2 de septiembre 2004 - 00:00
El cine de Furtado confirma el vigor del humor en Brasil
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Jorge Furtado: «Un distribuidor norteamericano me escribió que le encantaba mi película para estrenarla allá, pero que le gustaría hacerle unos cuantos cambios».
Periodista: Usted tardó en decidirse a venir desde Porto Alegre a Buenos Aires. Casi nunca sale.
Jorge Furtado: Tengo una hijita de cuatro años, preciosa, y una película a medio montar. Pero yo salgo, trabajo en la televisión de Rio. Y ahora que vine, me encuentro muy bien: muchas librerías, la misma luz pareja, la misma humedad... Sabe, no me gusta la luz del trópico para filmar, aunque tenga lindas playas.
P.: Según el personaje protagónico de su film «Hubo una vez dos veranos», las de Rio Grande do Sul son las peores playas del mundo.
J.F.: Y las mejores, porque son las únicas a las que puede ir. Como su encuentro con la chica que lo seduce y luego le dice estar embarazada, quizás es lo peor y lo mejor que le puede pasar, aunque ella le haga el mismo cuento a más de uno. También la de «El hombre que copiaba» es bastante manipuladora, lo que podríamos sospechar desde un comienzo, si llegamos a descubrirla -porque está medio oculta-en las escenas iniciales (algunos ven de nuevo la película, sólo para corroborar esto, como jugando a «¿Dónde está Wally?»). Y en mi tercera comedia, que en España se estrenará como «Mi tío mató a un tío» (en el original, «Meu tío matou um cara»), el chico malicia que su pariente está encubriendo a la mujer que lo tiene enamorado. ¡Caramba, las tres historias son iguales! Con hombres inteligentes pero tímidos, ciegos de amor por una mujer que los usa.
P.: ¿A usted le pasó?
J.F.: No, no, no, pero me atrapa ese arquetipo de mujeres lindas y misteriosas, como la de Billy Wilder en «Testigo de cargo». ¡Qué director! Con él, hasta Tyrone Power actuaba bien. ¡Cómo me gustaría filmar una comedia de juicios a la americana! Pero nuestro sistema judicial es muy poco cinematográfico. No se puede todo en la vida.
J.F.: Estaba en Tercer año de medicina cuando vi un largo en súper 8 de Giba Assis Brasil, todo hecho en Porto Alegre. ¡Aquí también se puede hacer cine!, me dije, y largué los estudios. Entonces hice once cortos, algunos de ellos en codirección con amigos que aún hoy me acompañan, como Ana Luiza Azevedo. El primero era malísimo, porque yo no sabía nada de nada. El segundo, «El día que Dorival enfrentó a la guardia», sobre un negro preso que quiere tomar un baño fuera de hora, todavía me gusta, lo mismo que el tercero, «Barbosa», un viaje en el tiempo para impedir (inútilmente) que los uruguayos nos hagan el segundo gol en el Mundial 1950.
P.: En 1989 hizo «Isla de las flores» («Ilha das Flores»). ¿Todavía se lo recuerdan?
J.F.: Lo menos dos veces por semana recibo cartas de Europa, Japón, o Norteamérica, y hasta trabajos de escolares finlandeses sobre ese corto. Las escuelas lo adoptaron, por el tipo de humor, el montaje, o el tema, que es algo así como explicarle a un extraterrestre las diferencias entre un tomate, una ballena, y un ser humano, amén del sentido del lucro y la libertad. Pero también me pasan cosas increíbles. Un día se me apareció una escocesa que creyó entender allí un mensaje de otro planeta, vendió casa y auto y se vino a vivir a Rio Grande. ¡Me le escapé apenas pude!
P.: ¿Y qué le dicen de «El hombre que copiaba», donde un morocho (Lázaro Ramos) falsifica billetes con la fotocopiadora?
J.F.: Los de 50 reales son los más fáciles de imitar. Bien, nadie hizo lo mismo todavía, pero aclaro que lo nuestro era legal, porque tuvimos autorización y control del Banco Central do Brasil, y después quemamos todas las planchas ante escribano público. A lo sumo, viendo el final feliz, una señora evangelista me propuso poner un cartelito diciendo «Dos días después fueron todos presos». Ah, sí, buena idea. Otra cosa fue con un especial televisivo donde una embarazada busca estacionar su auto, y el marido, entre práctico y machista, la manda al espacio reservado para discapacitados. ¡Se me tiraron encima los discapacitados, las embarazadas, y las feministas! Caramba, era un chiste. Pero la Rede Globo prohíbe chistes con discapacitados, salvo que sean ciegos, porque total los ciegos no ven televisión.
J.F.: En los '90 quise pasar al largometraje, pero justo el presidente Collor de Mello cerró Embrafilme y nos cortó los créditos. Entonces hice televisión, como libretista y director de especiales y miniseries (por ejemplo, una versión de «Luna caliente», del chaqueño Mempo Giardinelli). Telenovelas, la verdad que no sabría hacerlas, y encima es un trabajo esclavizante. También fui durante cuatro años director de cine publicitario, pero sin entender mucho el negocio, ni aportar demasiado, porque las agencias me mandaban todas las pautas, y a veces hasta el segundaje de cada toma, y vaya uno a cambiar algo. Lo bueno es que así pude producir «... dos veranos», darle un pequeño lanzamiento, logrando unos 70.000 espectadores, y rodar enseguida «El hombre...», que, apoyado por Columbia, ya alcanzó 700.000 espectadores, lo que me permitió filmar «Mi tío...», coproducido por la Fox.Y ya estoy pensando en la cuarta película, siempre con los mismos amigos de hace veinte años, y en lo posible sin salir de Porto Alegre, donde hace tiempo armamos nuestra pequeña empresa, Casa do Cinema.Vivimos ahí, nos gusta vivir ahí, trabajamos ahí.
P.: Además de billetes, ¿qué más copiaba el hombre que copiaba?
J.F.: Bueno, él primero falsifica unos billetes porque quiere comprarle un regalo a la madre. Lo otro viene después, cuando pasa a espiar a su vecina, se enamora, y descubre una realidad oculta en la vida de ella. Es que él representa a tantos muchachos educados con una visión muy fragmentaria del mundo, una cultura casi esquizofrénica, hecha de zappings televisivos y apuntes incompletos de fotocopiadora, datos parciales, variados, que forman un collage, o un mosaico, por lo que terminan sabiendo algo de cada cosa, sin saber nada realmente de veras. Hasta que ella lo mira a los ojos. La mirada estructurante, que decía Freud. Hablando de estructuras, ¿sabe que un distribuidor norteamericano me escribió «Muy buena película, me gustaría hacerle unos cambios». Bien, cambiamos de distribuidor, y nos fue bárbaro. ¡Si yo aprendí de Wilder, que se hizo director y productor justamente para que nadie le cambie los guiones!
Entrevista de Paraná Sendrós


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