “Los pavos no dan las gracias” (“porque tienen dignidad de sobra, no como algunos jefes de Estado”), que da título de tapa en la edición original, italiana; en la edición en español se eligió poner la que remite a la astucia que consiguió con los años “La libre que se burló de nosotros”.

Camilleri no ofrece fábulas sino recuerdos de animales con los que compartió retazos de su vida. El maestro de Puerto Empedocle, Agrigento, coincide con el filósofo Derrida en que “el discurso docente no debe ser fabuloso para poder dispensar saber, porque es preciso saber sin fábula”. Camilleri elige hacernos cómplices de sus experiencias, del zoológico con que fue poblando una zona de su memoria. Allí está el jilguero que canta el entusiasmo de tener de nuevo una jaula y del papagayo que cuando descubre que lo está tomando el Alzheimer decide morirse (“Pimpigallo y el jilguero”). Nos hace saber del irrenunciable amor de un gato por una de sus hijas (“Elegía del Barón”), del pájaro Chap Chap que defiende de modo indiscutible su derecho de propiedad (“No toquéis mis cerezas”). Del zafarrancho de la fiesta de unos puercos (“El día que los cerdos se emborracharon”). Hay cuentos que se suman al pasar a otros cuentos. Están los que hablan de la cooperación entre perros y gatos, del horario de trabajo de una serpiente o de la cabra que sabe que tiene una belleza de pasarela. Todo para que el final nos saque una cierta sonrisa,

Camilleri fue dramaturgo, guionista y director teatral y cinematográfico hasta que en 1994, un tal Salvo Montalbano, comisario, lo volvió mundialmente famoso. El año pasado, a los 93 años, murió en Roma. Entre sus últimos deseos estuvo que sus bisnietos le entreguen estos relatos a los animales en señal de respeto y cariño.

=Andrea Camilleri “La liebre que se burló de nosotros”, Duomo Ediciones, Milán, Italia, 2020, 207 págs.

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