25 de junio 2004 - 00:00

El dolor de amor en sólido drama

Los excelentes Ingrid Pelicori y Horacio Peña protagonizan «Pedir demasiado», obra de Griselda Gambaro sobre un tema universal: el padecimiento de un enamorado no correspondido.
Los excelentes Ingrid Pelicori y Horacio Peña protagonizan «Pedir demasiado», obra de Griselda Gambaro sobre un tema universal: el padecimiento de un enamorado no correspondido.
«Pedir demasiado» de G.Gambaro. Dir.: A. Zanca. Int.: I. Pelicori y H. Peña. (Teatro Cervantes.)

Esta pieza que Griselda Gambaro escribió antes que «La señora Macbeth» (también en cartel), recurre a una fórmula universal: alguien que ama, ya no es correspondido y se queda a solas con su dolor.

La acción transcurre en el departamento de Mario ( Horacio Peña) a donde éste vuelve una noche acompañado por Elena (Ingrid Pelicori) para compartir una última copa. El encuentro obedece supuestamente a cuestiones de trabajo, pero Mario insiste en seducir a esta atractiva mujer sin registrar que ella está enamorada de otro y que lo único que tiene para ofrecerle es su amistad. El tironeo al que la somete resulta casi insoportable, ya que en su desamparo, este hombre oscila entre la posesividad y la autocompasión. Elena se apiada de él y lo alienta a salir de ese lugar de víctima en el que se ha refugiado, pero a la vez lo confunde con su sensual coqueteo a distancia.

El pequeño ambiente donde transcurre la acción (muy buen diseño del escenógrafo Jorge Ferrari) parece detenido en el tiempo. Sus pretensiones de modernidad (en él conviven longplays y compact disks) permiten subrayar el patetismo y la atmósfera claustrofóbica del lugar.

La aparente sencillez con que los dos personajes exponen sus razones oculta más de lo que muestra. Ya desde el comienzo se empiezan a percibir algunos saltos temporales y otros sutiles detalles de actuación que permiten sospechar que lo que se muestra no es un simple drama amoroso sino la descarnada « patología» del enamorado, con su cuota de celos, culpa, regodeo en la pérdida, fantasías suicidas, etcétera.

La cerebral mujer de negocios que escucha los lamentos de Mario también encarna por momentos a la esposa que lo abandonó. Este desdoblamiento de Elena es uno de los grandes hallazgos de la pieza e Ingrid Pelicori lo pone en juego con dolor, inteligencia y graciosa ironía.

La puesta de
Alicia Zanca evidencia un intenso y sólido trabajo en equipo, ya que sus actores además de lograr una comunicación muy profunda en escena, enriquecen con sus delicados gestos los contenidos de la obra. El espectador que se entregue a una escucha atenta podrá descubrir todo lo que subyace en este áspero encuentro entre un sujeto que no quiere liberarse de su dolor y otro que defiende su derecho a la felicidad con uñas y dientes.

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