8 de mayo 2003 - 00:00

"CIEN PASOS"

«Cien pasos» («I cento passi», Italia, 2000; habl. en italiano). Dir.: M. T. Giordana. Int.: L. LoCascio, L. M. Burruano, T. Sperandeo, L. Sardo y otros.

D e todos los escenarios posibles, el pueblo de Cinisi en la Sicilia mafiosa, muy cercano a Corleone, no era el más seguro para un joven rebelde en los años 60, y mucho menos cuando se pertenecía (como el desafortunado Pipo Impastato) a una de las tantas familias sometidas al jefe local, el «Tano» Badalamenti, quien se había encaramado al poder tras una intriga sangrienta. «Cien pasos» es el relato de lo que le ocurrió al idealista Pipo cuando enfrentó a un padre pusilánime, y luego, consecuencia directa, al propio boss.

El film de Marco Tullio Giordana entronca en la tradición del cine político italiano de los setenta: es ágil, interesante, un poco desprolijo, propagandístico y sentimental. Lo inspira un hecho real, ocurrido en 1978, cuando Pipo, que por entonces ingresaba en el política representando una minúscula agrupación de izquierda, fue asesinado con explosivos atados a su cuerpo sobre las vías del ferrocarril. Recién en los años 90 la justicia encontró a Badalamenti responsable de haber ordenado un crimen que, en su momento, quedó eclipsado en los diarios porque se produjo el mismo día que encontraban en Roma el cadáver de Aldo Moro.

•Iracundo

La película sigue la trayectoria de Pipo sin hacer de él un héroe (algo que posiblemente se ajuste más a la realidad), sino retratándolo como un joven iracundo, desafiante, cuyo mayor riesgo, de haber nacido en París, habría sido recibir en el rostro algunos de los gases lacrimógenos que arrojaba la policía durante las revueltas del 68.

En Cinisi, en cambio, a Pipo le costó bastante encontrar a sus propios compagni: ofreció funciones de cine-debate («Saqueo en la ciudad» de Rosi, por supuesto) y montó una radio clandestina desde donde atacó al gran jefe «Tano Sentado», traficante de droga y enemigo público número uno. También, por influencia de un veterano pintor comunista del lugar, cedió a la tentación romántica de intentar cambiar el mundo desde un micrófono. Su sentido de la liberación, como era acostumbrado, no terminaba en lo social sino en lo corporal: desde la radio, también promovió exhibiciones nudistas en las playas, rodeado de hippies ingleses que seguramente nunca habían leído a Trotski. Pipo fue un joven de su tiempo en la década que más los victimizó.

A diferencia del gusto americano, la mafia de Giordana no es ni la de «El Padrino» ni la de «Los Soprano»: los crímenes están puestos en primer plano pero el sentido de la lealtad y el de la pertenencia a la famiglia opacados o negados. Son romanticismos diferentes.

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