4 de octubre 2004 - 00:00

Atractiva muestra define al coleccionista de hoy

«Arafat», de la serie «Máscaras», impresión cibacromo de Paul McCarthy, que utiliza la fotografía como pintura al estilo de Frances Bacon, que integra la colección de «Los usos de la imagen».
«Arafat», de la serie «Máscaras», impresión cibacromo de Paul McCarthy, que utiliza la fotografía como pintura al estilo de Frances Bacon, que integra la colección de «Los usos de la imagen».
La semana pasada, el escenario del arte porteño acaparó la mirada de poderosos operadores culturales y coleccionistas internacionales que asistieron a la apertura de la 26 Bienal de San Pablo. Antes de llegar a Buenos Aires, junto a algunos argentinos visitaron la colección de Bernardo Paz en Belo Horizonte. Toda una experiencia, pues las obras de vanguardia, y más que nada contemporáneas, están enclavadas en medio de la selva, dispuestas en pabellones minimalistas, al estilo de un parque temático para exquisitos.

Luego, y sin tiempo para un respiro, la procesión de devotos llegó para asistir al vernissage de «Los usos de la imagen. Fotografía, film y video», que exhibe una pequeña parte de la colección de arte contemporáneo Jumex en el Espacio Fundación Telefónica y el Malba. La muestra llegó acompañada por el mexicano Eugenio López, joven heredero de Jumex y dueño de una colección creada en tiempo récord con el inconmensurable soporte de su fortuna, una de las mayores de Latinoamérica.

El conjunto, que ya ronda las 2000 obras, reunido sin escatimar gastos y con asesores de primer nivel como, entre otros, el argentino radicado en EE.UU. Carlos Basualdo, curador de la última Documenta de Kassel, configura un estupendo abanico del arte contemporáneo ya consagrado en el circuito internacional.

• Pasaporte

La presentación en Buenos Aires estuvo precedida por los extensos elogios a López, que de la noche a la mañana accedió al club más exclusivo del arte confiando en el saber de los curadores. Su estrategia se podría cotejar con la del coleccionista Charles Saatchi, que ganó fama y dinero con los jóvenes y desprejuiciados artistas británicos de la muestra « Sensation», si no fuera porque el inglés centró sus compras en el escenario londinense y un arte que él mismo descubrió.

La visita de López dejó al desnudo el perfil del « coleccionista modelo», que se adapta a las reglas del sistema. Un artículo del crítico mexicano radicado en Londres, Cuauhtémoc Medina, resulta revelador en este sentido: «Gran parte del mérito de Eugenio López fue no haber concebido el acto de coleccionar como un apéndice de la construcción de una institución, sino como el pasaporte para convertirse en un actor en el juego del arte mundial».

Al fin alguien se atreve a decirlo de frente: lo que en verdad importa aquí es ese codiciado «pasaporte» que lo convierte a López en una estrella de primer nivel y, más que nada, que el pasaporte se extienda a todos aquellos que como Medina, giran en su órbita. «De un plumazo y con una inversión de algunos millones de dólares, Júmex ha capitalizado una oportunidad que sólo la miopía, la abulia y el tradicionalismo hicieron perder a toda una generación de empresariosy administradores culturales: aparecer como el catalizador de una nueva acumulación originaria de capital simbólico», agrega Medina.

Durante la comida que organizó
Eduardo Costantini, López habló con este diario sobre su cuidada colección. Antes que nada, le importa saber si sus obras suscitan algún interés, y demuestra su entusiasmo al hablar de ellas. Pero al preguntarle si quiere conocer la movida del arte porteña y si piensa comprar arte argentino, responde que no. «No está en mis planes ahora, tal vez otra vez si regreso con tiempo» dice sin precisar.

Como la venezolana
Patricia Cisneros (que formó una colección rigurosamente abstracta, donde cualquier exotismo es pecado), López permanece ajeno a la «profusión de impulsos» y a la «pasión rayana en lo maníaco», que caracterizan según Walter Benjamín al coleccionista, al menos el del siglo XX. El «coleccionista modelo» es obediente, aprendió a delegar en el curador todos sus afanes y le falta diversión. Adaptado al mainstream dominante, carece de esa locura que provoca el deseo de poseer, de descubrir un genio desconocido o adelantarsea la moda que inspiró a los Rockefeller, Peggy Guggenheim o Gertrude Stein.

Los nuevos coleccionistas, tanto en Río de Janeiro como en San Pablo, Belo Horizonte y Buenos Aires (bajo la tutela de los directivos de la Feria Art Basel,
Isabella Mora y Sam Keller), estuvieron inmersos en esa maravillosa y a la vez escandalosa burbuja que flota por el mundo sin llegar a rozarlo.

Previendo la dificultad del público para acceder al sentido de obras mayormente conceptuales (aún teniendo en cuenta, como señala
Basualdo, que ambas instituciones tienen espectadores preparados gracias a los ciclos de cine, fotografía y video), se organizaron programas educativos y visitas guiadas que en este caso se tornan imprescindibles.

La muestra, basada en el concepto del «uso» de la imagen, desde el documental al artístico, reúne trabajos de
Gabriel Orozco, Rodney Graham, Francis Al s, Louise Lawler, Dan Graham, Thomas Hirschhorn, Minerva Cuevas, Mike Kelley, Santiago Sierra, Sharon Lockhart, Rineke Dijkstra, Andreas Gursky, Paul McCarthy, Thomas Demand, Jeff Wall, Tom Friedman, Olafur Eliasson y Pablo Vargas Lugo.

Formada con una intención enciclopédica, la exposición está acompañada por uno de los más bellos y cuidados catálogos que se hayan editado en estos últimos años. En las primeras páginas figuran los textos de
Eduardo Costantini (padre e hijo), la curadora Patricia Martín, Mario Vázquez, Corinne Sacca Abadi y Basualdo, en este orden.

Luego, varios críticos internacionales presentan a los artistas. Pero
López guarda silencio.

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