8 de agosto 2007 - 00:00

El admirable Capote era pésimo escritor de cartas

El admirable Capote era pésimo escritor de cartas
«Un placer fugaz. Correspondencia de Truman Capote». Edición y prólogo de Gerald Clarke. Debolsillo. Buenos Aires, 2007. 752 págs.

Como apunta su biógrafo Gerald Clarke, Truman Capote pulía al máximo todo escrito que llevara su firma («a veces tomándose varias horas hasta encontrar la palabra exacta»). Por eso resulta extraño que escribiera sus cartas «a una velocidad de vértigo» y sin importarle su eventual valor literario.

La principal razón de este descuido tal vez se encuentre en las profundas carencias afectivas que arrastraba el escritor desde chico (pasó buena parte de su infancia en casa de unas tías ya mayores). Ya en su vida adulta y aún en medio de sus frecuentes viajes por Europa y Oriente, siempre se mantuvo en contacto con sus amigos y familiares para asegurarse de que le escribiesen sin demora: «Solo hay un momento del día en que siento verdadera excitación, y es cuando llega el cartero», confiesa en una carta de 1949.

Gerald Clarke, autor de «Capote, a biography» (1988), libro que dio origen a la película de Bennet Miller, por la que Philip Seymour Hoffman ganó un Oscar, reunió toda la correspondencia a su alcance con el fin de ofrecer «una especie de autobiografía».

Según explica en el prólogo: «Truman escribía a sus amigos sin reservas, inhibiciones ni formalismos». Pero aún así es evidente que el género epistolar no era algo que el escritor valorara. Muy por el contrario, parecía considerarlo una pérdida de tiempo. Es sabido que Capote prefería desplegar su extravagante personalidad («Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio») en las reuniones sociales que se celebraban en Nueva York. Durante años fue el centro de atención del mundo artístico y literario con su inagotable caudal de chismes y anécdotas maliciosas. Clarke dividió la correspondencia de Capote en cuatro secciones. Estas abarcan los primeros pasos del escritor en la escena literaria; su larga estadía en Europa durante la década del 50; los años dedicados a la escritura de «A sangre fría» (la novela «no ficcional» que lo catapultó a la fama en 1966 y que narra el brutal asesinato de una familia de Kansas) y sus últimos años de decadencia, en donde el escritor se ve cada vez más sumergido en las drogas y el alcohol.

Afectuoso con sus amistades, mordaz e hiriente con sus enemigos, Capote se sabía destinado a la posteridad: «Conserve esta carta -le advierte al abogado de la escritora Jacqueline Susann que lo había demandado por injurias-, quizá algún día seré famoso y sus nietos la podrán vender en Sotheby's». Tenía razón, la publicación de sus cartas debe haber sido un negocio muy redituable para sus herederos, pero lamentablemente está lejos de contentar a sus seguidores.

Patricia Espinosa

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