16 de abril 2002 - 00:00
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"Rescate" de Andrea Juan
Paik no sólo aportó al videoarte con sus trabajos sino también con una máquina: el sintetizador Abe-Paik, que diseñó con el ingeniero japonés Shuya Abe y que salió al mercado en 1970, poniendo en manos de los artistas una herramienta de capital importancia. Por entonces también se publicó «Radical Software», la primera revista consagrada al videoarte, y salió a la calle «Expanded Cinema», de Gene Youngblood, el primer estudio sobre el tema.
Pero diez años después de su aparición, el videoarte inició un camino propio, que se ha ido afianzando desde la década del 80, y despegándose de las programaciones de los canales culturosos.
Además del tiempo, el video introdujo en el arte el movimiento, al cabo de milenios de inmovilidad. Los futuristas ya habían querido traducir el movimiento en sus óleos y esculturas, pero sólo lograron una forma de representación distinta. También, en el surco abierto por la fotografía de los útlimos treinta o cuarenta años, el videoarte completó la desmercantilización y la desfetichización de las obras llevadas a cabo con medios electrónicos. Fue el interés que desveló a los impresionistas, los futuristas, los cubistas, a Duchamp, a los constructivistas rusos y al Bauhaus alemán.
•Vínculos
El video-arte es postmoderno por su fugacidad, por su eclecticismo, por su espontaneidad. Sin embargo, tiene vinculaciones estrechas con el modernismo: es la alianza más acabada del arte y la tecnología; constituye en ese sentido una novedad absoluta, una «ruptura epistemológica» en materia de retóricas y, por último, permite una amalgama tan empeñosamente buscada por los modernistas rusos de 1912 a 1932 y por los del Bauhaus alemán de 1919 a 1933. En efecto, es el único medio capaz de absorber, sintetizándolas, disciplinas tan variadas como el teatro, la danza, las performances, la fotografía, el cine, el arte de computadoras (infoarte) y, desde luego, la pintura y la escultura tradicionales.
El término videoarte engloba a las obras concebidas para el sistema (elaboración de imágenes y formas estéticas, figurativas y/o abstractas; indagación de fenómenos ópticos y perceptivos; experiencias conceptuales; narraciones o intervenciones de la realidad vinculadas al discurso político y social); el registro, activo y participativo, de performances, eventos y acciones corporales; las videoesculturas y videambientaciones; y las vide-oinstalaciones, caracterizadas por la apertura del circuito a la participación del espectador y por el empleo de otros medios (objetos, dispositivos, bandas sonoras, fotos fijas).
En su quinta edición, los Premios Leonardo al Video fueron otorgados a Gabriela Golder, Andrea Juan y Silvia Rivas. Golder (1971), se recibió de directora de cine en la Universidad del Cine de Manuel Antín; cursó estudios de Postgrado en la Universidad de Santiago de Compostela y obtuvo un Dess (Diplome d'Etudes Supérieures Spécialisés) en Hypermedia en la Universidad de Paris. Obtuvo becas del Banff Centre de Alberta, Canadá y del Gobierno de Francia.
El año pasado, recibió la Mención de Honor del Festival de Art Video de Locarno 2001, Suiza; y «Postales», obtuvo el Primer Premio Multimedia, en el Festival 2001,de Clermont Ferrand, Francia. En esta obra, compuesta por 220 páginas y una banda de sonido, la artista alude a la memoria y la construcción de la identidad, desarrollando recorridos a la manera de un rompecabezas con múltiples lecturas.
Andrea Juan (1964), realizó su primera muestra individual en 1990, y obtuvo entre sus últimas distinciones, la Beca Unesco-Aschberg, en colaboración con el Kundeskanzleramt Junstsektion, de Viena (1999). Desde 1996, investiga y desarrolla técnicas de impresiones con fotopolímeros. El año pasado, presentó la video-instalación «Rescate»: dos videos complementarios en los que las ambulancias aparecen como nexo entre la vida y la muerte. «Empecé con la secuencia fotográfica de una ambulancia. Ella me llevó al quirófano, y el quirófano a una operación y al cuerpo humano», explica. Es una especie de relato donde el tema de la superviviencia y la salud están siempre presentes, probablemente porque su padre es un conocido cirujano.
Silvia Rivas (1957) despliega en sus obras reflexiones sobre las cualidades del tiempo y sus categorías: el transcurso, el instante. La artista aduce las marcas del tiempo, y por cierto el tiempo deja huellas. Los pensamientos de Rivas se exteriorizan en audaces obras, que aluden a las preguntas capitales de la vida y la muerte, pero también a los misterios del arte, ese espejo que nunca lo dice todo, que lo sugiere, y que obliga a descubrir y pensar.
Con sus últimos trabajos «Notas sobre el tiempo», doce video-instalaciones, ganó la Beca Guggenheim. El proyecto lo presentó el año pasado, en el Centro Cultural Recoleta. Su obra «Infinito Recurso» - proyección en un ángulo, distorsionada en dos paredes-, obtuvo una Mención en la categoría Nuevos Medios (2001), en el Salón Manuel Belgrano, presentado en el Museo Sívori. En la III Bienal del Mercosur (Porto Alegre) expuso «Instalación 14»: una lluvia sobre una sucesión de arcos, que al tener lugar dentro de un container (de 20 pies), configuraba una proyección que se reproducía hasta el infinito. En febrero de este año, participó en la Feria ArCO, de Madrid, donde presentó, «Mirá, no veas, no ves», un video editado de forma tal que, aunque se trataba de una sola proyección, simulaba fragmentos diferentes y simultáneos.
Artista conceptual, Rivas traduce los conceptos en virtualidades estéticas que van más allá de los elementos presentados. Cada obra suya es, por eso, una reflexión sobre el debate general que ella sostiene consigo misma y con sus espectadores.



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