3 de agosto 2000 - 00:00

"DIVINAS TENTACIONES"

Quienes vieron películas como «Larry Flynt», «American History» y «Apuesta final» ya saben que Edward Norton es uno de los más talentosos actores norteamericanos de la última generación. Los que vean «Divinas tentaciones» ahora también lo reconocerán como un director para seguir con atención. Porque la ópera prima de Norton es una comedia romántica divertida y sencilla que logra algo tan difícil como alternar el humor con el romance y la reflexión, sin perder nunca el equilibrio entre los distintos elementos, temas y climas que la conforman.La premisa argumental era casi demasiado neta como para poder ser sostenida a lo largo de dos horas: un rabino y un cura, amigos desde la infancia, están enamorados de la misma mujer. Partiendo de este mismo lugar, muchos directores y guionistas (como los de cualquier película con Hugh Grant, por ejemplo) se hubieran quedado firmes en las consecuencias más obvias del planteo. Norton, en cambio, cuidó al máximo los detalles para lograr un divertimento contundente, que no se toma en serio a sí mismo y sin embargo termina resultando mucho más inteligente que un film independiente con mayores ambiciones: un ejemplo perfecto sería «Chasing Amy».
Justamente uno de los protagonistas es el mismo de esa película,
Ben Stiller, aquí encarnando a un rabino vanguardista (invita a un coro gospel de Harlem al templo para darle más pasión al canto de su rebaño) que como sigue soltero es acosado por todas las madres con hijas casaderas de su congregación.
Su mejor amigo (
Norton), no tiene los mismo problemas, ya que es cura. La mejor amiga de ambos en la escuela, una yuppie adicta al trabajo, sublima el sexo con clases de aikido, eso hasta que vuelve a vivir en Manhattan retomando contacto con sus espirituales compañeritos.
•ngenio
Salvo algunas excepciones polémicas de claro corte herético, casi todo film con religiosos corre el riesgo de ser insoportablemente kitsch o sensiblero. Teniendo en cuenta que en «Divinas tentaciones» los protagonistas son un cura y un rabino (y encima hay varios sacerdotes secundarios más, incluyendo al talentoso Eli Walach), Norton se las ingenió bastante bien para mantener la elegancia casi todo el tiempo, tanto cuando hay chistes con sexo y religión (incluyendo varios gags sin desperdicio, de esos que consiguen unir a todo el cine en una sola carcajada) como cuando llegan los momentos melosos o los lugares comunes de este tipo de película (el confesionario, un Bar Mitzvah).
Lo bueno es que el director y coprotagonista dejó de lado el temor al ridículo y, asumiendo el riesgo de ser señalado como cursi, se dio el lujo de que los conflictos de sus personajes recorran una gama de posibilidades amplia y verosímil.
«Divinas tentaciones» también ofrece un puñado de actuaciones de primer nivel (como la del trío estelar y la de la madre judía Anne Bancroft), una imagen cuidada aunque no demasiado trabajada y un estilo narrativo directo y con buen ritmo, a pesar de que un poco menos de metraje hubiera potenciado las cualidades de una película agradable y divertida que quizá pueda ser recordada como primera muestra de un nuevo subgénero: la comedia romántica ecuménica.

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