14 de marzo 2001 - 00:00

Bajaron las entradas 5 días después

Mar del Plata (enviado especial) - Nunca es tarde para aprender. A cinco días de haber comenzado, el festival bajó el precio de las entradas. Vuelve al clásico de $ 3 para público general y $ 1,50 para jubilados. Se supone que también para estudiantes, pero eso ayer algunos exhibidores no lo tenían del todo claro.

Desde un principio debió saberse que ésos eran los precios convenientes. Por una parte, como promoción para turistas gasoleros y residentes de bolsillos flacos, todos ellos ansiosos de ver cuatro o cinco películas por día, durante diez días, corriendo de una sala a otra. Y, por otra parte, porque ya está comprobado que sin el entusiasmo de ese público específico, este encuentro es simplemente aburrido. Los organizadores pueden ser oficialistas, pero no es necesario mimetizarse tanto.

De hecho, estos primeros días fueron bastante opacos. No hubo por las calles y en las colas de entrada a los cines el espíritu de fiesta de otros años, que tanto había llamado la atención de los visitantes extranjeros. Contribuye, además, que ya empezaron las clases y la mayoría del público está compuesta de docentes y estudiantes, que ahora en marzo están en otra cosa.

Para ellos, haber trasladado el festival a marzo fue algo decididamente inconveniente (lo que pasa es que cuando Darío Lopérfido vio que se le venía noviembre encima, hizo lo que el resto del gobierno, patear para adelante). También hay otra cosa: algunos marplatenses sienten que les quitaron el festival, ya que el nombre de la ciudad apenas aparece en el afiche y el spot que antecede a cada película no tiene imágenes de ella. Antes -y hasta el último día-cada vez que aparecía el spot con los paisajes lugareños, era una algazara general, todos orgullosos. El de este año es apenas una cosa abstracta y ruidosa, que sólo identifica a una empresa de sonido.

Competencia

En cuanto al cine propiamente dicho, las películas presentadas hasta ahora en competencia van de agradables («Rosarigasinos») o interesantes y profesionales («Casas abandonadas», finlandesa, de la guerra contra Rusia, o la francesa «Confort moderno») para abajo. Renglón aparte para el drama campesino «La ciudad de las mujeres», punta de lanza de la conexión iraní, que ayer además comenzó el rodaje de una película, «Danzando con los sueños», en las calles marplatenses (la historia se ambienta en el propio festival).

Hay otros films iraníes en las muestras paralelas:
«Tiempo de emborrachar caballos» (el éxito del año pasado en los cines de arte norteamericanos) y un poema prodigiosamente fotografiado, «Hijas del sol», sobre una jovencita que se rapa el pelo para trabajar como hombre, y el resultado es que otra chica se enamora de «él».

«El guión fue aprobado, porque al hombre que daba los créditos le gustó mucho --contó Maryam Shahriar, su joven realizadora-, pero luego debí pasar dos veces por la censura: ellos creían que la joven mostraría su cabeza y su cuello sólo en un par de tomas, pero está así toda la película, y no había cómo evitarlo. Pero yo amo la metáfora del cabello, la estética de la cabeza rapada y discutir qué pasa con la mujer en mi país.»

Cuando se le observa que ella misma, aquí a leguas de distancia, sigue con el chador puesto, replica de inmediato: «¡Porque quiero seguir viviendo en Irán!». Sabe que una foto, o cualquier infidencia, podría causarle un disgusto con las autoridades musulmanas.

Así pasa ella por la vida, no sólo en su país, sino también en California, donde estudió, y Roma, donde inclusive fue asistente de
Lina Wertmüller. De hecho, hasta se expresa como una napolitana. «Es que las mujeres iraníes somos apasionadas, abiertas y muy curio-sas. Por eso, cuando vamos al exterior, solemos tener más éxito y mejor inserción que nuestros hombres.» Quién sabe: entre los representantes de Suecia también hay un iraní, en este caso con una interesante aventura, «Antes de la tormenta», sobre un taxista emigrado, feliz de la vida en Estocolmo.

Finalmente, el mayor éxito del pasado martes no fue ninguna película nueva, sino un clásico en copia nueva:
«El carterista», de Robert Bresson, 1959, presentado por su protagonista, el uruguayo Martín Lasalle. La sala llena siguió, como en unción religiosa, la experiencia de purificación -precisamente religiosa-de este personaje. «A mí mismo me costó diez años salir del trance», contó Lasalle, que después siguió su carrera haciendo cualquier otra cosa en México.

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