17 de agosto 2000 - 00:00

"EL ASTILLERO"

E s probable que a Juan Carlos Onetti le hu biera gustado esta versión cinematográfica de su novela más conocida (sobre un rufián fracasado, el Juntacadáveres Larsen, vuelve al pueblo de Santa María para gerenciar un negocio en bancarrota, con el que intenta reivindicarse). Aunque con defectos en otro sentido, la película parece haber captado muy bien el tono amargo y tristón, el ambiente palpable y demorado, deteriorado, de la obra, y el carácter de cada personaje, adecuadamente definido en pocos trazos. La única excepción es la loca, que acá es teatralmente loca, en un registro disonante respecto de los demás personajes e intérpretes. De todos modos, la adaptación es muy señalable, y se dice incluso que el propio autor le dio su bendición antes de morir. Habrá apreciado, entre otros méritos, el modo en que el guión hace avanzar el relato a través de situaciones dispersas, o fragmentadas, tal como a él le gustaba ir revelando las cosas, de un modo oblicuo, para que el lector, o el espectador, pudiera participar, y fuera llenando por su cuenta los espacios correspondientes. Siempre quedarán, de todos modos, algunos espacios vacíos, o algunos espectadores que lo quieren todo servido (y que nunca leyeron a Onetti).
En atención a este amplio sector de público, que también debe ser tenido en cuenta, el director hubiera podido apretar un poco más el ritmo, que empieza bien, pero se hace algo lento justo hacia el final. Un error (o una lealtad) que puede costarle lo suyo. Los otros méritos están en la forma con que se simplifica la historia, y se concentran los diversos narradores del libro en un solo personaje, el Juntacadáveres Larsen (con apenas un par de licencias). Realmente, el escritor Ricardo Piglia, y el director David Lipszyc hicieron un buen trabajo. Dignos de destacar, también, la ambientación, detallista hasta la obsesión, de Pepe Uría, la fotografía a veces deliberadamente sombría o tortuosa de Willy Benish, los morosos vaivenes del acordeón del Chango Spasiuk, en su primer trabajo de música para cine y, en especial, el modo en que Ricardo Bartis, Norman Briski, Alfredo Ramos y Mia Maestro encarnan sus respectivos personajes. Cada uno de ellos sugiere un pasado, un resentimiento, y una locura a punto de aflorar. Junto al resto conforman, es cierto, una especial metáfora de la decadencia rioplatense.

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