1 de agosto 2003 - 00:00

Aún aterra vieja rareza

«Las ratas asesinas» («The Killer Shrews», EE.UU., 1959). Dir.: R. Kellog. Int.: J. Best, K. Curtis, G. McLendon, I. Goude.

E n 1959, dos personajes intentaron mudar Hollywood a Texas: Ken Curtis, eterno vaquero secundario de John Ford, se asoció con el dueño de cines y radios texanas Gordon McLendon para formar una productora ciento por ciento texana. Convocaron a un técnico de primer nivel, Ray Kellog (luego director asociado de Ford en «El ocaso de los cheyennes», entre otras cosas) y filmaron dos películas casi simultáneas, destinadas a un mismo doble programa. «The Giant Gila Monster», con una iguana normal enfocada para parecer gigante, era demasiado tonta, y «The Killer Shrews», con ratas mutantes deformes, era demasiado espantosa. La empresa terminó ahí su corta carrera, pero el culto por «The Killer Shrews» fue creciendo con el paso de los años, pero era casi imposible encontrarla disponible en cualquier formato. Ahora, bajo el título «Las Ratas Asesinas», nos llega finalmente este clásico menor para demostrar que era tan horripilante como se decía.
Kellog fue jefe de efectos especiales de films como «Niágara» y «Titanic» (1953), y no sólo consiguió que los perros disfrazados de ratas, y reemplazados por marionetas para los primeros planos, luzcan realmente siniestros, sino que se obsesionó en filmar planos detalles de los ojos y los colmillos de sus roedores a través de los orificios de la barrera que los separan de sus víctimas humanas, incluyendo a la Miss Universo sueca Ingrid Guede, que luego de esta experiencia, dejó el cine para siempre.

D.C.

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