«Las guerras del cine. Cómo Hollywood y los medios conspiran para limitar las películas que podemos ver», Jonathan Rosenbaum. Ed. Bafici, Buenos Aires, 2001, 224 págs.
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El subtítulo de este libro es atractivo y, siendo su autor uno de los críticos norteamericanos más elogiados entre los independientes, cabía esperar un meduloso y muy detallado informe desde el corazón mismo del negocio, o al menos desde sus más vecinas cercanías. Jonathan Rosenbaum, cuya página de Internet es mundialmente consultada, tiene además su buena fama como polemista.
Los títulos de algunos capítulos (ejemplo, «Algunos caprichos de la distribución y la exhibición», «Algunos caprichos de la promoción y la crítica», «El aislacionismo como sistema de control» y «A veces el público tiene razón») impulsan a lanzarse de cabeza a su lectura. Desgraciadamente, no estamos ante un lago de aguas profundas. Sólo es una recopilación de artículos varios, en la mayoría de los cuales el autor reitera acusaciones, sin profundizarlas, o repite anécdotas en primera persona, donde canta loas sobre sí mismo (su amplitud, su buen gusto, su honradez, etc.) y habla pestes de sus colegas más exitosos.
Muy sabido
A veces comenta técnicas de las grandes empresas, que acá ya son harto sabidas y sufridas aunque él parezca descubrir la pólvora. Otras veces, en cambio, habla largamente de males exclusivos de su país: el desprecio hacia todo lo extranjero, por ejemplo, y la ignorancia pueblerina, ejemplificada en cierta discusión escolar sobre la inconveniencia de aprender idiomas extranjeros. «Si el inglés fue bueno para Cristo, es bueno para mí», santificó una criatura.
Muchas páginas son interesantes, y es lógico coincidir con el autor, por ejemplo, ante cierto nivel de crítica que más bien parece promoción. Cansa, sin embargo, su ensañamiento enérgico, rencoroso, y siempre con escasos argumentos, contra el Sundance Festival, el American Film Institute y la empresa Miramax, que a su juicio son peores que el demonio, y que las propias majors hollywoodenses. Hay algo de sectarismo izquierdista en ese modo de apuntar los cañones. En cambio a la todopoderosa Motion Picture, y su mandamás, el temible Jack Valenti, flor y nata del peor Hollywood, apenas los menciona de pasada.
Cansan también sus declaraciones antojadizas, según las cuales una película de Andy Warhol es mejor que una de Stanley Kubrick, los cines nacionales son un invento burocrático, los barrenderos parisienses saben de pintura impresionista, y «Ben Hur» es decididamente mala, y lo dice y lo declara confesando al mismo tiempo que nunca en su vida se molestó en verla. También le parecen malas, sin dar mayores razones, «La vida es bella», «Salvando al soldado Ryan» y «Shakespeare apasionado». En cambio, de otro título llega a decir (palabras textuales) «lo excitante de esta película, acrecentado por el porro que fumé una hora antes»...
Editó la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, a través de su Festival Internacional de Cine. La traducción incluye rarezas tales como decir «la público», cuando debería decir «el público». Como error es demasiado grueso, pero como chiste es bastante zonzo.
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