La no profesional Marina Golbahari es la acertada protagonista de «Osama», imperfecto pero contundente film afgano sobre los padecimientos de las mujeres en la era talibán, multipremiado en Occidente (sobre todo en EE.UU.).
«Osama» (Afganistán-Japón-Irlanda-Holanda, 2003, habl. en pashto). Dir. y guión: S. Barmak. Int.: M. Golbahari, Z. Sahar, A. Herati. G. Rahman Ghorbandi.
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El primer film afgano de la era postalibán es un visceral alegato sobre la opresión femenina bajo ese régimen, a través de la historia de una niña que debe travestirse para trabajar y tener qué comer ella, su madre y su abuela.
Realizada con un presupuesto ridículo comparado hasta con la más independiente producción de Occidente (donde «Osama» cosechó premios a granel, empezando por unos horrorizados Estados Unidos, naturalmente), la opera prima del director Siddiq Barmak remite a la cinematografía iraní por su estética, su elenco de actores no profesionales (en el caso liderados por una acertadísima Marina Golbahari) y por un sencillo estilo narrativo, atravesado de vez en cuando por una poética naive. Vale decir que todo el tiempo se tiene la impresión de estar viendo un documental convulso e imperfecto en concordancia con un país arrasado que, encima, acababa de ser retrotraído a la edad media por «razones religiosas».
• Violencia
La película empieza directamente con la violenta represión de un grupo de mujeres embozadas de pies a cabeza que reunaclaman por sus derechos, no bien asumen los talibanes. Sigue con el desmantelamiento del hospital donde, en su último acto como médica, la madre de la protagonista prescribe apantallar a un paciente asmático a falta de tubos de oxígeno. Este fragmento cierra con ambas siendo llevadas a su casa por un desconocido piadoso, porque les está prohibido, incluso, andar solas por la calle.
Dentro de la casa es cuando más aparece la chispa poético-metafórica del guionista y director, especialmente cuando madre y abuela deciden transformar a la chica en varón, le cortan el pelo y ella lo planta en una maceta y... lo riega. Esa chispa también tiñe algunas líneas de diálogo, como cuando, para consolarla, la abuela le relata una y otra vez el cuento de «un bello niño» que quería ser mujer para no tener que trabajar tanto, o cuando la madre le explica al antiguo empleador de su marido muerto: «Este niño es su hija».
Luego viene el terror sin tregua con el puntilloso seguimiento de su desaprendizaje de todo lo que tiene de femenino para sobrevivir en un mundo de sospecha perpetua, en el que cualquier desliz puede condenarla a muerte o -quién sabe-a esa condena nada menor que le asestan al final.
Antes se verá su adiestramiento religioso y militar en «madrasa», las permanentespruebas de virilidad a que es sometida, su aplastante soledad, pese a la protección de otro chico que conoce su secreto -y es quien la bautiza con el estruendosamente simbólico Osama-, y otras prácticas a cuál más feroces que hacen de la visión de esta película un sufrimiento constante. Más que nada, por la impotencia que produce saber que todo eso no cambió demasiado ni en la Afganistán abandonada a su suerte tras su «liberación», ni en otros lugares del mundo, mal que nos pese.
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