25 de diciembre 2000 - 00:00
El museo, un ámbito sujeto a polémicas
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Centro Getty de Los Ángeles.
Lissitsky diseñó, en 1926, la sala de exposición del arte constructivista para la Muestra Internacional de Dresde; y, en 1928, la del Museo de Hannover dedicada a exhibir la colección del siglo XX. En ambos proyectos, Lissitsky modifica programáticamente las reglas de la presentación institucional, de un modo que a él le parece coherente con las exigencias y la nueva definición de los códigos espaciales, pictóricos y arquitectónicos, inherentes a la producción estética posterior al cubismo, incluida la suya, inserta en el arte geométrico.
«En los museos y en las grandes exposiciones de pintura -dice Lissitsky-, el visitante se siente como en un zoológico donde es atacado simultáneamente por mil animales distintos. En mi sala no asaltarán al espectador todos los animales al mismo tiempo. Si tradicionalmente se ha favorecido la pasividad de los espectadores ante los cuadros, nuestro proyecto ha de estimular la actividad del individuo. Esa es la función de mi sala. El espectador se verá físicamente obligado a interactuar con las obras expuestas», añade el artista.
El espacio no se imponía al visitante; al revés, el visitante se imponía al espacio porque era él quien lo creaba junto con las obras. Cada espectador, pues, era el generador de su propio museo. Una de las consignas voceadas durante el Mayo Francés de 1968, resume la certeza generalizada entonces de la desconexión entre los museos de arte y la sociedad. Esa consigna decía: «La Gioconda al subte».
La tela-símbolo del arte renacentista del siglo XVI, la obra legendaria de Leonardo, debía salir de su enclaustramiento en el Louvre y mezclarse con la gente que viajaba en el metro de Paris. O al revés: la gente debía mezclarse con el retrato de Mona Lisa, el arte debía integrarse a la vida común, como quería Lissitsky.
La crisis de identidad del museo de arte empezará a disiparse a mediados de la década del '70, cuando deja de ser solamente una institución para exhibiciones, para convertirse en el paradigma de las acciones culturales de nuestro tiempo. Si las catedrales fueron los museos de arte de la Edad Media tardía, los museos de arte se convirtieron en las catedrales de la Edad Contemporánea en el último cuarto del siglo XX.
No sólo crecieron en número los repositorios de arte en las naciones de Europa, América y los demás continentes, como es el caso, sobre todo, del Japón. También creció la cantidad de museos de ciencia, historia, industria, artesanías, transporte, periodismo, y se agregaron nuevas tipologías, hasta entonces inéditas. Sin embargo, los museos de arte siguen siendo los preferidos. Constituyen, además, los elementos referenciales y singulizadores del universo urbano.
Suele desacreditarse la musealización al señalar que se vale de técnicas tomadas a los centros de compras, los recitales populares de música y danza, el marketing comercial. Es una descalificación injusta, porque un museo de arte no puede ser ajeno a las relaciones sociales, como lo había sido antes, y esas relaciones sociales se basan en modalidades nuevas actuales, que no es sensato ignorar o desechar.




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