Ernesto Berra (1947) ha incursionado en la pintura a través de un paisaje intimista, sensible, un mundo de abstracciones en superficies en las que habitaba el tono quedo, la luz tamizada, casi un eco de la imagen. Pero en los últimos años ha dejado esa espiritualización del paisaje bucólico de su Córdoba natal por el paisaje urbano. Es entonces cuando comienza a extraer de muros, puertas, fachadas, los resabios de la peripecia humana que les devuelven un alto sentido así como interrogaciones que plantea el artista y revelan su intención de penetrar los significados secretos de las cosas. Una acción que calificaríamos de « corporal», ya que la materia que el artista utiliza sufre grandes transformaciones en un largo proceso en el que se gesta la obra.
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En su actual exposición en la Galería Suipacha ( Suipacha 1248), afirma ese diálogo con la materia pero ya despojada de lo anecdótico. Pliegues, grafismos, inscripciones autorreferenciales, líneas de tensión que atraviesan la superficie, a veces azul, un azul con el que el artista evoca el cielo de Córdoba, lo que también sucede con la luminosidad muy particular que exhiben otros trabajos.
La abstracción de Berra, despertada por su interés por la obra de los expresionistas norteamericanos, Dubuffet, Tapies, Burri, los argentinos Bonevardi y Castagna, parte de la realidad cuyas huellas va dejando en esos «Muros», « Fachadas» y «Villas», una estética del desecho pero no de carácter contestatario sino testimonial y sin oportunismo alguno, ahora que la consigna es descubrir el arte tumbero, piquetero o cartonero. Berra ha construido sus cuadros de tal manera que no pudo escapar a la tentación de hacerlos objetuales, entonces aparecen casitas, pequeñas torres que remiten a la precariedad de las viviendas humildes y que también constituyen la otra cara de la gran ciudad. La obra de Berra no es árida, por el contrario, refleja un humanismo que se percibe y su aparente pero poderosa elementaridad en cuanto a los materiales, trasciende estilos y modas.
Se ha editado un excelentelibro de 204 páginas con ilustraciones de sus obras, fotos personales, biografía, prólogo de Rafael Squirru y recopilación de textos de otros autores. Clausura el 15 de mayo.
• Ana Kozel
A través de su pintura, Ana Kozel ha intentado encontrar respuestas al misterio del Universo y cada serie la ha llevado a «navegar» por el espacio infinito. En su caso, nunca más acertada la expresión «hacer visible lo invisible» ya que a pesar de los grandes viajes espaciales y descubrimientos, sólo pocos privilegiados han tenido esa experiencia, para el resto sólo nos queda la visión desde la tierra. Ana Kozel «explora» el espacio también desde la tierra en refinadas tintas y acrílicos de galaxias interconectadas, matrices cósmicas, paisajes del Cosmos, agujeros negros. Verdadera estudiosa de la cosmología, las obras tienen una base científica y es por eso que la imagen revela la supuesta limpidez de la atmósfera, la luz que irradia energía, la también supuesta transparencia y lo inconmensurable de esa noche, quizás eterna.
Debe destacarse que el «paisaje cósmico» de Kozel está ceñido a una pintura y dibujos rigurosos, delicado cromatismo y la sala del Centro Cultural Borges donde se exhiben las obras se ha transformado en un pequeño cosmos que permite evadirse aunque sea por un instante de esta convulsionada tierra. Esta artista que ya expuso en la estación espacial MIR, actualmente comparte cartel con el cosmonauta ruso, a su vez artista, Andrei Bokolov, en la muestra itinerante «Space World» que actualmente se exhibe en Canadá. «Hacia el Infinito» clausura el 9 de mayo.
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