25 de septiembre 2001 - 00:00

Desparejo homenaje a Verdi

Falstaff
"Falstaff"
La última ópera de Verdi es una joya y, como tal, se resalta según cómo se la presente, en un estuche o en una vidriera. Sus quilates vocales y musicales están ligados a su teatralidad y noble origen literario, nada menos que William Shakespeare. Por eso es desconcertante esta puesta en escena, donde algunos personajes parecen extraídos de Dickens, con «bobys» (policías ingleses) y niños que parecen compañeritos de Oliver Twist.

Más descolocado todavía es el grupo de agresivos travestis en pilotos rojos, las palmeras tropicales de hojalata en el patio de los Ford, el vestuario de varias épocas, la suelta de globos en el final y otras tantas ideas discutibles.

La sensación de producción inconclusa y de falta de ajuste en la acción teatral ganó un resonante abucheo en la función inaugural, que se había corrido del martes al jueves y quedaron los del Abono Especial sin tener su función, algunos lograron canjearlas y al resto se le devolvería el dinero. Demasiadas controversias para algo que se había planeado como un homenaje al centenario de Verdi; esperemos que con el «Réquiem» las cosas vayan mejor. En el reverso tenemos la óptima dirección orquestal del experimentado Nello Santi, que logró de la Estable un rendimiento como en sus mejores tiempos; calidad sonora, ajuste, afinación en todos los sectores y hasta entusiasmo. Sin duda los músicos, subyugados por la autoridad de Santi, verdadero maestro que, entre otros méritos, trabajó sin partitura, conociendo de memo-ria cada inflexión musical y hasta el texto de cada cantante.

El protagónico de Renato Bruson es incomparable, conoce el rol hasta en sus mínimos detalles y es vocalmente satisfactorio si no exigimos más de lo que puede dar. Prefirió actuar con sus propios trajes, diseñados por Tita Tegano; total, como el vestuario no tenía unidad conceptual, pareciera que cada personaje se puso lo que quiso, como los vestidos de «teenager» de los '60 que usó Paula Almerares. La soprano argentina cantó impecablemente bien, sobre todo en el último cuadro.

Correctas Marfisi y Mirabelli, pero cuando interactuaban con la búlgara Mariana Pent-cheva las ensombrecía. Es una estupenda cantante, de rango amplio y tremendamente atractiva cuando va hacia el registro grave, por añadidura, una actriz de primera. Hay que tenerla en cuenta.

El tenor catalán José Bros tiene musicalidad, pero no respeta la afinación; no dio con la talla de Ford el barítono Giorgio Ce-brian (que en su vida privada es monje benedictino), pero Verdi no es posible con técnica de canto gregoriano. Sorprendió Fernando Chalabe como el Dr. Cajus, rol que tiene sus dificultades, y él las superó ampliamente. Bardolfo y Pistola fueron encarnados por Gabriel Renaud y Marcelo Lombardero, lo hicieron muy bien, aunque la marcación los acercaba a los bandidos de «Mi pobre angelito».

En este disparate todo fue posible, hasta una encina que en vez de árbol era una hermosa escultura de alambres con un fondo de láminas de papel de aluminio, pero que no tienen nada que ver con lo propuesto por Boito y Verdi cuando pusieron la experiencia de una vida entera para concebir «Falstaff». En estos tiempos de ajuste se pudo recurrir a la puesta de Madanes del '92 o de Bartolini del '84, de singular belleza y que deben estar guardadas en un galpón.

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