7 de agosto 2000 - 00:00

"BAJO EL SOL"

L a principal virtud de «Bajo el sol» es internarse en asuntos complejos del alma humana (el amor, la confianza, la impostura, la traición) con un argumento tan simple como una fábula. Buena parte de la profunda belleza de este film que estuvo nominado al Oscar extranjero, corresponde a Colin Nutley, inglés, residente en Suecia y por lo visto conocedor de esa sociedad -además del alma humana, naturalmente-, el director y además coguionista a partir de un cuento que su adaptación da ganas de leer. El resto corresponde a unos actores formidables, y no solamente los tres que hegemonizan la anécdota. Vaya como muestra la mujer que atiende al protagonista cuando éste va a poner el aviso donde solicita «un ama de llaves para un granjero solitario, de 39 años, con auto propio». Su sola mirada compasiva basta para que no se la olvide en toda la película. Para, entre otras cosas, las cuestiones económicas, el inocente granjero ( Rolf Lassgard) depende de su amigo Erik, un joven ex marino de sonrisa encantadora ( Johan Widerberg), porque es analfabeto.
El detalle no es mínimo en cualquier caso, menos aún en el desarrollo de estos hechos, como tampoco es un dato menor que la madre fallecida de este cuarentón haya sido su excluyente compañía femenina. De modo que se comprende su turbación cuando entra en escena la elegante y enigmática Ellen ( Helena Bergström, a quien la ropa de los años '50 le refuerza el aire de actriz bergmaniana). Hay que ser gran actor para sostener la minuciosa primera recorrida por la casa con la cámara encima todo el tiempo, registrando cada gesto. Desde ese mismo momento, la obra destila un erotismo nada sofisticado que literalmente escapa de la pantalla.
Lo que sigue es el despacioso transcurrir de esa relación improbable en medio de los increíbles paisajes de la campiña su
eca, y la cada vez más temible resistencia del muchacho. Al respecto, es otro hallazgo que el triángulo se vaya (de) construyendo en pequeñas escenas de a dos. Entre ellas, algunas humorísticas, como una imitación de Elvis Presley, o las cachetadas merecidas que recibe alguien por ahí.
Se llora también a lo largo de las (imperceptibles, no tema lector) dos horas que dura la película. Lo importante, en definitiva, es lo bien que se sale del cine.

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