Reseñar este concierto, a todas luces excelente y de inobjetable estatura artística, lleva implícito un reconocimiento a sus patrocinantes, el Citibank y Salomon Smith Barney, que a la fecha posibilitó 17 giras de la Filarmónica de Nueva York, con presentaciones en 89 ciudades de 39 países. La Argentina está en esos itinerarios desde los legendarios conciertos de 1958, con Leonard Bernstein y Dimitri Mitropoulos; varios con Zubin Mehta, y el último, en junio de 1997, con Kurt Masur. En nuestro país dieron 21 conciertos.
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Esta Filarmónica se supera a sí misma en cada presentación; ahora está más refinada, como si en lugar de deslumbrar se dirigieran a emocionar, sin esas estridencias a las que eran adictas las orquestas americanas (excepto Boston y Chicago, por tradición) y porque los programas son más difíciles y comprometidos para los músicos, que hacen honor a la indiscutida autoridad y excelencia de su director.
En efecto, Kurt Masur es un consumado conductor, que además del ajuste y el sonido penetrante que logra del organismo, resalta también el contenido de la música. Las Cuatro Ultimas Canciones de Richard Strauss son su testamento sonoro; las poesías de Hermann Hesse y Joseph von Eichendorff fundaron una música de indescriptible belleza y contenido. Si a las texturas y a la fluidez melódica de la Orquesta le sumamos la voz etérea de la gran soprano Felicity Lott, con una línea de canto esmaltada y emocionante, es llegar a conocer el éxtasis. No es una voz voluminosa, es verdad, pero es penetrante y cautivante, méritos raros de encontrar.
Los filarmónicos neoyorquinos pudieron exhibir su arsenal potencial alternando con los delicados matices de la «Romántica», la sinfonía menos hermética de Antón Bruckner (1824-1896). Es increíble la perfección de los instrumentos de bronce, especialmente en los cornos -que tuvieron un protagonismo impresionante en las dos obras del programa-; la fila de violas (8 mujeres y 4 hombres) se destacó por su sonido aterciopelado, y en toda la orquesta una unidad conceptual y sonora acreedora de los más encendidos elogios.
Rubricaron con la obertura de «Los maestros cantores de Nüremberg» de Wagner y cuando parecía que la indeseada despedida había llegado, los instrumentistas de bronces tocaron, de pie, la inolvidable «América» que Leonard Bernstein concibió para «West Side Story», punto de partida de un nuevo concepto en el musical americano, y que signó su evolución.
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