15 de noviembre 2004 - 00:00

"Creamfields" cada vez más masivo

En su cuarta edición en Buenos Aires, el festival de música electrónica «Creamfields» convocó a 55 mil personas en el gigatesco predio en Costanera Sur que alguna vez iba a ser destinado a la ciudad deportiva de Boca. Actualmente abandonado, en el inmenso baldío se montaron diez carpas con diferentes estilos de música electrónica, dos escenarios principales y otra decena de puestos de marcas que pagan fortunas por estar presentes y afianzarse entre el codiciado target ABC1 entre 18 y 35 años.

El costo de la entrada llegó a cotizarse el mismo sábado en 150 pesos por venta oficial y 200 en reventa. No fueron pocos los que pagaron a último momento esos precios para ser parte de la fiebre maratónica de 16 horas, que arrancó a las 15 del sábado y se extendió hasta las 7 de ayer.

«Creamfields»
no es sólo el festival más importante de música electrónica sino un caso de convergencia entre el marketing, la publicidad y el consumo. La mayoría deambuló extasiada de una carpa a otra para ver tocar a sus DJ´s favoritos, pero para relajarse existieron alternativas y fue allí donde los sponsors hicieron lo suyo. Una marca de bebida presentaba un nuevo producto con una escultora que tallaba piezas en hielo durante largas horas; un sitio de Internet auspiciaba una carpa donde los usuarios podían conectarse, jugar en red o chatear; una marca de chicles había construido cuatro cápsulas gigantes y mentoladas para ingresar a rebotar unos segundos. Un cajero automático del Banco Provincia había previsto que más de uno se quedaría sin dinero y con mucha sed, y una marca de tecnología láser presentaba lo último en cámaras e impresión digital.

Volvió a verse, como en las ediciones anteriores, el colchón de botellas plásticas de agua mineral y latitas de la bebida energizante que también auspiciaba la fiesta. Ese estimulante, rico en cafeína y que la mayoría utiliza como combustible para sostener tanto salto durante 10 horas, podía adquirirse tras larguísimas colas que demandaban un mínimo de media hora. El energizante costaba 4 pesos pero mezclado con vodka ascendía a 6.

No faltaban los locales de merchandising oficial con combos que alternaban entre remeras, buzos y el «line up» (guías de la fiesta). El combo más barato, agotado a las 22, costaba 18 pesos, y el más caro, que incluía la campera de «Creamfields», se vendía a 65 pesos. Con menos éxito, circulaban los venderdores ambulantes de panchos y gaseosa «clásica».

El porcentaje de asistentes sin celular o cámara digital era nulo. Todo el mundo se fotografiaba y buscaba vía telefónica o con mensajes de texto, al punto tal de que hubo varios inconvenientes con las señales de los celulares (y eso que una de las marcas auspiciaba la fiesta). Alrededor de las 22, los británicos Groove Armada hicieron delirar a miles de entusiastas congregados en el escenario principal. El diluvio a esa hora no empobrecía el show al aire libre sino que lo potenciaba. Estimulada por el agua de la lluvia y la mineral, la marea humana siguió con Paul Oakenfold a las 2, «Deep Dish» a las 4 y el local Hernán Cattaneo, hasta las 7 de la mañana.

Con obligadas viseras, lentes de sol o hasta pelucas, algunos gozaban empapados y tantos otros habían llevado pilotines. Antes, en ese mismo «main stage» había pasado Zuker XP, el DJ argentino que cobró fama mundial y ofrece los mejores remixes de clásicos del rock de Metallica, ACDC, Iggy Pop y hasta B42.

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